I parte
Cudeg
Los
sucesos que les voy a relatar tuvieron lugar mucho tiempo atrás, donde los
recuerdos se pierden entre lejanas memorias, tanto que es casi imposible
precisar cuándo ocurrieron.
En una
vasta región al noroeste de esta hermosa tierra guanacasteca, donde cada día el
Sol y la madre naturaleza literalmente parecen fundirse en un ardiente beso, como
dos apasionados amantes, habitaba el pueblo chorotega, gente orgullosa de su
estirpe y poder. Vivían del cultivo y de la caza, de costumbres y tradiciones
sencillas, pero muy bien organizados. Un día el cacique Diriá encontró una
iguana de color blanco, tanto así que parecía una raíz de yuca recién pelada,
sus ojos eran tan verdes como el jade y poseía una mirada profunda y
misteriosa. En comparación con la mayoría de las iguanas adultas esta si acaso
era de mediano tamaño, se notaba que tenía heridas en casi todo su cuerpo. El
reptil le contó al cacique que estaba sedienta y que, al tratar de llegar al
río para beber, un cocodrilo la sorprendió y atacó; a duras penas logró escapar
con vida.
Ahora
necesitaba encontrar un lugar donde refugiarse y tratar de curar sus heridas.
Diriá se llenó de compasión y, a pesar de que había planeado convertirla en
parte de su comida ese día, decidió que era mejor salvarla y se la llevó al
palenque designado como templo en las afueras de su pueblo.
Como de
costumbre ahí estaba el chamán, hombre leal, de pocas palabras y sabio, considerado
como su mano derecha. Diriá se acercó con la criatura herida y le pidió a su fiel servidor que encontrara al mejor
artesano de la zona para que hiciera de arcilla una tinaja de tamaño mediano,
cuyas medidas fueran de 3 puños uno junto al otro, tanto para la altura como
para el ancho. Que tuviera tres patas huecas para que le diese estabilidad y
que en cada pata se le introdujese en la punta una pequeña piedrecilla de jade
a modo de cascabel, que fuera bellamente pintada y con majestuosos diseños y
que a un costado le esculpiera la cabeza de una iguana con ojos de jade.
Quería la
tinaja terminada dentro de un plazo de tres días.
El chamán
miró la iguana, no hizo preguntas, simplemente hizo una pequeña reverencia con
su cabeza y obedeció. Pero antes de partir preparó una pasta curativa con
hierbas del bosque y la colocó en las heridas del animal, luego se dirigió al
pueblo de Guaitil, zona muy reconocida por la belleza de sus trabajos en
arcilla, y entre todos los tinajeros de ese lugar buscó a Cudeg, el
mejor artesano del pueblo, para que creara una tinaja
con las
especificaciones de su señor cacique, la cual debía estar terminada y entregada
a más tardar dentro de los próximos tres días.
Por ser
tan alto el honor que se le otorgó, Cudeg se esmeró por crear la más
bella y fuerte vasija, le dio prioridad a tan especial pedido; sin embargo,
diseñar y crear algo realmente especial y de la aprobación del cacique requería
de toda su experiencia y habilidad.
Tomó la
mejor arcilla que tenía y con cuidadoso esmero empezó a amasarla por largo
rato, la golpeaba y la volvía a amasar para evitar que le quedaran en su
interior burbujas de aire que pudieran arruinar la obra a la hora de cocinarla
en el horno.
Satisfecho
con esta etapa del trabajo se sentó sobre el duro suelo de su taller con sus
piernas abiertas y extendidas a los lados. Frente a él estaba un platón de
arcilla de forma plana, semienterrado en el suelo para que se mantuviera fijo,
la tierra estaba firmemente apelmazada a todo su alrededor de manera que no se
pudiera mover de su lugar. Sobre este se encontraba otro plato del mismo
material y forma, pero algo más pequeño, que se podía hacer girar con la mano
sin mucha resistencia.
Ambos
utensilios estaban especialmente cocinados para que soportaran el arduo trabajo
de la creación de cerámica, algo así como un torno artesanal. Sobre el plato pequeño
puso un poco de agua para humedecerlo y de inmediato montó la arcilla sobre él.
Redondeó
un poco el material y con sus manos humedecidas comenzó a girar el plato con
una mano y con la otra a crear la tinaja. Poco a poco fue elevando la pieza, agregaba
material donde fuera necesario y utilizaba un olote seco, a modo de
herramienta, introduciéndolo en el interior de la tinaja para ayudarse a
trabajar mejor.
