jueves, 27 de agosto de 2026

Decisiones. [Escrito por Marie Lissette Alvarado; 01/07/2015]

La ansiedad en su pecho parecía asfixiarle, tanto le dolía respirar que sentía que se iba a desmayar, miles de avispas revoloteaban en su estómago, aguijoneándole en todas direcciones, el sudor era tan copioso que descendía por su frente como un torrente y quemaba sus ojos, corriendo el maquillaje, sus pies estaban clavados al suelo, no quería salir, no quería hacerlo, se sentía tan avergonzado de que cada vez que tenía que presentarse ante el público y actuar maldecía ese momento.

Pero no había remedio, se escuchaba al presentador anunciar el acto, la fanfarria ejecutada por la banda circense, los telones se abrían y el grupo de payasos desfilaba con sus torpezas, piruetas y trucos de magia.

Gabriel debía dejar que le arrojaran pasteles en la cara, que le mojaran con agua y por último, que le bajaran los pantalones para dejarlo con unos cucos estampados con graciosas figuritas multicolores y saturadas de encajes.

Debía mantener en su rostro una expresión de sorpresa y una constante sonrisa de oreja a oreja. Mantener cara de idiota, según su criterio.

Odiaba profundamente actuar en el circo; de hecho, odiaba por completo todo lo relacionado al circo, y ser payaso era la peor tortura, lo más humillante que debía soportar, tener que hacer reír a la gente en cada actuación, miles de rostros sin sentido y las burlas de las que era objeto solo despertaban en su interior ira y frustración.

Era parte del equipo, hace varios años sus padres murieron en un terrible accidente; ambos eran reporteros de una prestigiosa revista y en un largo viaje la tragedia llegó, a sus quince años se quedó completamente solo, sus tíos lo estaban cuidando en ese momento, ahora son su única familia, así que se convirtieron en sus tutores legales y junto con sus hijos, eran el equipo de payasos en un modesto circo, y a Gabriel le ha tocado incorporarse a duras penas a esa forma de vida.

Su tía Adelaida, hermana de su madre, es una mujer dulce y tierna; en su corazón solo existe bondad. De baja estatura y regordeta, tiene un rostro característico de esas mamás que siempre están pendientes de todo y de todos.

En cambio, su tío Cirilo es un hombre recio e insensible, para él hacer reír a los demás es solo una forma de ganarse la vida, su apariencia era larga y seca, como el verano, por lo que la contrastante pareja era perfecta para ese tipo de espectáculo. Fuera de escena Cirilo jamás sonreía, no hacía bromas ni aceptaba que se las hicieran. A veces Gabriel pensaba que por sus venas no corría sangre, sino hiel.

Sus seis primos eran una extraña mezcla de los dos, pero no tenía problemas con ninguno de ellos, su único dolor de cabeza era su tío. Siempre le vivía regañando y exigiéndole más que a los demás, nunca estaba conforme con el esfuerzo que él hacía y nada le parecía que estaba bien. Y aunque su tía le consolaba y le prodigaba cariño, todo se convertía en una gota de agua en el desierto ante su mal humorado tío. Y le hacía sufrir aún más cada vez que se le ocurría inventar un truco nuevo o alguna actuación tonta para variar su número, Gabriel comenzó a discutir cada vez más seguido con su tío y, como de costumbre, por ser un adolescente, llevaba las de perder.

Solo que esta vez tanta humillación e insultos por parte de su tío lo llevaron a gritar un “¡Basta!” Su tío alargó su seca y huesuda mano y, como un destello, le propinó una  estruendosa bofetada que le envió al suelo, de inmediato le señaló con el índice y con rostro inquisidor le dijo:

—¿Cómo te atreves, mal agradecido? Si no fuera por nosotros estarías en un orfelinato, ya eres un hombre, ¿quién te adoptaría? Y aquí no tienes privilegios, fuiste hijo único, pero ahora tienes que ganar lo que te comes y, te guste o no, seguirás siendo un payaso por el resto de tu vida.

Mientras yacía en el suelo se apoyaba sobre sus puños y los miraba fijamente, enterrándolos con rabia y pensando en que esa sería la última vez que su tío lo trataba de esa manera, en la primera oportunidad que se le presentara, se escaparía, no importaba el rumbo ni el lugar; a donde se dirigiera sería mucho mejor que estar un instante más con él.

Y así lo hizo, comenzó desde ese mismo incidente a planear con cuidado su huida, sabía que el circo debía tomar el tren que los llevaría al siguiente pueblo, le tocaba limpiar y darle de comer a los animales, en un descuido de su familia se lanzaría del tren en marcha, para que de esa manera no lo pudieran buscar. Continuó con indiferencia soportando los siguientes días, se presentó con su familia como de costumbre, realizó sus deberes sin levantar sospecha, no llevaría equipaje, eso pondría en riesgo sus planes. Merodeaba entre los demás empleados para darse una idea de la ruta que se seguiría y qué alternativas tendría para tomar cualquier otra dirección con tal de no volver a toparse con el circo. Fue así como descubrió que había otro pueblo mucho antes de su siguiente parada, que por ser tan pequeño, no se consideró que se obtendría suficientes ganancias presentándose allí. Sería el lugar ideal, pequeño y tranquilo, perfecto para un joven con deseos de trabajar en cualquier cosa que no tuviera relación con el espectáculo, ahí es donde se encuentra la oportunidad para ser libre.

A la semana siguiente el circo abordó el tren como estaba previsto, el itinerario no tenía cambios, así que sus planes seguían también su curso. Emprendieron el viaje después de las 4 de la tarde, llegarían a su destino alrededor de las 8 de la mañana del siguiente día. Se escuchó  un silbato, luego un grito: “Todos a bordo”, y de inmediato el pito del tren anunció su demoledor avance, lento como un perezoso gigante, pero poco a poco la locomotora marcaba su mecánico ritmo cada vez yendo más rápido, al punto de que el paisaje ya no se podía apreciar.

A Gabriel le tocaba, junto con otros empleados, cuidar que los animales se mantuvieran tranquilos y abastecer todas sus necesidades para que viajaran confortablemente, lo que le permitiría estar alejado de su tío que se encontraba en otro vagón atendiendo sus deberes. Se ofreció a cuidar los animales más grandes, pues estaban en los dos últimos vagones, tenía planeado en cualquier momento saltar desde allí. Toda esa sección del tren se mantenía con tan solo una lámpara en cada vagón, así que la visibilidad era poca. Afuera, la intensa oscuridad de la noche se lo tragaba todo, el frío penetraba hasta los huesos y el gélido aire que se colaba entre la madera de los vagones hacía que cada movimiento se convirtiera en una verdadera proeza.

