jueves, 6 de enero de 2022

Telescopio en Mare Orientale (cuento).

Original publicado en:                              
“El escorpión de jade y otros cuentos”

por M.L. Alvarado y J.A. Villalobos.
EDiNexo, julio 2016.

Cráter Hohmann
Soy uno de los miembros del equipo de 35 ingenieros, astrónomos y técnicos, todos astronautas, que estamos instalando el Telescopio Lunar Galileo en el Cráter Hohmann, un cráter de impacto circular de 16 kilómetros de diámetro, en el lado lejano de la Luna (el que no vemos desde la Tierra). 


Digamos que trabajo como un técnico medio, un especialista en el traslado de equipo pesado y delicado, como las piezas del telescopio. Eso hace que mis servicios sean necesarios solo en momentos específicos y por períodos cortos, ustedes dirían que soy “un tractorista”.

Mi principal actividad la realizo durante las dos semanas de luz solar en este punto de la Luna (en realidad 0,5 x 27,5 días). El resto del “día lunar”, durante mi tiempo libre, lo paso explorando el cráter y a veces acompaño a Javier; un amigo que maneja un “rover lunar” como el mío, pero que ya no se parecen en casi nada a los del Programa Apollo.

Durante la larga, negra y tranquila noche lunar, de otras dos semanas de duración, invierto muchas horas observando el cielo con la esperanza de descubrir algo nuevo, un asteroide, un cometa una supernova.
¡Algo a lo que podré poner mi nombre!
Es un sueño, pero soñar con base real, es bueno.

Desde luego que los períodos para dormir, reposo, alimentación, estudio y ejercicio, están programados para todos los que estamos aquí, de acuerdo con el ciclo de 24 horas de la Tierra, para que nuestra fisiología y salud en general, no se exponga a grandes alteraciones.
El ejercicio físico intenso, lo hacemos cada tres días, cuando entramos por dos horas a un dispositivo de gravedad artificial para mantener tonificados nuestros músculos y huesos.
Como saben, los 1,62 newton/kilogramo del
campo gravitatorio lunar, son muy pocos comparados con los 9,80 que experimentamos en la Tierra.

En el 2055 la NASA y las demás agencias espaciales, definitivamente se convencieron de que, para regresar a la Luna, con suficiente equipo y establecer los módulos para una colonia; en este caso para construir el telescopio, había que volver a usar una tecnología similar a la del Programa Apolo de la década de 1970.

Se usa una versión muy mejorada del poderoso cohete Saturno V.
El proyecto SLS y la
Nave Espacial Orion se terminaron de diseñar en el 2015, tuvieron apoyo total y cooperación de varios países y el primer cohete -SLSBlock 1b- se lanzó en el 2057.

Saturn V.
SLS.

Estamos en el año 2090, faltan exactamente 10 años para el cambio de siglo. Los viajes tripulados a la Luna se reiniciaron hace 25 años. Ya hay dos colonias de terrícolas, una en el cráter Fra Mauro, donde alunizó el módulo lunar Antares de la misión Apollo 14 el 7 de febrero de 1971, y ésta, en la que yo estoy, la encargada  del telescopio que solo tiene 13 meses de existencia.

Mis amigos en la Tierra se refieren a este telescopio como “el nuevo telescopio espacial”, pero yo prefiero llamarlo por su nombre correcto: “Telescopio Lunar Galileo”.
Está en el espacio, al igual que lo está
El Gran Telescopio de Canarias, en la isla de La Palma, España, solo que este está en la Tierra, mientras que el que aquí ensamblamos está en la Luna. La diferencia entre los dos sitios es meramente relativa al tamaño del cuerpo del Sistema Solar donde está. Por otro lado, el Telescopio James Webb que sustituyó al Hubble en el año 2022, si es propiamente un telescopio espacial, en órbita en el punto L2 del sistema Sol-Tierra.

Llegué en el segundo viaje a la Luna que alunizó en el Mare Orientale, a tres kilómetros del borde sur del cráter Hohmann, donde posteriormente dos impactos de meteoro de menor tamaño formaron sendos cráteres más pequeños, justamente en el borde, los que estamos modificando como vías de entrada y de salida.

