viernes, 21 de agosto de 2026

La Tinaja de Guaitil * Escrito por Marie Lissette Alvarado* [01/07/2025]

I parte

Cudeg

Los sucesos que les voy a relatar tuvieron lugar mucho tiempo atrás, donde los recuerdos se pierden entre lejanas memorias, tanto que es casi imposible precisar cuándo ocurrieron.

En una vasta región al noroeste de esta hermosa tierra guanacasteca, donde cada día el Sol y la madre naturaleza literalmente parecen fundirse en un ardiente beso, como dos apasionados amantes, habitaba el pueblo chorotega, gente orgullosa de su estirpe y poder. Vivían del cultivo y de la caza, de costumbres y tradiciones sencillas, pero muy bien organizados. Un día el cacique Diriá encontró una iguana de color blanco, tanto así que parecía una raíz de yuca recién pelada, sus ojos eran tan verdes como el jade y poseía una mirada profunda y misteriosa. En comparación con la mayoría de las iguanas adultas esta si acaso era de mediano tamaño, se notaba que tenía heridas en casi todo su cuerpo. El reptil le contó al cacique que estaba sedienta y que, al tratar de llegar al río para beber, un cocodrilo la sorprendió y atacó; a duras penas logró escapar con vida.

Ahora necesitaba encontrar un lugar donde refugiarse y tratar de curar sus heridas. Diriá se llenó de compasión y, a pesar de que había planeado convertirla en parte de su comida ese día, decidió que era mejor salvarla y se la llevó al palenque designado como templo en las afueras de su pueblo.

Como de costumbre ahí estaba el chamán, hombre leal, de pocas palabras y sabio, considerado como su mano derecha. Diriá se acercó con la criatura herida y le pidió  a su fiel servidor que encontrara al mejor artesano de la zona para que hiciera de arcilla una tinaja de tamaño mediano, cuyas medidas fueran de 3 puños uno junto al otro, tanto para la altura como para el ancho. Que tuviera tres patas huecas para que le diese estabilidad y que en cada pata se le introdujese en la punta una pequeña piedrecilla de jade a modo de cascabel, que fuera bellamente pintada y con majestuosos diseños y que a un costado le esculpiera la cabeza de una iguana con ojos de jade.

Quería la tinaja terminada dentro de un plazo de tres días.

El chamán miró la iguana, no hizo preguntas, simplemente hizo una pequeña reverencia con su cabeza y obedeció. Pero antes de partir preparó una pasta curativa con hierbas del bosque y la colocó en las heridas del animal, luego se dirigió al pueblo de Guaitil, zona muy reconocida por la belleza de sus trabajos en arcilla, y entre todos los tinajeros de ese lugar buscó a Cudeg, el mejor artesano del pueblo, para que creara una tinaja

con las especificaciones de su señor cacique, la cual debía estar terminada y entregada a más tardar dentro de los próximos tres días.

Por ser tan alto el honor que se le otorgó, Cudeg se esmeró por crear la más bella y fuerte vasija, le dio prioridad a tan especial pedido; sin embargo, diseñar y crear algo realmente especial y de la aprobación del cacique requería de toda su experiencia y habilidad.

Tomó la mejor arcilla que tenía y con cuidadoso esmero empezó a amasarla por largo rato, la golpeaba y la volvía a amasar para evitar que le quedaran en su interior burbujas de aire que pudieran arruinar la obra a la hora de cocinarla en el horno.

Satisfecho con esta etapa del trabajo se sentó sobre el duro suelo de su taller con sus piernas abiertas y extendidas a los lados. Frente a él estaba un platón de arcilla de forma plana, semienterrado en el suelo para que se mantuviera fijo, la tierra estaba firmemente apelmazada a todo su alrededor de manera que no se pudiera mover de su lugar. Sobre este se encontraba otro plato del mismo material y forma, pero algo más pequeño, que se podía hacer girar con la mano sin mucha resistencia.

Ambos utensilios estaban especialmente cocinados para que soportaran el arduo trabajo de la creación de cerámica, algo así como un torno artesanal. Sobre el plato pequeño puso un poco de agua para humedecerlo y de inmediato montó la arcilla sobre él.

Redondeó un poco el material y con sus manos humedecidas comenzó a girar el plato con una mano y con la otra a crear la tinaja. Poco a poco fue elevando la pieza, agregaba material donde fuera necesario y utilizaba un olote seco, a modo de herramienta, introduciéndolo en el interior de la tinaja para ayudarse a trabajar mejor.

Lento pero constante el hombre trabajó sin desviar su atención en lo que hacía y ya muy entrada la noche la fue terminando. Revisó una y otra vez que tuviera todas las especificaciones del cacique, la cabeza de la iguana parecía muy real, estaba orgulloso de lo que había hecho, la guardó cuidadosamente para evitar que se fuera a dañar y se marchó a su choza.