Decidir el momento apropiado para escapar era casi imposible, dos hombres más estaban también encargados de los animales y le hacían compañía, su angustia aumentaba y le era muy difícil mantenerse tranquilo, sabía que si el tren sobrepasaba el puente ya no podría realizar sus planes. No podía arriesgarse a lanzarse al río, pues era muy profundo y ancho, en aquella oscuridad era imposible saber qué le recibiría en las gélidas y turbulentas aguas; además, los parales de metal a los lados de los rieles serían una guillotina en aquella oscuridad, así que lanzarse en el momento en que el tren estaba en el puente no era opción. Solo sabía que antes de comenzar a cruzarlo el tren bajaría un poco la velocidad; o aprovechaba ese momento o se olvidaba de rehacer su vida en un mejor lugar.

Esto y cientos de pensamientos más revoloteaban por la mente de Gabriel. De pronto y cerca de la media noche sus compañeros le preguntaron si podían ir a comer y dejarlo solo por un rato. Fueron las mejores palabras que pudo escuchar, su corazón dio un salto de alegría, pero se mantuvo indiferente y despreocupado, simplemente

—Por supuesto, no se preocupen, todo estará bien, buen provecho.

Ambos compañeros se dirigieron a los vagones delanteros, el último se volteó y preguntó:

—¿Estás seguro de que no te molesta quedarte solo un

rato? Podemos traerte algo si deseas.

Gabriel les respondió:

—Vayan y despreocúpense, yo estaré bien.

Los hombres se retiraron, ahora solo debía esperar que no regresaran antes de que él encontrara la oportunidad para saltar.
Pasaron tal vez 20 minutos, para Gabriel fue una eternidad, de pronto sintió que el tren empezaba a reducir su velocidad, se acercaba el momento, abrió la pesada puerta corrediza del lado del vagón, era imposible saber qué había allá afuera, el miedo le nubló los sentidos y no podía lanzarse, de pronto, escuchó a lo lejos las voces de los hombres que estaban regresando, ya no podía posponerlo más y un instintivo impulso le lanzó hacia afuera sin pensar en las consecuencias.

La oscuridad le engulló, solo acató a tratar de protegerse la cabeza, pero sus pies no soportaron el impacto y su cuerpo se doblegó ante la fuerza que aún le impulsaba del bucéfalo mecánico, empezó a rodar, sufrió severos golpes en todo su cuerpo, especialmente en la cabeza y su rostro, quedando inconsciente de inmediato.

Cuando por fin la luz del día cubrió todo a su alrededor y el calor del sol le hizo sentirse vivo, el canto de las aves le anunciaron que debía despertar. Intentó abrir sus ojos ,pero solo el derecho le respondió, el lado izquierdo de su rostro incluyendo la nariz, posiblemente fracturada, estaba muy hinchado y sangraba; todas sus extremidades se encontraban con heridas, golpes y raspones. Fue muy doloroso ponerse de pie, se sentía mareado y con un terrible dolor de cabeza, miró con escalofríos lo cerca que estuvo de caer al fondo del río y las enormes piedras que le habrían recibido de haber sido así. Trató de ubicarse según sus planes y empezó a caminar lentamente de regreso junto a la línea del tren, no le preocupaba si le vendrían a buscar, conociendo a su tío sabía muy bien que eso no ocurriría. Nunca lo aceptó, nunca lo quiso; tuvo que aceptarlo por la tía Adelaida, pero para Cirilo, Gabriel era otra boca que alimentar y por ser hijo único lo consideraba un inútil y un estorbo.

Después de varias horas de caminata se desvió en un punto, dirigiéndose al pequeño pueblo, caminó todo el día entre maleza, lodo y piedras, y ya casi rendido y con el insoportable dolor que le atormentaba divisó lo que le pareció un granero, fue acercándose con cautela, se  introdujo y en el primer rinconcito seco que encontró se acurrucó, tenía hambre, sed, frío. Realmente se sentía muy mal, pero el cansancio pudo más que todo lo demás y se quedó profundamente dormido.

A la mañana siguiente sintió cómo entre varios le levantaban con cuidado, escuchaba voces, especialmente la de un hombre que daba órdenes e indicaba su pronto traslado y pedía su maletín. Su cabeza ardía en fiebre, pero sentía mucho frío en el resto de su cuerpo, fue prontamente atendido, se le aseó, curaron sus heridas y se le aplicaron tratamientos médicos. Luego de tres días inconsciente, por fin despertó, estaba débil y muy adolorido, pero la fiebre había desaparecido. Se encontraba en una modesta habitación, en una cama limpia y bien abrigado, junto a esta una mesita donde había diversos frascos con medicamentos y una bandeja con utensilios médicos. Una gruesa mujer de color estaba limpiando la habitación y cuando lo miró despierto lo recibió con una dulce sonrisa y le dijo:

—Por fin mi niño despertó, voy a llamar al doctor.

Salió de prisa y la escuchó llamar al patrón, casi de inmediato un hombre muy alto, delgado, con cabello gris y bien vestido entró, se acercó a la cama, le examinó y le preguntó si podía decirle cómo se sentía. Gabriel sintió que su nariz estaba fracturada y que tenía puntadas en su ceja y pómulo izquierdo, el resto del cuerpo no sufrió fracturas pero sí tenía heridas que ameritaron atención inmediata. Solo respondió:

—Todo me duele y tengo sed.

El doctor le dio de beber agua que tenía servida en un vaso, utilizando una pajilla, posó suavemente su mano sobre el hombro del chico y le dijo:

—Deberás de estar en reposo por algunos días, cualquier cosa que necesites Ramona te atenderá, ella estará por aquí de vez en cuando para cuidarte, yo regresaré en la tarde para revisarte, por ahora, vuelve a dormir.
Y así lo hizo, durmió todo el día y en los siguientes días gran parte del tiempo se la pasó durmiendo.

Después de una semana de atenciones, por fin se incorporó, el doctor revisó las heridas, eliminó los hilos y le siguió administrando medicamentos, comenzó por sí mismo a alimentarse y, luego de un par de días, se volvió a poner de pie y a vestirse con ropa que le dejaron en la habitación. Ramona fue su bastión, le cuidó como si fuera su hijo y a veces le cantaba canciones de su lejana tierra natal. También le explicó que se encontraba en la clínica del doctor, la única del pueblo, que quien le encontró fue un empleado suyo que se encarga de los animales del establo. Don Felipe Arguráz era uno de los hombres más importantes del lugar, su familia había sido fundadora del pueblo, habían llegado en barco desde el otro lado del mar, habían traído a la familia de Ramona como esclavos, pero cuando don Felipe nació, siempre fue un niño muy especial y cuando creció y se convirtió en doctor, asumió la administración de los bienes familiares y cambió muchas cosas por completo.
Estableció que la familia de Ramona ya no sería tratada como esclavos, serían considerados como empleados. Por supuesto, por el enorme cariño que siempre le han tenido, casi todos ellos se quedaron a su servicio, y a pesar de ser dueño de algunos comercios y terrenos, era una persona humilde, amable y generosa, le gustaba ayudar a los demás, por eso se convirtió en doctor. Estaba casado, pero su mayor sufrimiento era que su único hijo tenía una extraña enfermedad que le estaba matando. Don Felipe sabía que no había cura y que no llegaría a etapa adulta; esto conmovió a Gabriel, pues recordó la muerte de sus padres y lo solo e indefenso que aún se sentía.