Javier y su rover especializado en remoción de materiales, es parte del equipo que está modificándolos para habilitar la entrada y la salida de vehículos lunares más livianos, y así comunicar el amplio Mare Orientale con el pequeño Hohmann y el sitio de construcción del Telescopio Galileo.

Remover materiales de la superficie lunar no es una tarea difícil o compleja, pero sí de cuidado porque se quiere mantener muy bajo el grado de contaminación y producir la mínima alteración ambiental de la Luna. Usamos unos potentes “rovers” de cuatro ruedas, alimentados por energía solar, que no producen ningún tipo de gases de escape, pues esto provocaría nubes de polvo lunar que durarían días en asentarse.

Solo se hace una estrecha vía suficiente para que pasen los módulos del telescopio, no nos preocupa si por evitar algunas rocas grandes, resultan dos o tres curvas suaves en el camino, que de por sí es corto. Interesa más no producir una polvareda, con el fino regolito  de poca densidad, que cubre el “suelo” del Mare Orientale.

Aunque a ustedes les parezca increíble, una vez caímos en un pozo de “regolito movedizo” que casi nos traga vivos a mi amigo y yo. El regolito lunar que se encuentra en diferentes sitios del Mare Orientale es algo particular, hay zonas de piedras del tamaño de palomitas de maíz, semejantes a muestras de lava volcánica, algunas más finas como la ceniza del Volcán Turrialba, que según me cuentan cayó en Zapote, San Jose, Costa Rica, en el 2016, hasta un polvo fino semejante al cemento, pero de color gris muy oscuro.

Un día que acompañaba a Javier, estacionamos su rover en un sitio para recoger una brillante roca amarillenta que destacaba notablemente. Ambos descendimos del carrito y para nuestra sorpresa, casi inmediatamente éste comenzó a hundirse lenta pero inexorablemente. Era una trampa de fino regolito, que nos mostraba una boca dispuesta a tragárselo todo, como lo hacen los "gusanos de Dune", justamente a metro y medio de nuestras espaldas. Supongo que nos estacionamos sobre alguna pozo que se había formado hace miles de años en el suelo lunar, quizás producida por el impacto de un meteoro que causó un localizado fallamiento en la corteza y había sido cubierto, sin mala intención (la naturaleza solo actúa), por una inestable capa de fino regolito.

Nosotros solo nos volvimos para mirar el rover desaparecer en dos minutos y agradecer que estuviéramos parados sobre un suelo un poco más sólido.
La huella de regolito escurrido llegó justamente hasta la punta de nuestras botas de astronauta. La superficie se reorganizó un poco y al final, para alguien no hubiese vivido el evento, el suelo quedó casi tan parecido como minutos antes.

Ahora, para nosotros, solo quedaba un problema menor, regresar a pie a nuestra base, a solo dos kilómetros de distancia. Fue una de las caminatas más extenuantes que he vivido, pues dábamos pasos lentamente, escudriñando el terreno por el que debíamos pasar, tratando de pisar sobre suelo firme, para no correr con la misma suerte que “Titanic”.
Ese fue el nombre que  Eduardo Smited (¿le suena el nombre?..., pero no… no son familia), otro compañero "tractorista", le había dado al rover de Javier. ¿Habría tenido una premonición, o sabía mucho de historia naval?

El problema  mayor sería explicarle al jefe que, de alguna manera, la Luna se había tragado nuestro vehículo. Como testigos solo quedamos mi amigo y yo, más la curiosa y extraña roca sulfurosa, a la que creo que le debemos la vida.
¿Será un fragmento de la superficie de Io, desprendido hace millones de años, en una colisión rasante de un gran meteoro con ese satélite de Júpiter?

Luego de nuestro accidente se procedió a hacer una prospección más rigurosa, con análisis sismológico del suelo del Mare Orientale en las cercanías del Hohmann, para conocer la profundidad, granulometría y firmeza del regolito.
¿Se imaginan el desastre que ocurriría si una de nuestras naves descendiera sobre un sitio semejante?
Se verificó una vez más la solidez y estabilidad del suelo donde se ensamblaría el telescopio.