Su mujer estaba preocupada, pues nunca llegaba tan tarde. Cuando por fin llegó, sin dar muchos detalles, el tinajero le comentó que había tenido que dedicarse a un pedido muy importante y que debía entregarlo en tres días. Ella, que era muy curiosa, no quedó conforme con la explicación, así que cuando su esposo terminó de comer y se fue a dormir aprovechó que había luna llena y que su luz era tan radiante como la del Sol para dirigirse al taller y ver qué era lo que tenía de especial dicho encargo. Buscó por todas partes lo que consideraba era el trabajo más reciente. Por fin, dentro de un pequeño

agujero cubierto con hojas de plátano encontró la más hermosa tinaja que había visto, no daba crédito a sus ojos por tanta belleza, incluso sintió envidia y la quería para sí, pero mientras la contemplaba a la luz de la luna los ojos de la iguana brillaron con gran fulgor dejando a la mujer por un instante ciega.

De tremendo susto, apenas recuperó la vista, la volvió a ocultar y a tapar con las hojas; se fue corriendo hasta su choza, donde con cuidado se metió a la cama y se durmió. Obviamente nunca le dijo a su marido lo que le había ocurrido, pero poco tiempo después empezó a sufrir con su vista y ambos ojos empezaron a cubrirse con una blancuzca nube que en su vejez la dejó ciega y desde aquel susto hasta el día de su muerte sufrió de una aparentemente inexplicable fobia hacia las iguanas.

Al día siguiente, muy de mañana, el tinajero regresó a su taller, sacó su tinaja al sol para que se secara muy bien; luego, empezó a sacarle brillo con ayuda de pedazos de madera muy dura hasta dejarla bien pulida y redondeada, para no dejar marcas en la arcilla aún fresca.

Mientras el sol hacía su parte, el artesano se introdujo en la montaña para conseguir de la misma tierra los colores que le darían el realce a la tinaja. Al regresar por la tarde la tinaja estaba completamente seca y lista para darle brillo, cosa curiosa, pues por lo general a la arcilla le toma más tiempo para secar completamente, pero como no tenía tiempo que perder continuó con el siguiente paso del proceso.

Tenía madera de ronrón, guanacaste, cocobolo, cenízaro y guayacán para pulir sus artesanías y de todas escogió para trabajar la de ronrón. La tinaja adquirió un brillo  inigualable; comenzó a pintarla mientras esperaba a que secaran las capas de pintura y resaltaran los diseños.

Volvió a quedarse trabajando hasta muy tarde, pero no importaba, todo iba saliendo bien; volvió a ocultarla y regresó a su choza como la noche anterior. Se sentó a comer, esta vez su mujer no hizo preguntas sino que se fue a acostar, poco después él hizo lo mismo.

A la mañana siguiente volvió a llegar muy temprano a su taller, la pintura en la tinaja estaba completamente seca, la volvió a pulir y de inmediato encendió su horno de leña. Todo lo hizo como era su rutina, pero el horno se calentó muy rápido y con la brisa parecía que de su boca salían las flamas de las entrañas de la misma tierra.

Había visto al Arenal escupir piedras y fuego y su humilde horno trajo al presente esos impactantes recuerdos. Por un instante el temor le invadió, le preocupaba que sus paredes no soportaran el intenso calor y que al introducir la tinaja todo se fuera echar a perder… hasta su horno.

Pero afortunadamente no fue así, cuando todo estaba listo para introducir la tinaja, de momento se le ocurrió que podría, como lo hacía siempre, meter todas las piezas

que pudiera para aprovechar al máximo el calor; pero al final, eso lo descartó y lo consideró un sacrilegio. Así que solo introdujo la tinaja para el cacique. Horno y vasija soportaron las intensas llamas, nunca en toda su vida un trabajo fue tan agotador y que resultara perfecto.

Al sacar la pieza y dejarla enfriar admiró su trabajo, era tan perfecta que parecía cristalina, sus diseños, color y brillo eran excelentes. Aún estaba a tiempo para ser entregada tal y como se lo habían solicitado. El artesano pensó que podría crear otras tinajas similares a ésta, lo que sería muy lucrativo para él y su fama se extendería por toda la región. Pero después de ese día intentó crear tinajas con el mismo diseño y color pero fue inútil, parecía como si le hubiesen borrado el recuerdo de su creación; sí, fue alabado su trabajo, pues era hermoso, pero nunca más pudo hacer otra tinaja como aquella.

Tan pronto como pudo se la entregó al chamán. Este llegó ante Diriá y, manteniendo su rostro hacia el suelo, con postrada reverencia extendió sus manos hacia su señor y entregó la esperada tinaja.

Diriá la tomó, revisó todos los detalles y, haciendo un gesto de aprobación, se sintió satisfecho. Se dirigió donde tenía reposando a la iguana herida, pero antes de llegar a ella se desvió y se detuvo cerca de la orilla del río Tempisque donde llenó una buena parte de la tinaja con arena seca y caliente, pues sabía que a la iguana le

gustaría.

Al llegar donde el animalito que dormía la levantó con cuidado y la colocó dentro de la tinaja donde muy feliz se acomodó entre la arena. El cacique la conservó dentro del palenque para que nada ni nadie la molestaran.

Unos días después Diriá fue a revisar las condiciones de la iguana, su asombro fue enorme al darse cuenta no solo de que se había ido, sino que toda la arena que la tinaja

contenía se había convertido en polvo de oro.