Ramona era buena para extraer información con preguntas sencillas e inocentes. Pero cuando trataba de saber la procedencia del chico y de cómo había llegado hasta ese lugar, Gabriel solo bajaba la mirada y guardaba silencio.

Solo cuando el doctor llegó como de rutina a examinarlo y a conversar con él, le dijo que le pagaría con trabajo todas las atenciones que le brindaron, el sereno rostro de don Felipe mostró admiración, sonrió y le dijo que estaba bien. Por fin Gabriel era capaz de desempeñarse por sí mismo, así que una mañana muy temprano Ramona le indicó que le acompañara, le llevó a la cocina para que desayunara como todos los demás y le preguntó qué sabía hacer para que empezara bajo la tutela de alguno de los empleados. El chico introdujo sus manos en los bolsillos, levantó sus hombros escondiendo su cabeza y respondió casi que en el oído de la mujer:

—Soy payaso de circo, no conozco otra cosa.
La mujer se quedó unos segundos como petrificada ante esa inesperada respuesta, Gabriel pensó que sería motivo de burla no solo por el resto del día, sino por el resto de su estancia en aquel lugar; pero no fue así, nadie mostró ni la más tenue mueca o soslayó una débil sonrisa a modo de burla. En su lugar y con ese instinto materno que caracterizaba a Ramona puso sus manos sobre sus hombros y le dijo con dulzura:
—Descuida, sé con quién vas a trabajar.
Entonces llamó al más veterano de los empleados y se lo encomendó. Era un hombre de piel tan oscura como aquella fatídica noche de su fuga, cuerpo robusto y curtido por los años, con su ensortijado cabello tan negro como su piel. Solo las profundas marcas del tiempo delataban su avanzada edad. Era alguien de pocas palabras, pero lo poco que hablaba, era amable y educado; se lo llevó al establo y le enseñó cómo debía cuidar a los animales, algo relativamente fácil para Gabriel, por sus labores es el circo. Debía limpiar el lugar, alimentar y cepillar la piel de unos caballos. Luego se le enseñó a trabajar en el granero, se le dio una pequeña pero acogedora habitación en una tranquila casa destinada para los empleados al lado de la casa principal. Poco a poco fue aprendiendo a ser independiente. Se llevaba bien con el resto de los empleados y trataba de dar lo mejor de sí en 
su trabajo. Mientras hacía esto, vio como el doctor salía apresuradamente hacia la ciudad y regresaría en una semana. Traía consigo un pesado equipaje con cajas llenas de medicamentos y equipo sofisticado, tal vez para su clínica, tal vez para su hijo.

Conoció a la señora, que también era muy amable y educada. Todos le tenían mucho respeto y cariño, pero casi nunca salía de la casa y Ramona era su brazo derecho. A veces, aún a altas horas de la noche, empleadas entraban y empleadas salían de la casa, en algunas ocasiones escuchaba que el señorito había pasado una crisis de salud y que ambos padres no se habían apartado de él ni por un instante, posiblemente se había agotado el tratamiento y don Felipe salía a conseguir más.

Gabriel nunca se atrevió a preguntar cómo era el señorito, ni su nombre, lo consideraba una falta de respeto y los señores habían sido muy buenos con él, no quería parecer indiscreto.

Una tibia mañana de verano, mientras Gabriel estaba en la entrada del granero, observó que había un jovencito sentado en una silla frente a una de las ventanas del segundo piso de la casa principal; miraba fijamente un viejo y frondoso roble al lado de la casa cuyas ramas casi podía tocar desde la ventana, parecía que lo que miraba, era un pequeño juguete que estaba atorado. Se fue acercando al árbol hasta que quedó debajo de la ventana, el muchacho le miró pero no le habló. Gabriel le dijo:

—Trataré de alcanzarlo.

Y en un abrir y cerrar de ojos, comenzó hábilmente a trepar y alcanzó el juguete, observó si era seguro acercarse a la ventana utilizando las ramas y, como un gato, logró desplazarse hasta el marco y se introdujo a la habitación, entregó victorioso el juguete y se presentó:

—Hola, soy Gabriel Guiviangi, trabajo para ustedes.

El muchacho lo miraba muy asustado no solo por la proeza que había presenciado, sino porque tenía a un extraño a su lado. Se quedó por un instante pensativo y con dificultad para respirar respondió:

—Yo soy Carlos Felipe Arguráz.

Gabriel lo miró con asombro, pues cuando escuchaba que se referían al hijo del doctor siempre decían el señorito, se imaginaba a un pequeño de escasos años no a un muchacho como de su edad.

—No debes estar aquí, dijo Carlos Felipe, a papá le preocupa que mi salud desmejore aún más.

Ahora comprendía el por qué se le mantenía tan aislado, su condición de salud era tan precaria que sus padres temían que se complicara.
Así que de inmediato se trepó al marco de la ventana y se pasó al árbol, entonces Carlos débilmente le dijo.

—Pero creo que de vez en cuando me gustaría que vinieras y que hablemos, no creo que eso me haga daño.

¿No crees?

La avidez por tener con quien conversar y aún más siendo otro chico de su edad era muy evidente, Gabriel gentilmente sonrió y le respondió que estaba de acuerdo y que cada vez que lo viera por la ventana y tuviera tiempo con mucho gusto le visitaría. El rostro de Carlos se iluminó y se despidieron.

De ahí en adelante nació una fuerte amistad, Gabriel encontró a un chico de menor edad solo por unos meses, pero con una amplia educación, aún para su corta edad, conversaban de la tragedia que cada uno vivía, de lo que tuvo que aprender en el circo, de cómo llegó hasta su casa y de lo agradecido que estaba con su familia por haberle salvado, brindado un empleo y un lugar donde vivir.