Han pasado dos lunaciones y ayer, un día antes de la siguiente noche lunar que se avecina en este “lado lejano de la Luna”, alunizo a 5 km del borde sur de Hohmann la nave que trae mi rover para movilizar equipo pesado y delicado. Viene empacado como piezas de lego en cinco grandes módulos: el cuerpo, el motor eléctrico y las celdas solares, las cuatro ruedas y un brazo mecánico semejante al “Canadarm” que usaron los Transbordadores Espaciales del a NASA, a finales de los años setenta (19..) y luego pasó a la ISS.

Mi trabajo, por ahora, es descargarlo y ensamblarlo, lo cual no es muy difícil, ya que un cuerpo de 100 kilogramos de masa en la Tierra, aquí solo “pesa” como la sexta parte, el equivalente a unos 16,2 kilogramos peso en la Tierra. Además, tengo la ayuda de Javier, que por ahora no tiene vehículo que conducir y se aburre por la cantidad de tiempo libre que no sabe en qué invertir.

Les contaré una historieta algo cómica, que nos sucedió al colocarle las cuatro ruedas a “Sherathan”, el nombre que le puse a mi vehículo. Una vez que se deslizó del módulo lunar, colocamos los paneles solares para recargar las baterías y tener así un poco de potencia para ciertas labores de ensamblaje.
Pues bien, el módulo de las ruedas trae una versión espacial de un gato mecánico para levantar el extremo de cada eje e insertar la rueda. Resulta que el gato venía algo expandido para que trabara y quedara fijo en su compartimiento, como venía en un Honda 2026 que tuve en la Tierra. Lo usé por última vez para viajar a Naranjo, el 8 de septiembre de 2033, para visitar a mis bisabuelos Marie y José, con motivo del cumpleaños setenta de ella.

Aquí les cuento lo cómico del suceso, al tratar de colocar este gato bajo el eje notamos que no cabía, pues su longitud era más grande que el espacio libre entre el eje y el suelo lunar.
Y lo que es la vida, a pesar de nuestros meses de entrenamiento en la escuela de astronautas, sin pensarlo mucho, Javier y yo con la inapropiada herramienta que teníamos (algo como una pequeña pala de jardinería y la “llave rana”) hicimos un agujero en el regolito que, por mala, o buena suerte, resultó ser un sitio muy compacto.
Al cabo de 45 minutos de esfuerzo, nos pareció que el hueco había alcanzado el tamaño suficiente para acomodar el gato muy holgadamente, bajo el eje delantero izquierdo.
Queriendo terminar en corto tiempo iniciamos el palanqueo del gato y éste comenzó a estirarse, pero ¡oh sorpresa!, llegó tan extendido como se pudo, pero sin alcanzar a topar con el eje. Por más que manipulamos la palanca, no pudimos elevarlo ni un milímetro más.

Inmediatamente Javier y yo nos volvimos a ver mudos de la risa y nos dimos cuenta del error.
No quedó más que volver a rellenar el agujero con regolito, encoger el gato hasta el mínimo, colocarlo como se esperaba, estirarlo, levantar el eje y colocar la rueda. Repetimos la maniobra tres veces más para las otras rueda (¡sin hueco!) y regresamos a la base para finalizar al día siguiente, antes del largo descanso nocturno de 14 días.  
Pero esta vez el reporte fue: “todo normal jefe”. No contamos lo que realmente sucedió, para evitar ser el hazmerreír de nuestros compañeros.

Ha pasado un año y qué casualidad, hoy es 17 de noviembre en la Tierra; ¡aquí también, pues por la pequeña diferencia en hora; solo los 1,282 segundos que tarda la luz en viajar de la Tierra a la Luna, se mantiene el mismo calendario y usamos Tiempo Universal Coordinado. Cuando ustedes en la Tierra están de noche y miran hacia acá, nosotros estamos un poco entre la penumbra.

Pues bien, los astrónomos han predicho para hoy a las 21:30 U.T.C. (en la Tierra) y durante un cortísimo tiempo de 95 minutos, ocurrirá un pico de la lluvia de meteoros “Leónidas” muy intenso, en realidad una tormenta de meteoros como la de 1833, pero con tan mala suerte (para ustedes terrícolas) que coincide con una extraordinaria luna llena en un perigeo de esos realmente cercanos. 
El cielo en la Tierra estará esta noche de otoño, muy iluminado y para rematar, la Luna estará a medio camino entre las estrellas Spica de Virgo y Regulus de Leo, como decía jocosamente mi profesor de mecánica estadística en la U.C.R. “debido a la maldad intrínseca de las probabilidades”.