Lento pero
constante el hombre trabajó sin desviar su atención en lo que hacía y ya muy
entrada la noche la fue terminando. Revisó una y otra vez que tuviera todas las
especificaciones del cacique, la cabeza de la iguana parecía muy real, estaba
orgulloso de lo que había hecho, la guardó cuidadosamente para evitar que se
fuera a dañar y se marchó a su choza.
Su mujer
estaba preocupada, pues nunca llegaba tan tarde. Cuando por fin llegó, sin dar
muchos detalles, el tinajero le comentó que había tenido que dedicarse a un pedido
muy importante y que debía entregarlo en tres días. Ella, que era muy curiosa,
no quedó conforme con la explicación, así que cuando su esposo terminó de comer
y se fue a dormir aprovechó que había luna llena y que su luz era tan radiante
como la del Sol para dirigirse al taller y ver qué era lo que tenía de especial
dicho encargo. Buscó por todas partes lo que consideraba era el trabajo más
reciente. Por fin, dentro de un pequeño
agujero
cubierto con hojas de plátano encontró la más hermosa tinaja que había visto,
no daba crédito a sus ojos por tanta belleza, incluso sintió envidia y la
quería para sí, pero mientras la contemplaba a la luz de la luna los ojos de la
iguana brillaron con gran fulgor dejando a la mujer por un instante ciega.
De
tremendo susto, apenas recuperó la vista, la volvió a ocultar y a tapar con las
hojas; se fue corriendo hasta su choza, donde con cuidado se metió a la cama y
se durmió. Obviamente nunca le dijo a su marido lo que le había ocurrido, pero
poco tiempo después empezó a sufrir con su vista y ambos ojos empezaron a
cubrirse con una blancuzca nube que en su vejez la dejó ciega y desde aquel
susto hasta el día de su muerte sufrió de una aparentemente inexplicable fobia
hacia las iguanas.
Al día
siguiente, muy de mañana, el tinajero regresó a su taller, sacó su tinaja al
sol para que se secara muy bien; luego, empezó a sacarle brillo con ayuda de
pedazos de madera muy dura hasta dejarla bien pulida y redondeada, para no
dejar marcas en la arcilla aún fresca.
Mientras
el sol hacía su parte, el artesano se introdujo en la montaña para conseguir de
la misma tierra los colores que le darían el realce a la tinaja. Al regresar
por la tarde la tinaja estaba completamente seca y lista para darle brillo,
cosa curiosa, pues por lo general a la arcilla le toma más tiempo para secar
completamente, pero como no tenía tiempo que perder continuó con el siguiente paso
del proceso.
Tenía
madera de ronrón, guanacaste, cocobolo, cenízaro y guayacán para pulir sus artesanías
y de todas escogió para trabajar la de ronrón. La tinaja adquirió un brillo inigualable; comenzó a pintarla mientras
esperaba a que secaran las capas de pintura y resaltaran los diseños.
Volvió a quedarse trabajando hasta muy tarde, pero no importaba, todo iba saliendo bien; volvió a ocultarla y regresó a su choza como la noche anterior. Se sentó a comer, esta vez su mujer no hizo preguntas sino que se fue a acostar, poco después él hizo lo mismo.
A la
mañana siguiente volvió a llegar muy temprano a su taller, la pintura en la
tinaja estaba completamente seca, la volvió a pulir y de inmediato encendió su
horno de leña. Todo lo hizo como era su rutina, pero el horno se calentó muy
rápido y con la brisa parecía que de su boca salían las flamas de las entrañas
de la misma tierra.
Había
visto al Arenal escupir piedras y fuego y su humilde horno trajo al presente
esos impactantes recuerdos. Por un instante el temor le invadió, le preocupaba que
sus paredes no soportaran el intenso calor y que al introducir la tinaja todo
se fuera echar a perder… hasta su horno.
Pero
afortunadamente no fue así, cuando todo estaba listo para introducir la tinaja,
de momento se le ocurrió que podría, como lo hacía siempre, meter todas las
piezas
que
pudiera para aprovechar al máximo el calor; pero al final, eso lo descartó y lo
consideró un sacrilegio. Así que solo introdujo la tinaja para el cacique.
Horno y vasija soportaron las intensas llamas, nunca en toda su vida un trabajo
fue tan agotador y que resultara perfecto.