Carlos le explicó que su mal era muy extraño y lo heredó de alguno de sus parientes, que sabía que no llegaría más allá de los quince años y que como solo le faltaban unos meses para cumplirlos su padre luchaba desesperadamente por encontrar una cura o un tratamiento más efectivo que le permitiera vivir más y llevar una vida más normal. Que desde que nació solo ha conocido su casa, hospitales, medicinas y doctores; que sentía envidia por todo lo que Gabriel a sus quince años ya había vivido, de las habilidades que tenía y de los muchos lugares que conocía. En cambio él nunca podrá visitar un circo, y a pesar de que lo podría tener todo, es esclavo y prisionero de su cuerpo, no sabe lo que es reír o sentirse feliz, no sabe lo que es compartir con los demás, correr o jugar como cualquier persona de su edad.

Entre más conversaban y compartían con confianza sus puntos de vista y experiencias, Gabriel comenzó a compadecerse de Carlos Felipe, de lo irónica y cruel que es la vida. Con unos más que con otros, que no importa tu condición económica, física o nivel social, si la desgracia llega a tu vida a veces es para quedarse y marcarte hasta el final de tus días.

Mientras más compartían el tiempo se pasaba volando, Gabriel le contaba acerca de los espectáculos en el circo, de cómo las bestias eran entrenadas y tenían que realizar de manera repetitiva un acto hasta que salga perfecto y aun así se debe seguir entrenándolos. De cómo los acróbatas se ejercitan arduamente para mantenerse flexibles, fuertes y hábiles pues su vida depende de ello y la confianza entre los del equipo les convierte en una máquina que funciona con sincronía perfecta. Y los que practican malabares, son increíblemente rápidos y versátiles, pues logran desarrollar una profunda concentración en lo que hacen, aunque hagan varias cosas a la vez. Su familia tenía que sentarse con papel y lápiz para crear nuevos números que fueran originales y graciosos, luego comenzar con los ensayos hasta perfeccionarlos, trabajar en el vestuario y el maquillaje, aprender tus entradas y salidas del escenario para que todo fluya con naturalidad. No importa el tipo de número que se realice, todos deben dar la impresión de que realizarlos es muy fácil, aunque en realidad se vive bajo mucha tensión.

Mientras él contaba acerca del trabajo circense y de los cientos de lugares que se conocen y los miles de personas que llegan a verlos, Carlos Felipe estaba como absorto, su mirada permanecía fija en su nuevo amigo, sus pupilas brillaban con cada historia, era como si viviera en su mente todas aquellas experiencias. Entonces le interrumpió con nostalgia.

—Cómo desearía tener una vida como la tuya, compartir con animales exóticos, personas con increíbles habilidades conocer tantos lugares y viajar sin cesar.

Gabriel no daba crédito a lo que escuchaba. ¿Cómo alguien que lo tiene todo desearía una vida tan simple y restringida de muchos placeres, o de una vida normal y

familiar?

Pero Carlos con voz apagada le respondía.

—Es probable que yo tenga acceso a muchas cosas y que mis padres estén pendientes de mí, pero es porque no tengo una vida, dependo de ellos y de otras personas, estoy confinado la mayor parte del tiempo a estas cuatro paredes, no puedo compartir con chicos de mi edad, no puedo salir a jugar, ni tengo amigos con quien conversar.
Solo estoy vivo por los dolorosos y molestos tratamientos y los cientos de medicamentos que debo consumir, si mis padres no me los suministran moriría en poco tiempo; y aun así, sé que no tengo mucho tiempo de vida, que pronto moriré.

Su voz se fue apagando aún más, su mirada volvió a quedar vacía, su cabeza perdió fuerza y al igual que sus ojos se enfocaron hacia el suelo para ocultar sus deseos de llorar se fue consumiendo entre sus endebles hombros y se perdió en su soledad. Gabriel se incomodó con la situación y no supo que decir. Así que, después de algunos segundos de silencio total, retomó la palabra y se despidió tratando de aparentar que nada había pasado, alegando que tenía que volver a trabajar antes de recibir una buena reprimenda.

 Se despidieron brevemente y con su usual habilidad Gabriel paso de la ventana al árbol, llegando nuevamente a tierra, donde fue sorprendido nada menos que por el doctor. Este, al sospechar lo que estaba ocurriendo, cambió la actitud amable y pasiva con la que siempre se le conoció. Acorraló al chico con cientos de preguntas inquisidoras acerca de sus actividades en horas laborales. Cada palabra del doctor era como recibir miles de puñaladas en su pecho y en su mente, le tachó de desconsiderado e irresponsable al acercarse a su hijo que está tan enfermo e indefenso. Que si su salud se complicaba le haría responsable por ello, ¿cómo era posible que pagara de esa manera toda la ayuda que se le había brindado y el cariño con que se le recibió y curó?

Para Gabriel eso fue demasiado; le había tomado cariño a su benefactor y familia, no podía soportar que se le considerara un mal agradecido y un desconsiderado irresponsable, solo pudo dar media vuelta y empezar a correr más allá de las afueras del pueblo. Se refugió en una colina cercana y avergonzado comenzó a llorar. No se sentía con el valor para volver y pedir disculpas, el doctor estaba tan alterado con lo ocurrido, que creyó que jamás le perdonaría y con el dolor en su alma tendría que alejarse y volver a empezar de nuevo.

El débil muchacho observó y escuchó desde su ventana toda la desagradable escena que su padre había protagonizado y de cómo Gabriel había quedado indefenso ante tales acusaciones.

Consideró que su padre había juzgado y actuado injustificadamente, Gabriel era su único amigo, solo le había traído buenas intenciones, compartía sus experiencias con él y con ademanes le explicaba cómo eran los actos que se realizaban en cada presentación, menos las actuaciones de los payasos. Gabriel nunca le quiso confesar que él era uno de esos, pues su vergüenza y orgullo eran más grandes que su amistad, consideró que no era necesario hacerlo reír con sus payasadas. Carlos Felipe quiso entonces desde su enclaustro abogar por Gabriel, pero no fue escuchado, eso lo agitó y alteró tanto que se desvaneció en su silla de ruedas, afortunadamente Ramona llegó en ese preciso momento, como ángel guardián, y al darse cuenta de lo que ocurría comenzó a viva voz a pedir ayuda y a clamar por su patrón.

Por supuesto, la primera persona que acudió ante sus gritos de angustia y terror fue la madre de Carlos, quien entre suplicas y llanto trataba de que su hijo reaccionara y recuperara la conciencia, pero nada de lo que hacía surtía efecto. Se le avisó al enardecido padre de que su presencia en la habitación de su hijo era urgente, entró como loco a la casa, tomó su maletín con los medicamentos y subió por las escalinatas tan veloz como pudo, sudaba frío y respiraba agitadamente, especialmente cuando al pararse en el marco de la puerta vio el rosto de su hijo, pálido y sin vida; los brazos de su madre lo rodeaban y se aferraban a él en un desesperante intento por no dejarle morir. De inmediato el doctor tomó la situación en sus manos y después de un rato, logró estabilizar a su hijo y con sumo cuidado le llevó a la cama para continuar atendiéndole asistido en todo momento por las dos mujeres.