Asombrado por el milagro buscó por todas partes a la iguana, al no encontrarla se quedó de pie junto a la tinaja. En ese momento la iguana descendía por una de las

paredes cerca de él y mirándole fijamente le dijo: “Eres un guerrero sabio y valiente Diriá, tu bondad me ha demostrado que eres hombre de corazón justo y alma sincera. En agradecimiento te regreso la tinaja que ordenaste que se hiciera para mi recuperación. Como cacique que eres te regalo la arena convertida en polvo de los reyes y nobles; mientras la conserves, esta tierra siempre disfrutará durante todo el año del verdor de la naturaleza, no importa cuán abrazador sea el calor del sol, siempre estará fresco; ¡pero cuidado!, lo que puede ser para el bien de todos también se puede convertir en la maldición de todos. Si este polvo cae en manos que no sean chorotegas se derramará sangre, habrá dolor y sufrimiento. La vegetación morirá y el calor arruinará cultivos y cosechas. Igual te regalo la tinaja como símbolo de la eterna agua, cristalina y fresca, al chorotega de corazón justo y sincero, como tú, que la posea, nunca deberá preocuparle

si su pozo se secará. Así que cuídala bien, cacique Diriá, para que en toda tu tierra haya prosperidad y abundancia de generación en generación“.

Dicho esto la iguana se escabulló por entre las hojas que conformaban la estructura del techo del templo y desapareció para siempre.

 

II Parte

Carmela

Diriá mantuvo bajo protección la tinaja mágica, que es así como la llamó el chamán del pueblo, y toda la región Chorotega vivió por varios años de la prosperidad que le brindaba la tinaja de Guaitil.

Pero hombres ajenos a su mundo llegaron para adueñarse de las tierras y de todo lo que estaba a su paso en esa vasta región. Empuñaban armas jamás conocidas, cabalgaban extraños animales, su lenguaje y su apariencia eran totalmente aterradores y diferentes a lo que los aborígenes conocían; la tierra se estremecía ante su paso firme y arrasador, la madre naturaleza parecía gemir, como si presagiara el sangriento final de sus hijos.

A pesar de todo, Diriá y sus hombres defendieron lo suyo como bravos guerreros sin temor a sucumbir, pero los extranjeros traían armas mortíferas y eran despiadados. No les importaba a quien mataban, pueblos enteros fueron poco a poco desapareciendo y aquellos a quienes les perdonaban la vida eran convertidos en esclavos y obligados a aprender ese extraño idioma, renunciar a todo en lo que ellos creían y aceptar ciegamente una religión y un dios diferente.

Al ver la ambición y codicia de estos extraños por los objetos de oro y las piedras preciosas el cacique recordó lo que la iguana le había advertido y ante esa terrible situación por la que estaban pasando. Diriá le ordenó al chamán que escondiera muy bien la tinaja para mantener asegurada la promesa de la iguana con su pueblo.

Ni lerdo ni perezoso el sacerdote corrió como el viento, llegó donde estaba custodiada la tinaja repleta de polvo de oro y, tratando de no ser visto entre tanta conmoción, se dirigió hacia la montaña para esconderla.

Por desgracia un soldado atisbó que el chamán se escabullía sigilosamente por entre los arbustos con un objeto entre sus brazos. Lo siguió a prudente distancia, manteniéndose oculto, pues el chamán avanzaba unos pasos y se volteaba para mirar a su alrededor y cerciorarse de que nadie le estuviera siguiendo. Pero un pequeño ruido lo alertó de que posiblemente no estaba solo; no tendría tiempo de esconder aquel tesoro en las profundidades de la montaña, así que se apresuró a llegar hasta la naciente del río Tempisque y no tuvo otra alternativa que echar en el río todo el polvo de oro de la tinaja.

Conforme el oro iba saliendo de la tinaja y tocaba el agua del río, inmediatamente se convertía en simple arena. Asombrado por lo que veía el chamán empezó en un suave susurro a decir algunas oraciones de agradecimiento a la iguana mágica, pues era evidente que se trataba de una deidad y debía ser tratada como tal.

Apenas tuvo el tiempo suficiente para realizar esa acción cuando de pronto al voltearse para ir a esconder en otro lugar la tinaja, el soldado le sorprendió. El extranjero miró la orilla del río pero todo le resultó sin novedad alguna. Acosado por la curiosidad interrogaba al chamán sobre la tinaja, quien con mucho cuidado la depositó en

el suelo a su lado.

Fue imposible que el aborigen le entendiera y entre lo acalorado del interrogatorio y la expresión molesta del soldado el chamán intentó escapar. Aunque ambos forcejearon el soldado sacó su espada y atravesó el vientre del chamán, dejándolo mientras se desangraba sobre la tinaja que para el soldado no tenía ningún valor a pesar de su extraordinaria belleza.

Lamentablemente la mayor parte del pueblo, así como el cacique y el chamán murieron tratando de salvar y proteger su tierra y a su gente. Dicen que hay quienes vieron a una pequeña iguana blanca posada en las ramas altas de un árbol de guanacaste, que estaba llorando, pero sus lágrimas eran tan rojas como la sangre que ese día se había derramado. Esa noche de luto y dolor la luna llena se volvió roja y la figura que parece verse en su cara es la de la iguana y cada vez que la luna llena se torna de ese color se dice que la iguana en la luna está llorando la matanza de tanta gente.