Pero cuando llueve en algún lado, no es cierto que llueva para todo el mundo, nosotros estamos disfrutando una oscura noche con sólo un tímido cachito de “Tierra menguante” que se ocultó hace 8 horas. Una noche perfecta para observar cielo profundo, grupos de estrellas, nebulosas, galaxias. 

Se especula que hasta podríamos ver el núcleo del cometa Halley, si usamos un Celestron C8 Schmidt-Cassegrain. Este telescopio se lo obsequió K.M. Jones de Martha´s Vineyard a J.A.V., en 1995 y yo lo traje con mi equipaje personal. Espero conseguir los datos correctos de las coordenadas ecuatoriales (¡lunares!) del cometa; la ascensión derecha y la declinación.

C-8


K.M.Jones.

Realmente la noche está espectacular, a simple vista hemos visto estrellas de magnitud 10, algo imposible desde la Tierra. “El Pesebre” (M44) en Cancer, el cúmulo globular de Hércules (M13),  El Joyero” (NGC 4755, or Caldwell 94) en Crux, y el cúmulo “Omega Centauri” (NGC 5139) se ven perfectamente, no se necesitan binoculares. Pero dejaremos eso para otro momento, ahora estamos emocionados con la tormenta de las Leónidas.

¿Qué raro, pasan 15 minutos alrededor de la hora del máximo esperado, y nada?
Entonces
Ricardo, aquel amigo que casi nunca usa los intercomunicadores nos dice:

- Es imposible ver meteoros desde la Luna, -no hay atmósfera suficiente para producir la compresión de gases requerida para que se forme la estela luminosa que dejan los meteoros en la alta atmósfera de la Tierra.
Pues sí pensamos todos, que pifia no darnos cuenta de esto antes; nos preparamos para nada.

Comenzamos a regresar al interior de la base cuando sentimos algo así como una leve granizada de las que ocurren en las altas latitudes de la Tierra al inicio del invierno.
No escuchábamos nada, pero en el liso suelo del cráter Hohmann (liso como lo ven ustedes), comienza a formarse algunos cráteres, desde pocos milímetros de diámetro hasta uno como de 10 centímetros. Algunos en una secuencia rectilínea, como si fueran producidos por cuerpos que rebotan varias veces, como haciendo saltos de canguro.

Pues claro, en la Luna no se pueden ver fácilmente –ni escuchar- meteoros luminosos, no hay “estrellas fugaces” como en la Tierra, mucho menos “bólidos”.
-Pero sí caen meteoros-, como en cualquier cuerpo del Sistema Solar, y cuando éstos han llegado al suelo, se ven los “meteoritos” es decir, el objeto propiamente dicho y, desde luego, los mini cráteres, en este caso recién nacidos.
Recogimos algunos de los pequeños meteoritos, que no parecen estar calientes, pues como nos dijo el profe de astronomía, lo que se pone incandescente en la Tierra son principalmente los gases de la onda de choque que va delante del meteoro, pero aquí no ocurre nada de eso.
El meteorito más grande que recogimos parecía un conglomerado de rocas y metal, fue del tamaño de un jocote (2 cm de diámetro), quizás el que produjo un cráter de unos dos metros -cien veces más grande-.
Pero la gran mayoría eran como de dos o tres milímetros, algunos de material ferromagnético, que los distinguimos del regolito, por su efecto en una brújula estándar, que Javier había traído con la esperanza de poder contradecir al profe, sobre la no existencia de campo magnético bipolar en la Luna.

Por la gran cantidad de cráteres en secuencia dedujimos que la tormenta sobre el Hohmann fue bastante rasante y localizada, por suerte no tuvimos ningún impacto directo sobre nuestras personas y el equipo.
Esta vez sí teníamos algo muy bueno que reportar, además de nuestra buena suerte de no ser blanco de esa ametralladora de meteoroides leoninos, no solo al jefe, sino a los frustrados astrónomos en la Tierra.