Para entonces Gabriel ya se había retirado y se había dirigido a la colina, fue lo único que se le ocurrió en ese momento, huir. Nunca escuchó el clamor de Ramona, ni se enteró de la crítica situación en que cayó su amigo.
Él solo quería ayudar, quería brindarle a tan desdichado chico su sincera amistad, alguien con quien hablar que fuera de su edad, que comprendiera sus deseos e inquietudes, con gustos similares. Esa noche la pasó a la intemperie, miraba desde lejos las luces de la casa, luego elevaba su mirada al cielo y acompañado por las estrellas, solo se preguntaba por qué le ocurría a él todas esas desgracias. Su padres siempre le decían lo mucho que le amaban, que era una persona muy especial pues había nacido en el primer mes que iniciaba el siglo XX, que tanto él como su nacimiento, eran parte de una nueva historia, del inicio de un momento histórico para toda la humanidad, la entrada a un nuevo siglo.

Consideraba que antes de aquel fatídico momento se le había dado una buena educación, alguien que se le podía considerar de buena crianza y capaz de trabajar duro para superarse. Pero tal parece que no importaba todo eso, ni la educación ni la crianza valen cuando la  vida se empecina a darte golpe tras golpe sin misericordia como si tratara de destruirte; y tanto él como Carlos Felipe eran víctimas de las malas jugadas del destino.

Así pasó cavilando hasta que el sueño le venció. Mientras tanto, en la casa, las cosas no mejoraban, todos estaban en vigilia preocupados por el señorito, hora tras hora, el frágil cuerpo del muchacho se debilitaba cada vez más, esta vez parecía que no respondía favorablemente a los medicamentos ni a los tratamientos.

De pronto, antes del amanecer, Carlos Felipe abrió los ojos, su cuerpo estaba bañado en sudor y su lánguida voz apenas era perceptible, sus palabras salían forzadamente por su garganta, tan suave como un susurro. Solo pedía con insistencia una cosa, ver a su amigo Gabriel. Sus padres trataron de explicarle que había huido y que no sabían dónde estaba, pero tan desgarradora fue su súplica que de inmediato se movilizó toda una cuadrilla en subúsqueda.

Rayaban los primeros rayos del Sol, lo que facilitaría buscar a Gabriel; se recorrió todo el sector por donde se le vio correr, gritaban su nombre y a la vez le decían que el señorito le necesita urgentemente. Afortunadamente no había trascurrido mucho tiempo cuando el joven escuchó que pronunciaban su nombre, eso lo despertó de forma abrupta, tuvo intenciones de continuar con su huida, pero al saber que su amigo lo necesitaba con urgencia, decidió correr el riesgo, regresaría a la casa pues presentía que algo no estaba bien. Se puso de pie para que los trabajadores lo encontraran y le llevaran tan pronto como fuera posible.

Al llegar a la casa miró a todos, que se quedaron en silencio, subió por las gradas velozmente y al llegar a la habitación se quedó unos instantes en la puerta. La madre de Carlos estaba sentada en la cama, del lado de la cabecera, su espalda se apoyaba contra el respaldar y en sus regazos estaba la cabeza de su moribundo amigo, una mujer cuyo coraje e instinto le enseñó a pelear contra la enfermedad desde que su retoño vio la luz hace quince años, y ahora estaba perdiendo la batalla contra la muerte, su cansado rostro reflejaba el amor y la ternura de una madre acompañada por el dolor y la resignación de perder lo que más ha amado en este mundo; a los pies de la cama don Felipe estaba sentado, con su mirada clavada en el piso, su cabeza permanecía hundida entre sus manos, agobiado por no poder hacer nada para mejorar la salud de su pequeño.

Carlos logró ver a Gabriel, su mirada se llenó de luz y con dificultad extendió su blanquecina mano pidiéndole que se acercara, que le volviera a contar acerca del Circo y de los actos que realizaba junto con su familia. La mente de Gabriel trabajó rápido, solo le dijo a su amigo:

—No te muevas, que ya regreso.

Hecha por Copilot.

Salió como un relámpago de la habitación, encontró a Ramona y le pidió un montón de cosas que para nadie tenían sentido, incluso maquillaje y lo más importante, ella tendría que ayudarlo y seguirle la corriente. Al principio la rústica e iletrada mujer solo repetía una y otra vez frases religiosas acompañadas de “muchacho loco, atarantao, ya estoy vieja pa’ ponerme a hacer tonteras”, y otras más. Pero en ningún momento dejó de ayudar a Gabriel, tanto a maquillarse como a disfrazarse con todos los chuicas raros que le pidió. Los demás empleados le consiguieron pequeñas pelotas de colores, juguetes, una bicicleta vieja con solo la llanta trasera, aros y todo lo que se les ocurría.

En un abrir y cerrar de ojos Gabriel montó todo un espectáculo circense dentro de la habitación de Carlos Felipe, realizó todo tipo de actos acrobáticos, realizó malabarismo con los juguetes, logró utilizar el pedazo de bicicleta como si fuera un monociclo, Ramona le lanzó cosas como en los actos cómicos que realizaba junto con su familia. Trajeron el fonógrafo de la sala principal y lo pusieron a funcionar para que le brindara música de fondo y el espectáculo fuera aún más real. Nadie lo podía creer, Carlos Felipe estaba inyectado de vida y energía,  nunca había visto tanto despliegue de habilidad y destreza, y la gracia con que actuó Gabriel hacía reír a todo el que lo miraba. El enfermo tenía el rostro más feliz del mundo, su sonrisa iluminaba el rostro de sus padres y sus aplausos eran música para sus oídos. Cuando todo terminó, el señorito volvió a apoyarse en los regazos de su madre y le dijo:

—Mamá, estoy feliz, realmente me siento muy feliz, es la primera vez que me siento vivo.

Su madre lo abrazó y besó su frente, notó que estaba muy frío, Gabriel se acercó y se arrodilló junto a la cama alentando a su amigo a recuperarse pues él le prepararía muchos trucos más, que no sería necesario que anhelara ir a un circo, él le brindaría toda la diversión y hasta sería capaz de convencer a su familia para que trajeran parte del espectáculo hasta su casa.
Carlos, luego de escucharlo con entusiasmo, aceptó y, luego de darle las gracias por tan especiales momentos solo dijo:

—Estoy cansado, quiero dormir.

—Por supuesto, mañana vendré a visitarte —dijo Gabriel.