Los años fueron pasando, las décadas fueron anegando la hidalguía de un valiente pueblo que, al ser mermado, no tuvo más remedio que doblegarse ante la nueva cultura impuesta y que poco a poco se fue mezclando entre ritos y tradiciones para dar paso al mestizaje.

Había una joven mujer de apenas quince años, llamada Carmela Briseño, oriunda de Guaitil, de baja estatura, delgada y con rasgos y color de piel característicos de los antiguos pobladores precolombinos de esa región.

Desde muy niña le encantaba el trabajo con arcilla y, a pesar de ser tan joven, ya era toda una experta en la materia y sus artesanías eran muy solicitadas por su belleza y calidad. Algo que le llenaba de orgullo es que su familia era descendiente de Cudeg, el reconocido artesano de toda aquella región. De generación en generación seguían manteniendo viva la tradición de las artesanías y siempre se contaba la historia de la tinaja mágica y de la iguana blanca.

Como lo hacía cada vez que necesitaba material para trabajar, Carmela se dirigía a un lugar muy específico y especial en la montaña para buscar y extraer la arcilla y continuar con su trabajo, que era la base de su sustento y el de su familia. Pero al llegar al sitio el material no le pareció lo suficientemente bueno para extraerlo, así que comenzó a “tantear” en los alrededores para tratar de conseguir algo mejor y mientras escarbaba un poco por aquí y otro por allá se encontró la tinaja que con su vida había protegido el chamán. A pesar de notarse que era un recipiente antiguo y de encontrarse oculto entre el barro y la maleza aún se conservaba en perfecto estado, no estaba quebrada ni tenía reventaduras, su hermoso diseño y color estaban intactos y ese extraño tono cristalino de la arcilla le tenía cautivada, más aún cuando a la luz del sol los ojos de la iguana parecían brillar.

“¿Será que he encontrado la tinaja de Cudeg?”, pensó por un momento, recordando la historia que desde niña le contaban sus padres reiteradamente. Conocía de sus virtudes, así que se fue de inmediato y la llenó con arena de iguana para ver si se convertiría en oro; pero no fue así, nada pasó, así que la volvió a vaciar y la limpió.

Carmela se olvidó por ese día de su tarea y regresó a su casa con la tinaja. Sus padres y familiares estaban encantados con aquella belleza e incluso ya estaban pensando en obtener una sustanciosa ganancia con su venta.

Pero ella, aunque de buen corazón y amable, también tenía un fuerte carácter y advirtió que la tinaja era suya y que no iba a permitir que alguien la vendiera. ¡Ay de aquel que se atreviera a hacer esa tontera!

Por último, Carmela decidió llevársela para el taller donde trabajaba y conservarla a su lado. Era época de sequía y el implacable calor mantenía secos la mayoría de los pozos de la región, incluyendo el que se encontraba junto al taller; sin embargo, de la noche a la mañana el pozo del taller tenía agua y hasta la fecha nunca más se volvió a secar.

Carmela se casó, pero continuó trabajando haciendo artesanías, especialmente tinajas, y siempre tuvo en su corazón la certeza de que la antigua tinaja era un legado de su familia y que por alguna razón especial ella fue la elegida para conservarla y cuidarla. Con el tiempo se llenó de hijos; su esposo era jornalero en fincas y juntos sacaron adelante a su familia. La vida era dura pero amable, les permitía vivir, humildemente pero con dignidad.

Los años tiñeron de canas el cabello de Carmela, quien se convirtió en una respetable artesana que conocía la historia de sus antepasados y su reputación. Todos sus hijos aprendieron a trabajar en el taller, pero solo uno de ellos continuó con la tradición.

Gerardo no quiso seguir estudiando como el resto de sus hermanos, sino que decidió continuar en el taller y mantener la historia de Cudeg tan viva como en aquellos

lejanos tiempos. Siendo apenas un muchacho de veinte años se casó y tuvo tres hijos, no quería que se dedicaran a la artesanía, pues había tenido que trabajar muy duro y su labor no siempre era bien recompensada, así que fue muy estricto con la educación de sus muchachos y les exigía sacar buenas notas y concluir toda la escuela y el colegio para que buscaran una profesión más académica y de mejor oportunidad laboral.

Pero como él, su hijo menor Luis fue desde niño un chiquillo inquieto y creativo, apenas salía de la escuela se dirigía al taller, porque quería aprender a trabajar y hacer objetos de arcilla. Gerardo lo regañaba porque descuidaba sus estudios y a veces lo amenazaba con darle una leñateada si no se iba para la casa y hacía sus tareas.

Carmela tenía días viendo la misma situación entre su hijo y su nieto, pero no quería meterse a dar opiniones.

Una noche, mientras dormía, vio en sueños a la iguana blanca sobre el árbol de guanacaste que le decía: “No dejes que la tinaja caiga en otras manos que no sean

de tu familia. Debes heredar la tinaja cuanto antes, creo que ya sabes quién llevará la responsabilidad de cuidarla y mantenerla a salvo. A pesar de contrarias opiniones,

¡hazlo!

La anciana se despertó abruptamente, reinaba la total oscuridad y el silencio; trató de volver a dormir mas fue inútil. Mientras esperaba el amanecer pensaba de qué manera iba darle la tinaja a su nieto sin provocar fuertes disgustos entre ellos, sin contar que por estar actuando en contra de la voluntad de su hijo eso también traería problemas a la familia en general.