Al sacar
la pieza y dejarla enfriar admiró su trabajo, era tan perfecta que parecía cristalina,
sus diseños, color y brillo eran excelentes. Aún estaba a tiempo para ser entregada
tal y como se lo habían solicitado. El artesano pensó que podría crear otras
tinajas similares a ésta, lo que sería muy lucrativo para él y su fama se
extendería por toda la región. Pero después de ese día intentó crear tinajas
con el mismo diseño y color pero fue inútil, parecía como si le hubiesen
borrado el recuerdo de su creación; sí, fue alabado su trabajo, pues era
hermoso, pero nunca más pudo hacer otra tinaja como aquella.
Tan pronto
como pudo se la entregó al chamán. Este llegó ante Diriá y, manteniendo su
rostro hacia el suelo, con postrada reverencia extendió sus manos hacia su señor
y entregó la esperada tinaja.
Diriá la
tomó, revisó todos los detalles y, haciendo un gesto de aprobación, se sintió
satisfecho. Se dirigió donde tenía reposando a la iguana herida, pero antes de
llegar a ella se desvió y se detuvo cerca de la orilla del río Tempisque donde
llenó una buena parte de la tinaja con arena seca y caliente, pues sabía que a
la iguana le
gustaría.
Al llegar
donde el animalito que dormía la levantó con cuidado y la colocó dentro de la
tinaja donde muy feliz se acomodó entre la arena. El cacique la conservó dentro
del palenque para que nada ni nadie la molestaran.
Unos días
después Diriá fue a revisar las condiciones de la iguana, su asombro fue enorme
al darse cuenta no solo de que se había ido, sino que toda la arena que la
tinaja
contenía
se había convertido en polvo de oro.
Asombrado
por el milagro buscó por todas partes a la iguana, al no encontrarla se quedó
de pie junto a la tinaja. En ese momento la iguana descendía por una de las
paredes
cerca de él y mirándole fijamente le dijo: “Eres un guerrero sabio y
valiente Diriá, tu bondad me ha demostrado que eres hombre de corazón justo y
alma sincera. En agradecimiento te regreso la tinaja que ordenaste que se
hiciera para mi recuperación. Como cacique que eres te regalo la arena
convertida en polvo de los reyes y nobles; mientras la conserves, esta tierra
siempre disfrutará durante todo el año del verdor de la naturaleza, no importa
cuán abrazador sea el calor del sol, siempre estará fresco; ¡pero cuidado!, lo
que puede ser para el bien de todos también se puede convertir en la maldición de
todos. Si este polvo cae en manos que no sean chorotegas se derramará sangre,
habrá dolor y sufrimiento. La vegetación morirá y el calor arruinará cultivos y
cosechas. Igual te regalo la tinaja como símbolo de la eterna agua, cristalina
y fresca, al chorotega de corazón justo y sincero, como tú, que la posea, nunca
deberá preocuparle
si su pozo
se secará. Así que cuídala bien, cacique Diriá, para que en toda tu tierra haya
prosperidad y abundancia de generación en generación“.
Dicho esto
la iguana se escabulló por entre las hojas que conformaban la estructura del
techo del templo y desapareció para siempre.
II Parte
Carmela
Diriá
mantuvo bajo protección la tinaja mágica, que es así como la llamó el chamán
del pueblo, y toda la región Chorotega vivió por varios años de la prosperidad
que le brindaba la tinaja de Guaitil.
Pero
hombres ajenos a su mundo llegaron para adueñarse de las tierras y de todo lo
que estaba a su paso en esa vasta región. Empuñaban armas jamás conocidas, cabalgaban
extraños animales, su lenguaje y su apariencia eran totalmente aterradores y
diferentes a lo que los aborígenes conocían; la tierra se estremecía ante su
paso firme y arrasador, la madre naturaleza parecía gemir, como si presagiara
el sangriento final de sus hijos.
A pesar de
todo, Diriá y sus hombres defendieron lo suyo como bravos guerreros sin temor a
sucumbir, pero los extranjeros traían armas mortíferas y eran despiadados. No
les importaba a quien mataban, pueblos enteros fueron poco a poco
desapareciendo y aquellos a quienes les perdonaban la vida eran convertidos en
esclavos y obligados a aprender ese extraño idioma, renunciar a todo en lo que
ellos creían y aceptar ciegamente una religión y un dios diferente.