Lo que nadie imaginó fue que en el momento en que Carlos Felipe cerró los ojos, nunca más los volvería a abrir, su corazón no soportó más. Gabriel no había terminado de salir de la casa, cuando la noticia invadió el aire. Los gritos y llantos llenaron la casa, de inmediato se devolvió hacia la habitación, aterrado; no lo podía creer, acababa de hablar con él, se veía tan feliz. Casi en la entrada de la puerta Ramona lo atajó, le abrazó con descomunal fuerza, no le dejó entrar para corroborar lo sucedido a pesar de las súplicas del muchacho. Gabriel empezó a llorar como un niño, hizo berrinche y gritó con desesperación el nombre de Carlos Felipe, pero todo era en vano, solo pudo ver a los padres abrazados y llorando uno sobre el hombro del otro y el cuerpo de Carlos Felipe cubierto por completo con una sábana que yacía sobre la cama.

Se llevaron a Gabriel para la cocina pues no paraba de llorar, decía que de seguro por haberlo hecho reír sin querer lo mató. Le prepararon un té para calmarlo, cuando la señora se dio cuenta de lo que ocurría, llegó a la cocina donde estaba el chico, se acercó y le abrazó, ambos lloraron largamente, Gabriel no dejaba de pedirle perdón, pero la señora le explicó que no tenía que sentirse culpable de algo que ellos sabían que iba a pasar y que si le mandaron a traer fue porque su tiempo se terminaba y ya fuera que estuviera él en ese momento o no, Carlos Felipe no viviría un día más. Desde que nació ya estaba marcado el fin de su vida. La intromisión de Gabriel trajo vida y alegría, eso fue el mayor tesoro que le pudo dar a su hijo.

Después de desahogarse y de que el té comenzó a surtir efecto, Gabriel se quedó profundamente dormido en una de las habitaciones de la casa. Al día siguiente, Ramona le despertó y le consiguió ropa para que acompañara a la familia al funeral. Sin responder, solo se levantó e hizo lo que se le pidió. El funeral estuvo muy concurrido, don Felipe le pidió que estuviera junto a ellos en todo momento, Gabriel seguía sin pronunciar palabra, solo obedecía. Se le tuvo en la casa, como unas dos semanas.

El rostro del chico se mantenía meditabundo, hasta que resolvió pedir permiso para conversar con don Felipe. Éste le respondió que con mucho gusto le atendería, pero que quería que salieran a caminar mientras conversaban, que a ambos les caería bien el aire fresco.
En efecto, el día estaba claro y fresco, el cielo se mantenía con un hermoso tono celeste y la brisa era suave.

Gabriel trató de la forma más respetuosa y educada posible no solo de agradecerles al doctor y a su familia todo lo que habían hecho por él, pero que consideraba, después de mucho pensarlo, que era el momento de regresar al circo y reincorporarse a este y a su familia. El doctor le miró en silencio y luego de unos instantes le dijo que esperara un poco y lo volviera a pensar; porque él y su esposa querían que se quedara con ellos, querían darle todo lo que a Carlos Felipe le habría gustado que disfrutara, querían tratarlo como a un hijo y que si le parecía, lo querían adoptar, enviarlo a una buena universidad y convertirlo en su heredero.

La oferta era muy tentadora; es más, cualquiera habría aceptado sin pensarlo siquiera, pero no Gabriel. Llegó a la conclusión de que al lado de su familia es donde debía estar. Que al circo llegan muchas personas con el alma sedienta de vida como lo estaba Carlos, buscando un rato de alegría y diversión jamás pensó que él tenía habilidad para hacer eso, y a la vez encontrar sentido en su vida. Había logrado algo bueno y positivo en la vida de alguien que a la vez marcó la suya.

El doctor insistió en que se quedara, pero Gabriel, le miró a los ojos, movió su cabeza en señal de negación y le dijo que estaba muy agradecido por su oferta, pero que ya estaba decidido y que quería ir a buscar a los suyos. No insistió más y dijo:

—Hay decisiones en la vida que son trascendentales, ya sean para bien o para mal, pueden afectarte solo a ti, como pueden afectar también a los que te rodean, marcarán lo que serás y lo que tendrás a futuro, marcarán tu destino. Si así lo quieres, así será, porque nadie más que tú conoce tus razones.

Puso su mano sobre el hombro de Gabriel y le propuso entonces ayudarle a encontrar a su familia. El chico sonrió y aceptó.

El circo estaba bastante lejos, se había presentado en varios pueblos y estaban por concluir su travesía y llegar a su punto de origen para preparar la gira de la próxima temporada, abastecerse de materiales y brindar una adecuada atención a todos los animales. Gabriel sabía llegar a ese lugar, así que el doctor se dirigió en su vehículo hacia allá, en ningún momento tocaron el tema, tuvieron que viajar por casi una semana y, a pesar de las comodidades, el viaje fue agotador. Cuando por fin lo encontraron estaban precisamente descargando todo el equipo, así que había mucha actividad.

Gabriel preguntó a sus viejos amigos dónde estaba su familia y luego de los cordiales saludos le dieron las indicaciones. Los vio ocupados con las cosas del trabajo, lentamente empezó a acercarse, la primera que lo vio fue su querida tía Adelaida y ante la expresión de asombro y de inmensa alegría el resto del clan se dio cuenta de su llegada. Su tía lo abrazaba y se lo comía a besos, contándole lo preocupada que se había mantenido por él; sus primos le recibieron con cariño. Pero de pronto, su tío Cirilo hizo acto de presencia, se acercó silencioso y mirándole fijamente le preguntó:

—¿Vienes de visita, o has decidido quedarte?

A lo que Gabriel respondió:

—He decidido quedarme tío, quiero continuar con la familia, necesitaba comprender algunas cosas, ahora me siento más seguro. 
Su tío por primera vez sonrió, le abrazó y le dijo:

—Me alegro.

La misión del doctor había concluido y, aunque fue invitado a comer con ellos, prefirió ponerse de regreso de inmediato, no sin antes recordarle a Gabriel que no importa lo que decidiera ser en la vida, se debe alcanzar dos metas: una es hacer el bien y la otra es que, hagas lo que hagas, debes tratar de ser el mejor. Esas palabras acompañaron a Gabriel por el resto de su vida.

Nuevamente está actuando en el circo, pero ya no está como payaso, tiene habilidad y flexibilidad para ser acróbata, su traje y maquillaje es diferente, su presentación también. Y aunque su familia sigue siendo del grupo de los payasos y ya no trabajan juntos, al finalizar la actuación de cada día, se sientan alrededor de la mesa y conversan.

El doctor y su esposa se dedicaron a ampliar su clínica y crearon un hospital al que le pusieron el nombre de su hijo, en él se atiende a muchas personas de los pueblos vecinos. Ese era ahora el propósito en sus vidas. 