Así que una noche, mientras cenaban en familia, Carmela miró a Luis, quien no quitaba su mirada del plato y comía con todo gusto una suculenta olla de carne. Ella aprovechó el momento y le dijo con cariño:

—Ñatico, ayúdame mañana a recoger maíz morado, porque quiero hacer mazamorra.

El muchacho, con la boca llena le respondió:

—Está bien abuela, ahí me avisa pa’ llevar el saco del maíz.

Nadie más prestó mucha atención a los planes de la abuela, solo su nuera que le comentó:

—Si querés te ayudo a desgranarlo en la tarde.

Pero la anciana, sin ninguna muestra de sus verdaderas intenciones, solo meneó la cabeza y dijo:

—Entre Luisito y yo lo podemos hacer, no te preocupés mija.

Gerardo, su hijo, ni siquiera mostró interés a lo que consideró una trivial conversación entre mujeres, sabía que Luis era el chineado de su mamá y no era la primera vez

que le pedía algún favor.

A la mañana siguiente abuela y nieto se fueron a recoger maíz pujagua para preparar la mazamorra. Luis caminaba despreocupado, silbando una tonada que le gustaba.

A unos cincuenta metros de la casa Carmela se salió del camino, se introdujo en el seco matorral y de un viejo y pequeño tronco ahuecado que se encontraba a un par de metros, extrajo un atado de manta amarrado con manila que se encontraba cubierto de tierra y de inmediato lo envolvió en su delantal, salió del matorral y le dijo a su

nieto:

—Sigamos.

Luis se quedó atónito ante la actitud de la abuela y curioso le preguntó:

—Diay abuela, ¿qué es eso que lleva en el delantal?

—Nada ñatico… seguí, seguí.

Continuaron caminando pero el muchacho no podía quitar los ojos del delantal tratando de descifrar entre tanto chuíca qué era lo que su abuela escondía con tanto rece

lo. No habían caminado mucho cuando la mujer se enojó y en tono inquisidor regañó a su nieto:

—¡Ah carajo! Seguí caminando muchacho de dios, dejá de estar viendo lo que no te importa, luego te explico y lo entenderás.

Luis no le respondió a su abuela, pues de seguro eso equivaldría a un coscorrón y, con suerte, conociéndola, se lo daría con esa cosa que llevaba escondida; así que se limitó a caminar y mirar hacia el suelo en total silencio.

Por fin, al cabo de unos quince minutos, llegaron al lugar donde tenían el maizal, ella caminó muy adentro del lote y Luis le siguió. De pronto, la anciana se detuvo, miró a

su nieto y le dijo:

—Ahora sí mijito, esto que tengo aquí es lo más valiosos que poseo y te lo voy a heredar a vos, pero tenés que jurarme que lo cuidarás y protegerás como yo lo he hecho hasta hoy.

En ese momento, ella se puso de cuclillas para desplegar su viejo delantal y sacar de su interior el preciado objeto, su nieto también se puso de cuclillas, mostró reverencia

y respeto ante su abuela que nunca le había hablado con tanta solemnidad.

Ella soltó los nudos de la manila y se la quitó, empezó con cuidado a abrir la terrosa manta y por fin descubrió su invaluable secreto, la tinaja de la iguana se mantenía

intacta, aunque ya sus descoloridas superficies delataban su antigüedad.

Carmela la tomó entre sus manos y mirando fijamente a su nieto le dijo:

Luis, a ti te heredo esta tinaja que cuando niña me encontré; siento que eres la persona indicada para continuar con su cuidado. Nunca la vendas, ni la prestes, ella

traerá bienestar y bendiciones a ti y a los que te rodean; no sé por qué, pero siento que es la misma tinaja que hizo Cudeg, nuestro antepasado. Si así fuera, es mágica y tantas veces te he contado la historia que ya no hay más que decir, solo que desde que la tengo mi vida cambió para bien y deseo lo mismo para ti.

La mujer extendió sus manos con la tinaja hacia su nieto, a Luis se le llenaron los ojos de lágrimas por la emoción, pues muy de pequeño la había visto pero sabía que nadie

podía tocarla siquiera, extendió sus manos y la tomó con mucho cuidado. En ese mismo momento los colores de la tinaja parecían recobrar vida, ahí Carmela se dio cuenta de que había hecho la elección correcta.

Después de un breve momento de solemnidad Luis se preocupó, porque no sabía ahora qué hacer con su papá y que esto representaría discusiones entre ellos. Pero su abuela le dijo:

—Pues mijito, lo que se hereda no se hurta. Tienes el talento y tarde o temprano tu tata lo tendrá que aceptar.

Dicho esto, guardaron la tinaja y recogieron todos los elotes que pudieron, pero curiosamente el saco estaba completamente lleno y, aunque Luis venía encorvado

por el peso del maíz, se sentía tan feliz por lo que le había ocurrido que no le importó llevar semejante carga hasta la casa.

Esta vez a Luis le tocó hacerse cargo de esconder la tinaja y ayudarle a la abuela en todo el procedimiento de la mazamorra. Les quedó deliciosa y todos disfrutaron opíparamente.