Al ver la
ambición y codicia de estos extraños por los objetos de oro y las piedras preciosas
el cacique recordó lo que la iguana le había advertido y ante esa terrible situación
por la que estaban pasando. Diriá le ordenó al chamán que escondiera muy bien
la tinaja para mantener asegurada la promesa de la iguana con su pueblo.
Ni lerdo
ni perezoso el sacerdote corrió como el viento, llegó donde estaba custodiada
la tinaja repleta de polvo de oro y, tratando de no ser visto entre tanta
conmoción, se dirigió hacia la montaña para esconderla.
Por
desgracia un soldado atisbó que el chamán se escabullía sigilosamente por entre
los arbustos con un objeto entre sus brazos. Lo siguió a prudente distancia,
manteniéndose oculto, pues el chamán avanzaba unos pasos y se volteaba para
mirar a su alrededor y cerciorarse de que nadie le estuviera siguiendo. Pero un
pequeño ruido lo alertó de que posiblemente no estaba solo; no tendría tiempo
de esconder aquel tesoro en las profundidades de la montaña, así que se
apresuró a llegar hasta la naciente del río Tempisque y no tuvo otra
alternativa que echar en el río todo el polvo de oro de la tinaja.
Conforme
el oro iba saliendo de la tinaja y tocaba el agua del río, inmediatamente se
convertía en simple arena. Asombrado por lo que veía el chamán empezó en un suave
susurro a decir algunas oraciones de agradecimiento a la iguana mágica, pues
era evidente que se trataba de una deidad y debía ser tratada como tal.
Apenas
tuvo el tiempo suficiente para realizar esa acción cuando de pronto al
voltearse para ir a esconder en otro lugar la tinaja, el soldado le sorprendió.
El extranjero miró la orilla del río pero todo le resultó sin novedad alguna.
Acosado por la curiosidad interrogaba al chamán sobre la tinaja, quien con
mucho cuidado la depositó en
el suelo a
su lado.
Fue
imposible que el aborigen le entendiera y entre lo acalorado del interrogatorio
y la expresión molesta del soldado el chamán intentó escapar. Aunque ambos forcejearon
el soldado sacó su espada y atravesó el vientre del chamán, dejándolo mientras
se desangraba sobre la tinaja que para el soldado no tenía ningún valor a pesar
de su extraordinaria belleza.
Lamentablemente
la mayor parte del pueblo, así como el cacique y el chamán murieron tratando de
salvar y proteger su tierra y a su gente. Dicen que hay quienes vieron a una
pequeña iguana blanca posada en las ramas altas de un árbol de guanacaste, que
estaba llorando, pero sus lágrimas eran tan rojas como la sangre que ese día se
había derramado. Esa noche de luto y dolor la luna llena se volvió roja y la
figura que parece verse en su cara es la de la iguana y cada vez que la luna
llena se torna de ese color se dice que la iguana en la luna está llorando la
matanza de tanta gente.
Los años
fueron pasando, las décadas fueron anegando la hidalguía de un valiente pueblo
que, al ser mermado, no tuvo más remedio que doblegarse ante la nueva cultura
impuesta y que poco a poco se fue mezclando entre ritos y tradiciones para dar
paso al mestizaje.
Había una
joven mujer de apenas quince años, llamada Carmela Briseño,
oriunda de Guaitil, de baja estatura, delgada y con rasgos y color de piel
característicos de los antiguos pobladores precolombinos de esa región.
Desde muy
niña le encantaba el trabajo con arcilla y, a pesar de ser tan joven, ya era
toda una experta en la materia y sus artesanías eran muy solicitadas por su belleza
y calidad. Algo que le llenaba de orgullo es que su familia era descendiente de
Cudeg, el reconocido artesano de toda aquella región. De generación en
generación seguían manteniendo viva la tradición de las artesanías y siempre se
contaba la historia de la tinaja mágica y de la iguana blanca.
Como lo
hacía cada vez que necesitaba material para trabajar, Carmela se dirigía a un
lugar muy específico y especial en la montaña para buscar y extraer la arcilla
y continuar con su trabajo, que era la base de su sustento y el de su familia.
Pero al llegar al sitio el material no le pareció lo suficientemente bueno para
extraerlo, así que comenzó a “tantear” en los alrededores para tratar de conseguir
algo mejor y mientras escarbaba un poco por aquí y otro por allá se encontró la
tinaja que con su vida había protegido el chamán. A pesar de notarse que era un
recipiente antiguo y de encontrarse oculto entre el barro y la maleza aún se
conservaba en perfecto estado, no estaba quebrada ni tenía reventaduras, su
hermoso diseño y color estaban intactos y ese extraño tono cristalino de la
arcilla le tenía cautivada, más aún cuando a la luz del sol los ojos de la
iguana parecían brillar.