Después de todo, todos tomamos decisiones.



viernes, 21 de agosto de 2026

La Tinaja de Guaitil * Escrito por Marie Lissette Alvarado* [01/07/2015]

I parte

Cudeg

Los sucesos que les voy a relatar tuvieron lugar mucho tiempo atrás, donde los recuerdos se pierden entre lejanas memorias, tanto que es casi imposible precisar cuándo ocurrieron.

En una vasta región al noroeste de esta hermosa tierra guanacasteca, donde cada día el Sol y la madre naturaleza literalmente parecen fundirse en un ardiente beso, como dos apasionados amantes, habitaba el pueblo chorotega, gente orgullosa de su estirpe y poder. Vivían del cultivo y de la caza, de costumbres y tradiciones sencillas, pero muy bien organizados. Un día el cacique Diriá encontró una iguana de color blanco, tanto así que parecía una raíz de yuca recién pelada, sus ojos eran tan verdes como el jade y poseía una mirada profunda y misteriosa. En comparación con la mayoría de las iguanas adultas esta si acaso era de mediano tamaño, se notaba que tenía heridas en casi todo su cuerpo. El reptil le contó al cacique que estaba sedienta y que, al tratar de llegar al río para beber, un cocodrilo la sorprendió y atacó; a duras penas logró escapar con vida.

Ahora necesitaba encontrar un lugar donde refugiarse y tratar de curar sus heridas. Diriá se llenó de compasión y, a pesar de que había planeado convertirla en parte de su comida ese día, decidió que era mejor salvarla y se la llevó al palenque designado como templo en las afueras de su pueblo.

Como de costumbre ahí estaba el chamán, hombre leal, de pocas palabras y sabio, considerado como su mano derecha. Diriá se acercó con la criatura herida y le pidió  a su fiel servidor que encontrara al mejor artesano de la zona para que hiciera de arcilla una tinaja de tamaño mediano, cuyas medidas fueran de 3 puños uno junto al otro, tanto para la altura como para el ancho. Que tuviera tres patas huecas para que le diese estabilidad y que en cada pata se le introdujese en la punta una pequeña piedrecilla de jade a modo de cascabel, que fuera bellamente pintada y con majestuosos diseños y que a un costado le esculpiera la cabeza de una iguana con ojos de jade.

Quería la tinaja terminada dentro de un plazo de tres días.

El chamán miró la iguana, no hizo preguntas, simplemente hizo una pequeña reverencia con su cabeza y obedeció. Pero antes de partir preparó una pasta curativa con hierbas del bosque y la colocó en las heridas del animal, luego se dirigió al pueblo de Guaitil, zona muy reconocida por la belleza de sus trabajos en arcilla, y entre todos los tinajeros de ese lugar buscó a Cudeg, el mejor artesano del pueblo, para que creara una tinaja

con las especificaciones de su señor cacique, la cual debía estar terminada y entregada a más tardar dentro de los próximos tres días.

Por ser tan alto el honor que se le otorgó, Cudeg se esmeró por crear la más bella y fuerte vasija, le dio prioridad a tan especial pedido; sin embargo, diseñar y crear algo realmente especial y de la aprobación del cacique requería de toda su experiencia y habilidad.

Tomó la mejor arcilla que tenía y con cuidadoso esmero empezó a amasarla por largo rato, la golpeaba y la volvía a amasar para evitar que le quedaran en su interior burbujas de aire que pudieran arruinar la obra a la hora de cocinarla en el horno.

Satisfecho con esta etapa del trabajo se sentó sobre el duro suelo de su taller con sus piernas abiertas y extendidas a los lados. Frente a él estaba un platón de arcilla de forma plana, semienterrado en el suelo para que se mantuviera fijo, la tierra estaba firmemente apelmazada a todo su alrededor de manera que no se pudiera mover de su lugar. Sobre este se encontraba otro plato del mismo material y forma, pero algo más pequeño, que se podía hacer girar con la mano sin mucha resistencia.

Ambos utensilios estaban especialmente cocinados para que soportaran el arduo trabajo de la creación de cerámica, algo así como un torno artesanal. Sobre el plato pequeño puso un poco de agua para humedecerlo y de inmediato montó la arcilla sobre él.

Redondeó un poco el material y con sus manos humedecidas comenzó a girar el plato con una mano y con la otra a crear la tinaja. Poco a poco fue elevando la pieza, agregaba material donde fuera necesario y utilizaba un olote seco, a modo de herramienta, introduciéndolo en el interior de la tinaja para ayudarse a trabajar mejor.

Lento pero constante el hombre trabajó sin desviar su atención en lo que hacía y ya muy entrada la noche la fue terminando. Revisó una y otra vez que tuviera todas las especificaciones del cacique, la cabeza de la iguana parecía muy real, estaba orgulloso de lo que había hecho, la guardó cuidadosamente para evitar que se fuera a dañar y se marchó a su choza.

Su mujer estaba preocupada, pues nunca llegaba tan tarde. Cuando por fin llegó, sin dar muchos detalles, el tinajero le comentó que había tenido que dedicarse a un pedido muy importante y que debía entregarlo en tres días. Ella, que era muy curiosa, no quedó conforme con la explicación, así que cuando su esposo terminó de comer y se fue a dormir aprovechó que había luna llena y que su luz era tan radiante como la del Sol para dirigirse al taller y ver qué era lo que tenía de especial dicho encargo. Buscó por todas partes lo que consideraba era el trabajo más reciente. Por fin, dentro de un pequeño

agujero cubierto con hojas de plátano encontró la más hermosa tinaja que había visto, no daba crédito a sus ojos por tanta belleza, incluso sintió envidia y la quería para sí, pero mientras la contemplaba a la luz de la luna los ojos de la iguana brillaron con gran fulgor dejando a la mujer por un instante ciega.

De tremendo susto, apenas recuperó la vista, la volvió a ocultar y a tapar con las hojas; se fue corriendo hasta su choza, donde con cuidado se metió a la cama y se durmió. Obviamente nunca le dijo a su marido lo que le había ocurrido, pero poco tiempo después empezó a sufrir con su vista y ambos ojos empezaron a cubrirse con una blancuzca nube que en su vejez la dejó ciega y desde aquel susto hasta el día de su muerte sufrió de una aparentemente inexplicable fobia hacia las iguanas.

Al día siguiente, muy de mañana, el tinajero regresó a su taller, sacó su tinaja al sol para que se secara muy bien; luego, empezó a sacarle brillo con ayuda de pedazos de madera muy dura hasta dejarla bien pulida y redondeada, para no dejar marcas en la arcilla aún fresca.

Mientras el sol hacía su parte, el artesano se introdujo en la montaña para conseguir de la misma tierra los colores que le darían el realce a la tinaja. Al regresar por la tarde la tinaja estaba completamente seca y lista para darle brillo, cosa curiosa, pues por lo general a la arcilla le toma más tiempo para secar completamente, pero como no tenía tiempo que perder continuó con el siguiente paso del proceso.