A la hora de irse a la cama el muchacho no dejaba de pensar la manera en que le diría a su papá que continuaría con el negocio familiar, que él estaba dispuesto a seguir con la tradición. Cavilando en el asunto se durmió. De pronto, vio en sus sueños cuando la iguana había sido atacada por un cocodrilo en las orillas del Tempisque y que había sido mal herida, pero que a duras penas pudo escapar.

 


III Parte

Luis

A Luis nadie le habló en el sueño, pero sintió que debía hacer una tinaja tipo incensario con un diseño especial para demostrarle a su papá que era capaz de ser el mejor en su trabajo. No iba a utilizar la imagen de un cocodrilo y una iguana, pues sería muy evidente su relación con la legendaria historia que su abuela contaba una y otra vez para mantener viva la tradición artesanal.

Utilizaría la imagen del jaguar, pues era una criatura que él admiraba y con el que se identificaba. Usaría los colores negro y terracota para pintarla. Representaría al guardián en que él se había convertido, sería una figura mítica. En vez de hacer el cuerpo de un solo animal pondría las dos mitades frontales de dos jaguares unidos por su espalda, de esa manera, sus cabezas en actitud agresiva, con fauces rugientes, se mantienen con los ojos bien abiertos, vigilando constantemente, apoyados sobre sus patas delanteras.

El interior del cuerpo de los míticos jaguares sería hueco pero no cerrado herméticamente, con el fin de introducirles unos cascabeles de uso ceremonial. En el exterior las paredes laterales tendrían diseños elegantes con orificios realizados cuidadosamente para permitir escuchar el sonido de los cascabeles al sacudir suavemente el incensario.

Sobre la espalda de los jaguares pondría en el centro un pequeño jarrón con tapa y discretos agujeros por donde se filtraría el humo del incienso al ser quemado en su

interior. Siempre conservando la armonía del color negro y terracota haría en el jarrón los dibujos del cocodrilo y la iguana, algo simples pero conservando la sobriedad y elegancia de la pieza. El trabajo más elaborado lo tendría la parte de los jaguares, pues simbolizan a las nuevas generaciones que llevan sobre sus espaldas la responsabilidad no solo de mantener vivas sus tradiciones, sino también el legado precolombino.

Pasaban los días y Luis cumplía con la rutina diaria en la escuela y luego en la casa, pero también se dedicó a crear su incensario. Su abuela le había enseñado desde muy pequeño todas las técnicas que utilizaban sus antepasados, incluso a trabajar sentado en la tierra, como lo hacía Cudeg.

Buscó en el corazón de la montaña un tipo de arcilla muy especial que le brindara los colores negro y terracota. Obtenido el material lo limpió de impurezas y lo empezó a preparar hasta que quedará en su punto óptimo para empezar su obra. Lo primero que hizo fue una especie de jarrón pequeño con tapa, a todo su alrededor de la parte más ancha e hizo una serie de agujeros pequeños para no estropear los dibujos de la iguana y el cocodrilo.

Teniendo ya terminado el jarrón, se dispuso a diseñar y crear la base. Tuvo que hacer un molde para que los dos jaguares quedaran tan parecidos como le fuera posible, tanto en los dibujos ornamentales como los rostros y patas.

Esperó varios días para que secaran por completo y comenzar a pulirlos individualmente hasta quedar satisfecho con la suavidad y brillo de la cerámica. Eran perfectas, sin irregularidades o defectos, posteriormente continuó con la unión del jarrón a la espalda de los jaguares, utilizando un poco de la misma arcilla a modo de pegamento; otro par de días para el secado, pues su mayor preocupación era que a la hora de meter la pieza

al horno se reventará la unión y el trabajo se echará a perder.

Comenzó a darle varias manos de base blanca, pues por lo general a la mayoría de las piezas de cerámica se les hace eso. Luego aplicó la pintura terracota y negra, tal y como lo había soñado. Con sus herramientas para hacer diseños en la arcilla fue resaltando las diversas figuras; volvió a pulir su trabajó con sumo cuidado.

Al final, los rostros de los jaguares eran tan feroces que parecían reales, le tomó casi un mes para terminarla; a veces recordaba los cuentos de su abuela sobre cómo Cudeg había tardado solo tres días en la creación de la tinaja y entregarla al chamán, posiblemente era un poco exagerado ya que pertenecían a la tradición oral de su

pueblo, lo cierto es que él había terminado su trabajo y era hora de llevarlo al horno.

Temía pedirle exclusividad del horno a su padre para, al igual que Cudeg, poder meter solamente su pieza a hornear; consideraba un sacrilegio mezclarla con las demás piezas fabricadas para la venta a los turistas.

Gerardo sospechaba que su hijo algo estaba haciendo a hurtadillas, porque durante todo ese mes se había comportado diferente, así que cualquier cosa inusual confirmaría sus sospechas y era algo que estaba esperando, solo era cuestión de tiempo, y tiempo era lo que su padre tenía.

Por fin el muchacho se armó de valor y mirando hacia el suelo, medio atragantado con su saliva le pidió prestado el horno. Gerardo fingió estar extrañado con la petición de Luis y aunque le hizo algunas preguntas para saber la verdad, el muchacho solo le dijo que confiara en él, era una sorpresa que le quería regalar. Su padre dejó escapar una tenue sonrisa entre sus labios y asintió con su cabeza.