“¿Será que
he encontrado la tinaja de Cudeg?”, pensó por un momento, recordando la
historia que desde niña le contaban sus padres reiteradamente. Conocía de sus virtudes,
así que se fue de inmediato y la llenó con arena de iguana para ver si se
convertiría en oro; pero no fue así, nada pasó, así que la volvió a vaciar y la
limpió.
Carmela se olvidó
por ese día de su tarea y regresó a su casa con la tinaja. Sus padres y
familiares estaban encantados con aquella belleza e incluso ya estaban pensando
en obtener una sustanciosa ganancia con su venta.
Pero ella,
aunque de buen corazón y amable, también tenía un fuerte carácter y advirtió
que la tinaja era suya y que no iba a permitir que alguien la vendiera. ¡Ay de aquel
que se atreviera a hacer esa tontera!
Por
último, Carmela decidió llevársela para el taller donde trabajaba y
conservarla a su lado. Era época de sequía y el implacable calor mantenía secos
la mayoría de los pozos de la región, incluyendo el que se encontraba junto al
taller; sin embargo, de la noche a la mañana el pozo del taller tenía agua y
hasta la fecha nunca más se volvió a secar.
Carmela se casó,
pero continuó trabajando haciendo artesanías, especialmente tinajas, y siempre
tuvo en su corazón la certeza de que la antigua tinaja era un legado de su familia
y que por alguna razón especial ella fue la elegida para conservarla y
cuidarla. Con el tiempo se llenó de hijos; su esposo era jornalero en fincas y
juntos sacaron adelante a su familia. La vida era dura pero amable, les
permitía vivir, humildemente pero con dignidad.
Los años
tiñeron de canas el cabello de Carmela, quien se convirtió en una
respetable artesana que conocía la historia de sus antepasados y su reputación.
Todos sus hijos aprendieron a trabajar en el taller, pero solo uno de ellos
continuó con la tradición.
Gerardo no
quiso seguir estudiando como el resto de sus hermanos, sino que decidió
continuar en el taller y mantener la historia de Cudeg tan viva como en
aquellos
lejanos
tiempos. Siendo apenas un muchacho de veinte años se casó y tuvo tres hijos, no
quería que se dedicaran a la artesanía, pues había tenido que trabajar muy duro
y su labor no siempre era bien recompensada, así que fue muy estricto con la
educación de sus muchachos y les exigía sacar buenas notas y concluir toda la
escuela y el colegio para que buscaran una profesión más académica y de mejor
oportunidad laboral.
Pero como
él, su hijo menor Luis fue desde niño un chiquillo inquieto y creativo,
apenas salía de la escuela se dirigía al taller, porque quería aprender a
trabajar y hacer objetos de arcilla. Gerardo lo regañaba porque descuidaba sus
estudios y a veces lo amenazaba con darle una leñateada si no se iba para la
casa y hacía sus tareas.
Carmela
tenía días viendo la misma situación entre su hijo y su nieto, pero no quería
meterse a dar opiniones.
Una noche,
mientras dormía, vio en sueños a la iguana blanca sobre el árbol de guanacaste
que le decía: “No dejes que la tinaja caiga en otras manos que no sean
de tu
familia. Debes heredar la tinaja cuanto antes, creo que ya sabes quién llevará
la responsabilidad de cuidarla y mantenerla a salvo. A pesar de contrarias
opiniones,
¡hazlo!”
La anciana
se despertó abruptamente, reinaba la total oscuridad y el silencio; trató de
volver a dormir mas fue inútil. Mientras esperaba el amanecer pensaba de qué manera
iba darle la tinaja a su nieto sin provocar fuertes disgustos entre ellos, sin
contar que por estar actuando en contra de la voluntad de su hijo eso también
traería problemas a la familia en general.
Así que
una noche, mientras cenaban en familia, Carmela miró a Luis,
quien no quitaba su mirada del plato y comía con todo gusto una suculenta olla
de carne. Ella aprovechó el momento y le dijo con cariño:
—Ñatico, ayúdame
mañana a recoger maíz morado, porque quiero hacer mazamorra.
El
muchacho, con la boca llena le respondió:
—Está bien
abuela, ahí me avisa pa’ llevar el saco del maíz.