El telescopio, su edificio y otras instalaciones necesarias son modulares, para ensamblarse como un gigantesco “lego”, que finalmente se completará con las conexiones de fibra óptica y electrónicas, más las computadoras y la antena parabólica de la estación de radio para comunicaros con la Tierra.

El “hotel” para los astrónomos, técnico e ingenieros no estarán dentro del cráter Hohmann.

Los “cimientos” para todo el complejo los vamos a construir Javier, Ricardo y yo, usando ciertas características de diseño de los “rovers”.  Vamos a preparar una especie de “concreto” para construir una plataforma, con sólidas columnas de anclaje al suelo lunar, algo parecido a las torres de soporte de las plataformas petroleras fijas, que se construyeron a finales del siglo XX en el Golfo de México. 
La diferencia es que aquí no son de acero, sino de “concreto preparado con regolito lunar, reforzado con nanotubos de carbono, aglomerados por medio de una resina epóxica especialmente diseñada para este proyecto.

Ahora nosotros estamos haciendo pruebas -in situ- de la receta preparada en la Tierra, pues hay sus diferencias entre lo que hicieron ellos en el laboratorio y lo que se hará en la Luna, debido a las condiciones locales de presión, temperatura, humedad relativa, atmósfera y gravedad, que afectarán de manera diferente el tiempo de secado y el endurecimiento de la mezcla.
Ya nos pasó un problema y el secado rápido nos jugó una mala pasada, dejando atrapadas algunas herramientas en un bloque cúbico de 25 cm de lado, que quedará a la entrada del complejo, como recuerdo para los futuros ingenieros y astrónomos. Parece una de esas esculturas de abolición del ejército, hechas en la Tierra a finales del siglo XIX.

Dos años después, en el 2092, el Telescopio Lunar Galileo estuvo terminado y operando de manera extraordinaria. Ha sido el instrumento clave en varios descubrimientos y en el reconocimiento de algunas teorías sobre el Sistema Solar y la Galaxia. Muy apreciado por la comunidad científica internacional.

A mí me pasó algo parecido a lo de Milton Humason en 1919, en el Observatorio Monte Wilson. Como él llegué como chofer y terminé como astrónomo.
Con ese telescopio descubrí el equivalente a la Nube de Oort en Alfa Centauri A, el cometa P/2085F “Marie-Celeste” con período de 1963 años, y una docena de posibles “enanos” del Sistema Solar que están esperando más observaciones para ser reconocidos.

Pero lo más raro e interesante sucedió hace dos semanas.
Después de 78 años de la misión Dart para desviar de su órbita al pequeño asteroide satélite del sistema binario de  65803 Didymos, este fue el resultado:
El pequeño Dimorphos, de solo 150 metros de diámetro, luego de la colisión  con la sonda Dart, en setiembre de 2022, sufrió un cambio de órbita “exitoso” y terminó capturado por Selene.
El plano orbital comenzó a precesar hasta estabilizarse a un ángulo de 35 grados respecto a la órbita lunar.
A continuación, un inexorable y fuerte cambio a una órbita muy excéntrica, con afelio casi más allá de la órbita de Marte y perihelio ente la Luna y la Tierra, pero sin peligro de colisión con ambas.
Luego ocurrieron dos sobrevuelos rasantes sobre el Mare Orientale.
La gravedad de la Luna definitivamente se lo había arrebatado a Didymos.
Por un cierto tiempo; “la luna tuvo un “satélite natural”

Durante tres órbitas sobrevoló el Mare Orientale, como sucedió con el Cometa Shoemaker-Levy 9 en 1994, cuando se estrelló contra Júpiter.
Finalmente, la gravedad lunar ganó el pulso, y lo que quedaba de Dymorphos colisionó contra la base del cráter Shakleton en el polo Sur de la Luna (Luz y tinieblas eternas), destruyéndolo completamente. Pero dejando una meseta de millones de toneladas de hielo prístino.

Un maravilloso, bello e inusual casquete polar en la Luna.
Creemos que es un fenómeno transitorio, …¡pero ya lleva nueve meses!



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