—Te lo presto el domingo después de misa.

El rostro de Luis se iluminó de alegría, dio las gracias y se retiró a continuar con sus labores.

El domingo por la tarde el joven limpió muy bien el interior del viejo horno, lo cargó con buena leña seca y lo dejó arder por un par de horas, cuando la madera se

consumió e hizo brasas, colocó la pieza de cerámica y la estuvo vigilando por otras tres horas.

Al día siguiente, muy tempranito, Luis se atrevió a sacar la cerámica del horno y la dejó en un lugar apropiado para que no se dañara, colocó la tapa al jarrón y consideró que su trabajo estaba completamente terminado.

Tomó su incensario y se lo entregó a su padre. Gerardo, al principio, pensó que su madre le había ayudado al muchacho, pues después de revisar el incensario era mejor que los trabajos que él hacía; su hijo le juró que lo había soñado y creado él solo y que era una forma de pedirle permiso para que lo dejara trabajar a su lado. Después de un rato de guardar silencio y estar pensativo por fin Gerardo accedió.

Luis lo abrazó, agradeció y juró no defraudarle, pero lo más importante era que su papá comprendió que era algo que su hijo amaba hacer y que al final de cuentas

“Lo que se hereda no se hurta”.

Ya han pasado varios años desde que padre e hijo empezaron a trabajar juntos, el taller se llama CUDEG, y cuando los visitantes se acercan para observar los trabajos de cerámica que están a la venta, Luis les comienza a explicar todo el proceso de la elaboración de artesanías en arcilla; desde la materia prima traída desde muy lejos en lugares casi inaccesibles, cargando la arcilla de la misma forma que lo hacían nuestros aborígenes, incluso un pequeño depósito en el suelo donde tienen la “arena

de iguana” que le da mejor textura a la cerámica y optimiza su calidad a la hora de llevarla al horno.

Les da un pequeño recorrido por el lugar para que conozcan en viejo horno de barro, les enseña el pozo que nunca se ha secado.

En la parte exterior de sus artesanías escriben en la base sus nombres para que las personas sepan que las elaboran juntos y, al final, enseñan un folleto con la imagen

de la tinaja precolombina para luego mostrar personalmente la tinaja.

Las personas salen muy contentas y siempre compran algunos recuerdos del lugar; piensan que las historias fueron contadas simplemente para vender, pero lo que menos se imaginan es que más que leyenda La Tinaja de Guaitil realmente existe y es mágica.

Gerardo, Luis y todos los que trabajan en el taller, satisfechos con su labor realizada, guardan celosamente la tinaja de la iguana y el incensario de los jaguares juntos, como símbolos de una cultura precolombina que entrelaza el pasado y el presente.

jueves, 20 de agosto de 2026

Mientras la novia se vestía de rojo *( publicado por Marie Lissete Alvarado 21/12/2010)*

Hola amigos. Se canceló en viaje de Cientec.
Por problemas con la inestabilidad de clima.
No se aflija, quizás usted pueda disfrutar el eclipse desde su casa.
😁😁😁

Ya desde el 19 la emoción había generado en mí, una sutil ansiedad que no me dejaba dormir, esperando que ocurriera este extraordinario evento.

Hacía tanto tiempo que no miraba un eclipse lunar, ni otro acontecimiento astronómico, comparable a la pasada del Cometa Halley, o al eclipse total de sol de 1991. Aún el mismo día 20, traté de dormir en la tarde, para estar en óptimas condiciones y disfrutar la sombra sobre la Luna, pero fue inútil.

Había decidido verlo a la salida del Golfo de Nicoya, en la punta más Este de la península, llamada Punta Coral, tomando el tour del Manta Raya, organizado por Cientec

Mientras esperaba la llegada del bus, la Luna se fue elevando, entre las típicas nubes bajas vespertinas que ahora hay en San José.
El 20 amaneció algo nublado y ventoso, pero yo mantenía la esperanza de que ya a nivel del mar, las condiciones del tiempo fueran a mejorar mucho y afortunadamente así fue.
Con la llegada de la noche y la cercanía de la playa, el cielo empezó a despejarse y la Luna nos brindó su resplandor desde el inicio del viaje, como anunciándonos que en pocas horas tendríamos en primera fila la majestuosidad del eclipse.


Ya en Puntarenas el característico aire de mar nos dio la bienvenida y tan pronto abordamos, el catamarán Manta Raya salió rapidito del puerto, con destino a nuestra cita. El cielo, a pesar de la majestuosidad de la silenciosa Selene, permitió encontrar algunas constelaciones que esa noche acompañaban su paso por el firmamento.

Poco a poco las luces de Puntarenas fueron quedando atrás, y en el horizonte frente a nosotros teníamos las colosales masas terrestres que como gigantes dormidos aparentaban indiferencia ante nuestra intromisión. 

El viento jugueteaba entre las pequeñas y espumosas olas que producía el paso del catamarán y me tendí un rato en la malla que tiene el Mantaraya en la proa.
Fue increíble ver las aves delante de la embarcación revoloteando y pescando, sentir la fuerza del viento sobre mi rostro, respirar profundamente ese inconfundible aire marino y contemplar desde allí la  Luna y las estrellas.