Nadie más
prestó mucha atención a los planes de la abuela, solo su nuera que le comentó:
—Si querés
te ayudo a desgranarlo en la tarde.
Pero la
anciana, sin ninguna muestra de sus verdaderas intenciones, solo meneó la
cabeza y dijo:
—Entre
Luisito y yo lo podemos hacer, no te preocupés mija.
Gerardo,
su hijo, ni siquiera mostró interés a lo que consideró una trivial conversación
entre mujeres, sabía que Luis era el chineado de su mamá y no era la
primera vez
que le
pedía algún favor.
A la
mañana siguiente abuela y nieto se fueron a recoger maíz pujagua para preparar
la mazamorra. Luis caminaba despreocupado, silbando una tonada que le
gustaba.
A unos
cincuenta metros de la casa Carmela se salió del camino, se introdujo en
el seco matorral y de un viejo y pequeño tronco ahuecado que se encontraba a un
par de metros, extrajo un atado de manta amarrado con manila que se encontraba
cubierto de tierra y de inmediato lo envolvió en su delantal, salió del
matorral y le dijo a su
nieto:
—Sigamos.
Luis se quedó
atónito ante la actitud de la abuela y curioso le preguntó:
—Diay
abuela, ¿qué es eso que lleva en el delantal?
—Nada
ñatico… seguí, seguí.
Continuaron
caminando pero el muchacho no podía quitar los ojos del delantal tratando de
descifrar entre tanto chuíca qué era lo que su abuela escondía con tanto rece
lo. No
habían caminado mucho cuando la mujer se enojó y en tono inquisidor regañó a su
nieto:
—¡Ah
carajo! Seguí caminando muchacho de dios, dejá de estar viendo lo que no te
importa, luego te explico y lo entenderás.
Luis no le
respondió a su abuela, pues de seguro eso equivaldría a un coscorrón y, con
suerte, conociéndola, se lo daría con esa cosa que llevaba escondida; así que
se limitó a caminar y mirar hacia el suelo en total silencio.
Por fin,
al cabo de unos quince minutos, llegaron al lugar donde tenían el maizal, ella
caminó muy adentro del lote y Luis le siguió. De pronto, la anciana se
detuvo, miró a
su nieto y
le dijo:
—Ahora sí
mijito, esto que tengo aquí es lo más valiosos que poseo y te lo voy a heredar
a vos, pero tenés que jurarme que lo cuidarás y protegerás como yo lo he hecho hasta
hoy.
En ese
momento, ella se puso de cuclillas para desplegar su viejo delantal y sacar de
su interior el preciado objeto, su nieto también se puso de cuclillas, mostró
reverencia
y respeto
ante su abuela que nunca le había hablado con tanta solemnidad.
Ella soltó
los nudos de la manila y se la quitó, empezó con cuidado a abrir la terrosa
manta y por fin descubrió su invaluable secreto, la tinaja de la iguana se
mantenía
intacta,
aunque ya sus descoloridas superficies delataban su antigüedad.
Carmela la tomó
entre sus manos y mirando fijamente a su nieto le dijo:
—Luis,
a ti te heredo esta tinaja que cuando niña me encontré; siento que eres la
persona indicada para continuar con su cuidado. Nunca la vendas, ni la prestes,
ella
traerá
bienestar y bendiciones a ti y a los que te rodean; no sé por qué, pero siento
que es la misma tinaja que hizo Cudeg, nuestro antepasado. Si así fuera,
es mágica y tantas veces te he contado la historia que ya no hay más que decir,
solo que desde que la tengo mi vida cambió para bien y deseo lo mismo para ti.
La mujer
extendió sus manos con la tinaja hacia su nieto, a Luis se le llenaron
los ojos de lágrimas por la emoción, pues muy de pequeño la había visto pero
sabía que nadie
podía
tocarla siquiera, extendió sus manos y la tomó con mucho cuidado. En ese mismo
momento los colores de la tinaja parecían recobrar vida, ahí Carmela se
dio cuenta de que había hecho la elección correcta.
Después de
un breve momento de solemnidad Luis se preocupó, porque no sabía ahora
qué hacer con su papá y que esto representaría discusiones entre ellos. Pero su
abuela le dijo:
—Pues
mijito, lo que se hereda no se hurta. Tienes el talento y tarde o temprano tu
tata lo tendrá que aceptar.