Y nos bajamos del catamarán en esa exquisita reserva de bosque tropical seco, con muy poquita playa, pero si con pequeños cangrejitos que vestidos con su caparazones nos rodearon con temor, para ver juntos el eclipse.
Un coctelito y una cena deliciosa, preparada por David Reid y su gente, muy bien coordinados con el cronograma del eclipse.

Armados con telescopios, binoculares y cámaras, o tan solo nuestros ojos, nos dedicamos a mirar el cielo, y a esperar el momento en que la Luna llegara a su cita, primero vestida de gris plata, luego de rojo y finalmente de plata otra vez. Pero estaba tan alta que la mejor posición para esperar el evento fue acostarnos en la arena.


Pasada la media noche, el eclipse comenzó, al principio casi era imperceptible, la entrada de la Luna en la sombra de la Tierra, pero si muy puntual en todas sus etapas.
Los cambios de tonalidad naranja, rojo claro y un profundo rojo ladrillo se fueron sucediendo, así como la oscuridad circundante y la aparición de estrellas poco brillantes, cúmulos globulares y galácticos y hasta la mismísima Vía Láctea.

Miramos hasta cansarnos, desde la tierra hasta el cielo y entre todos tomamos más de cinco mil fotografías. 
Yo no podía dejar de ver la Luna, estaba impresionante en su encuentro central con la sombra de la Tierra, entre Gémini y Tauro. Me dejó sin palabras el cambio de tonalidades como yo lo imaginaba, pero nunca había vivido; no llegó a un intenso color marrón, pero si era muy evidente el predominante tinte rojizo. 
Y no podía faltar alguno que otro meteoro que parecía jugar a las escondidas, desviando nuestra atención por unos pocos momentos.

Creo que hasta ahora en mi vida, no he tenido de noche, un espectáculo tan completo, apacible y romántico, en el cual haya participado la Luna, Júpiter y Saturno, sellando el amanecer con Venus, casi en su máximo brillo y todo rodeado de estrellas en el momento del clímax.

El resto del viaje siguió aportando detalles; los reflejos de la Luna en el ondulante mar, las últimas luces del puerto y el tranquilo regreso a San José.

Efecto de la cámara, el Manta Raya y las olas,
jugando con las luces de Puntarenas

Tomé algunas fotos, pero el control manual de mi cámara, no se acopló bien con mi vista y anteojos. Les dejo algunas, pues para mí son recuerdos. Quizás las mejores permanecerán sin revelar, en los chips de mi cerebro.
Y algunas ligas a otros sitios para que siga usted viendo.

viernes, 14 de agosto de 2026

Caminata a las eólicas del Cerro Pacuaca


Organizó: Grupo de Senderistas Autogestionado; PIAM- UCR.
Guía: Víctor Retana: https://www.facebook.com/caminantesaventureros/?locale=es_LA
Participantes: Rossy, José, Nury, Roberto, Nico, Manuel, Tomás, Víctor, Ana, Giselle, --, --.
Fotos: Rossy, Roberto, Ana, Nury, …
Fecha: 13 de agosto 2026.
Salida: 05:30 de UCR, 06:45 de Escuela Los Altos
Lugar: Cerro Pacuaca en el cantón de Mora. Entramos por Ciudad Colón y comenzamos a subir…>>>.
Llegada a la cima del cerro y las eólicas: 08:00.
Almuerzo: Casa Rústica Doña Evaly (Containers Colón).
Regreso a San José: 16:00, varias presas vehiculares.
Transporte: Jorge León.



Creo que vimos 11 torres eólicas de 20 m de altura, con tres aspas de unos 13 m. Pero en un documento de la CNFL dice que son 17. Cada una tiene la capacidad de generar 900 kilowatt (15 MW total), con esto se le dará energía a 14 mil hogares que sean abonados de la CNFL.





 Como siempre; lleve calzado con buen agarre, bastones, agua (hidratante), merienda, cámara (celular), cortavientos. Posible ropa de cambio por si llueve (la deja en la buseta).

No llovió este día. Tuvimos ratos de sol y ratos nublados, apropiada cobertura boscosa en casi todo el camino.

Camina por pavimento, lastre, sebderos de tierra compacta, piedras y arenilla (¡evítelos especialmente al bajar!). Algunos pasos son angostos cavados por motocicletas, donde solo cabe un pie. Hubo unos 200 m de rocas grandes donde yo opté por dejar los bastones y descender ayudado por "sentadillas" y a dos manos.
Desde luego las alertas de ¿qué hacer? por parte de Rossy, Nury y Ana, más el brazo siempre presente de Nicolás.

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miércoles, 12 de agosto de 2026

Primer Festival de Adultos Mayores *** La Cazadora *** (08/08/2026 - Palmares de Pérez Zeledón)

Realizado en la Escuela Hernán Rodríguez Ruiz.

Se presentaron 10 grupos de varios lugares del país.
Las fotos son extractos de la actuación de mi esposa Rossy Estrada Durán.
Bailarina folclórica  del grupo "Al Son de la Vida", asociado al PIAM de la UCR y 
 coordinado por MSC. Maribel Matamoros Sánchez.




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