Dicho
esto, guardaron la tinaja y recogieron todos los elotes que pudieron, pero curiosamente
el saco estaba completamente lleno y, aunque Luis venía encorvado
por el
peso del maíz, se sentía tan feliz por lo que le había ocurrido que no le
importó llevar semejante carga hasta la casa.
Esta vez a
Luis le tocó hacerse cargo de esconder la tinaja y ayudarle a la abuela
en todo el procedimiento de la mazamorra. Les quedó deliciosa y todos
disfrutaron opíparamente.
A la hora
de irse a la cama el muchacho no dejaba de pensar la manera en que le diría a
su papá que continuaría con el negocio familiar, que él estaba dispuesto a
seguir con la tradición. Cavilando en el asunto se durmió. De pronto, vio en
sus sueños cuando la iguana había sido atacada por un cocodrilo en las orillas
del Tempisque y que había sido mal herida, pero que a duras penas pudo escapar.
III Parte
Luis
A Luis
nadie le habló en el sueño, pero sintió que debía hacer una tinaja tipo incensario
con un diseño especial para demostrarle a su papá que era capaz de ser el mejor
en su trabajo. No iba a utilizar la imagen de un cocodrilo y una iguana, pues
sería muy evidente su relación con la legendaria historia que su abuela contaba
una y otra vez para mantener viva la tradición artesanal.
Utilizaría
la imagen del jaguar, pues era una criatura que él admiraba y con el que se
identificaba. Usaría los colores negro y terracota para pintarla. Representaría
al guardián en que él se había convertido, sería una figura mítica. En vez de
hacer el cuerpo de un solo animal pondría las dos mitades frontales de dos
jaguares unidos por su espalda, de esa manera, sus cabezas en actitud agresiva,
con fauces rugientes, se mantienen con los ojos bien abiertos, vigilando
constantemente, apoyados sobre sus patas delanteras.
El
interior del cuerpo de los míticos jaguares sería hueco pero no cerrado herméticamente,
con el fin de introducirles unos cascabeles de uso ceremonial. En el exterior las
paredes laterales tendrían diseños elegantes con orificios realizados
cuidadosamente para permitir escuchar el sonido de los cascabeles al sacudir suavemente
el incensario.
Sobre la
espalda de los jaguares pondría en el centro un pequeño jarrón con tapa y
discretos agujeros por donde se filtraría el humo del incienso al ser quemado
en su
interior.
Siempre conservando la armonía del color negro y terracota haría en el jarrón
los dibujos del cocodrilo y la iguana, algo simples pero conservando la
sobriedad y elegancia de la pieza. El trabajo más elaborado lo tendría la parte
de los jaguares, pues simbolizan a las nuevas generaciones que llevan sobre sus
espaldas la responsabilidad no solo de mantener vivas sus tradiciones, sino también
el legado precolombino.
Pasaban
los días y Luis cumplía con la rutina diaria en la escuela y luego en la
casa, pero también se dedicó a crear su incensario. Su abuela le había enseñado
desde muy pequeño todas las técnicas que utilizaban sus antepasados, incluso a
trabajar sentado en la tierra, como lo hacía Cudeg.
Buscó en
el corazón de la montaña un tipo de arcilla muy especial que le brindara los
colores negro y terracota. Obtenido el material lo limpió de impurezas y lo
empezó a preparar hasta que quedará en su punto óptimo para empezar su obra. Lo
primero que hizo fue una especie de jarrón pequeño con tapa, a todo su
alrededor de la parte más ancha e hizo una serie de agujeros pequeños para no estropear
los dibujos de la iguana y el cocodrilo.
Teniendo
ya terminado el jarrón, se dispuso a diseñar y crear la base. Tuvo que hacer un
molde para que los dos jaguares quedaran tan parecidos como le fuera posible,
tanto en los dibujos ornamentales como los rostros y patas.
Esperó
varios días para que secaran por completo y comenzar a pulirlos individualmente
hasta quedar satisfecho con la suavidad y brillo de la cerámica. Eran perfectas,
sin irregularidades o defectos, posteriormente continuó con la unión del jarrón
a la espalda de los jaguares, utilizando un poco de la misma arcilla a modo de
pegamento; otro par de días para el secado, pues su mayor preocupación era que
a la hora de meter la pieza
al horno
se reventará la unión y el trabajo se echará a perder.
Comenzó a
darle varias manos de base blanca, pues por lo general a la mayoría de las
piezas de cerámica se les hace eso. Luego aplicó la pintura terracota y negra,
tal y como lo había soñado. Con sus herramientas para hacer diseños en la
arcilla fue resaltando las diversas figuras; volvió a pulir su trabajó con sumo
cuidado.
Al final,
los rostros de los jaguares eran tan feroces que parecían reales, le tomó casi
un mes para terminarla; a veces recordaba los cuentos de su abuela sobre cómo Cudeg
había tardado solo tres días en la creación de la tinaja y entregarla al
chamán, posiblemente era un poco exagerado ya que pertenecían a la tradición
oral de su
pueblo, lo
cierto es que él había terminado su trabajo y era hora de llevarlo al horno.
Temía
pedirle exclusividad del horno a su padre para, al igual que Cudeg,
poder meter solamente su pieza a hornear; consideraba un sacrilegio mezclarla
con las demás piezas fabricadas para la venta a los turistas.
Gerardo
sospechaba que su hijo algo estaba haciendo a hurtadillas, porque durante todo
ese mes se había comportado diferente, así que cualquier cosa inusual confirmaría
sus sospechas y era algo que estaba esperando, solo era cuestión de tiempo, y
tiempo era lo que su padre tenía.
Por fin el
muchacho se armó de valor y mirando hacia el suelo, medio atragantado con su
saliva le pidió prestado el horno. Gerardo fingió estar extrañado con la
petición de Luis y aunque le hizo algunas preguntas para saber la
verdad, el muchacho solo le dijo que confiara en él, era una sorpresa que le
quería regalar. Su padre dejó escapar una tenue sonrisa entre sus labios y
asintió con su cabeza.
—Te lo
presto el domingo después de misa.
El rostro
de Luis se iluminó de alegría, dio las gracias y se retiró a continuar con sus
labores.
El domingo
por la tarde el joven limpió muy bien el interior del viejo horno, lo cargó con
buena leña seca y lo dejó arder por un par de horas, cuando la madera se
consumió e
hizo brasas, colocó la pieza de cerámica y la estuvo vigilando por otras tres
horas.
Al día
siguiente, muy tempranito, Luis se atrevió a sacar la cerámica del horno y la
dejó en un lugar apropiado para que no se dañara, colocó la tapa al jarrón y
consideró que su trabajo estaba completamente terminado.
Tomó su
incensario y se lo entregó a su padre. Gerardo, al principio, pensó que su
madre le había ayudado al muchacho, pues después de revisar el incensario era
mejor que los trabajos que él hacía; su hijo le juró que lo había soñado y
creado él solo y que era una forma de pedirle permiso para que lo dejara
trabajar a su lado. Después de un rato de guardar silencio y estar pensativo
por fin Gerardo accedió.
Luis lo
abrazó, agradeció y juró no defraudarle, pero lo más importante era que su papá
comprendió que era algo que su hijo amaba hacer y que al final de cuentas
“Lo que se
hereda no se hurta”.
Ya han
pasado varios años desde que padre e hijo empezaron a trabajar juntos, el
taller se llama CUDEG, y cuando los visitantes se acercan para observar
los trabajos de cerámica que están a la venta, Luis les comienza a explicar
todo el proceso de la elaboración de artesanías en arcilla; desde la materia
prima traída desde muy lejos en lugares casi inaccesibles, cargando la arcilla
de la misma forma que lo hacían nuestros aborígenes, incluso un pequeño
depósito en el suelo donde tienen la “arena
de iguana”
que le da mejor textura a la cerámica y optimiza su calidad a la hora de
llevarla al horno.
Les da un
pequeño recorrido por el lugar para que conozcan en viejo horno de barro, les
enseña el pozo que nunca se ha secado.
En la
parte exterior de sus artesanías escriben en la base sus nombres para que las
personas sepan que las elaboran juntos y, al final, enseñan un folleto con la
imagen
de la
tinaja precolombina para luego mostrar personalmente la tinaja.
Las
personas salen muy contentas y siempre compran algunos recuerdos del lugar;
piensan que las historias fueron contadas simplemente para vender, pero lo que menos
se imaginan es que más que leyenda La Tinaja de Guaitil realmente
existe y es mágica.
Gerardo, Luis
y todos los que trabajan en el taller, satisfechos con su labor realizada,
guardan celosamente la tinaja de la iguana y el incensario de los jaguares
juntos, como símbolos de una cultura precolombina que entrelaza el pasado y el
presente.