Tenía madera de ronrón, guanacaste, cocobolo, cenízaro y guayacán para pulir sus artesanías y de todas escogió para trabajar la de ronrón. La tinaja adquirió un brillo  inigualable; comenzó a pintarla mientras esperaba a que secaran las capas de pintura y resaltaran los diseños.

Volvió a quedarse trabajando hasta muy tarde, pero no importaba, todo iba saliendo bien; volvió a ocultarla y regresó a su choza como la noche anterior. Se sentó a comer, esta vez su mujer no hizo preguntas sino que se fue a acostar, poco después él hizo lo mismo.

A la mañana siguiente volvió a llegar muy temprano a su taller, la pintura en la tinaja estaba completamente seca, la volvió a pulir y de inmediato encendió su horno de leña. Todo lo hizo como era su rutina, pero el horno se calentó muy rápido y con la brisa parecía que de su boca salían las flamas de las entrañas de la misma tierra.

Había visto al Arenal escupir piedras y fuego y su humilde horno trajo al presente esos impactantes recuerdos. Por un instante el temor le invadió, le preocupaba que sus paredes no soportaran el intenso calor y que al introducir la tinaja todo se fuera echar a perder… hasta su horno.

Pero afortunadamente no fue así, cuando todo estaba listo para introducir la tinaja, de momento se le ocurrió que podría, como lo hacía siempre, meter todas las piezas

que pudiera para aprovechar al máximo el calor; pero al final, eso lo descartó y lo consideró un sacrilegio. Así que solo introdujo la tinaja para el cacique. Horno y vasija soportaron las intensas llamas, nunca en toda su vida un trabajo fue tan agotador y que resultara perfecto.

Al sacar la pieza y dejarla enfriar admiró su trabajo, era tan perfecta que parecía cristalina, sus diseños, color y brillo eran excelentes. Aún estaba a tiempo para ser entregada tal y como se lo habían solicitado. El artesano pensó que podría crear otras tinajas similares a ésta, lo que sería muy lucrativo para él y su fama se extendería por toda la región. Pero después de ese día intentó crear tinajas con el mismo diseño y color pero fue inútil, parecía como si le hubiesen borrado el recuerdo de su creación; sí, fue alabado su trabajo, pues era hermoso, pero nunca más pudo hacer otra tinaja como aquella.

Tan pronto como pudo se la entregó al chamán. Este llegó ante Diriá y, manteniendo su rostro hacia el suelo, con postrada reverencia extendió sus manos hacia su señor y entregó la esperada tinaja.

Diriá la tomó, revisó todos los detalles y, haciendo un gesto de aprobación, se sintió satisfecho. Se dirigió donde tenía reposando a la iguana herida, pero antes de llegar a ella se desvió y se detuvo cerca de la orilla del río Tempisque donde llenó una buena parte de la tinaja con arena seca y caliente, pues sabía que a la iguana le

gustaría.

Al llegar donde el animalito que dormía la levantó con cuidado y la colocó dentro de la tinaja donde muy feliz se acomodó entre la arena. El cacique la conservó dentro del palenque para que nada ni nadie la molestaran.

Unos días después Diriá fue a revisar las condiciones de la iguana, su asombro fue enorme al darse cuenta no solo de que se había ido, sino que toda la arena que la tinaja

contenía se había convertido en polvo de oro.

Asombrado por el milagro buscó por todas partes a la iguana, al no encontrarla se quedó de pie junto a la tinaja. En ese momento la iguana descendía por una de las

paredes cerca de él y mirándole fijamente le dijo: “Eres un guerrero sabio y valiente Diriá, tu bondad me ha demostrado que eres hombre de corazón justo y alma sincera. En agradecimiento te regreso la tinaja que ordenaste que se hiciera para mi recuperación. Como cacique que eres te regalo la arena convertida en polvo de los reyes y nobles; mientras la conserves, esta tierra siempre disfrutará durante todo el año del verdor de la naturaleza, no importa cuán abrazador sea el calor del sol, siempre estará fresco; ¡pero cuidado!, lo que puede ser para el bien de todos también se puede convertir en la maldición de todos. Si este polvo cae en manos que no sean chorotegas se derramará sangre, habrá dolor y sufrimiento. La vegetación morirá y el calor arruinará cultivos y cosechas. Igual te regalo la tinaja como símbolo de la eterna agua, cristalina y fresca, al chorotega de corazón justo y sincero, como tú, que la posea, nunca deberá preocuparle

si su pozo se secará. Así que cuídala bien, cacique Diriá, para que en toda tu tierra haya prosperidad y abundancia de generación en generación“.

Dicho esto la iguana se escabulló por entre las hojas que conformaban la estructura del techo del templo y desapareció para siempre.

 

II Parte

Carmela

Diriá mantuvo bajo protección la tinaja mágica, que es así como la llamó el chamán del pueblo, y toda la región Chorotega vivió por varios años de la prosperidad que le brindaba la tinaja de Guaitil.

Pero hombres ajenos a su mundo llegaron para adueñarse de las tierras y de todo lo que estaba a su paso en esa vasta región. Empuñaban armas jamás conocidas, cabalgaban extraños animales, su lenguaje y su apariencia eran totalmente aterradores y diferentes a lo que los aborígenes conocían; la tierra se estremecía ante su paso firme y arrasador, la madre naturaleza parecía gemir, como si presagiara el sangriento final de sus hijos.

A pesar de todo, Diriá y sus hombres defendieron lo suyo como bravos guerreros sin temor a sucumbir, pero los extranjeros traían armas mortíferas y eran despiadados. No les importaba a quien mataban, pueblos enteros fueron poco a poco desapareciendo y aquellos a quienes les perdonaban la vida eran convertidos en esclavos y obligados a aprender ese extraño idioma, renunciar a todo en lo que ellos creían y aceptar ciegamente una religión y un dios diferente.

Al ver la ambición y codicia de estos extraños por los objetos de oro y las piedras preciosas el cacique recordó lo que la iguana le había advertido y ante esa terrible situación por la que estaban pasando. Diriá le ordenó al chamán que escondiera muy bien la tinaja para mantener asegurada la promesa de la iguana con su pueblo.

Ni lerdo ni perezoso el sacerdote corrió como el viento, llegó donde estaba custodiada la tinaja repleta de polvo de oro y, tratando de no ser visto entre tanta conmoción, se dirigió hacia la montaña para esconderla.

Por desgracia un soldado atisbó que el chamán se escabullía sigilosamente por entre los arbustos con un objeto entre sus brazos. Lo siguió a prudente distancia, manteniéndose oculto, pues el chamán avanzaba unos pasos y se volteaba para mirar a su alrededor y cerciorarse de que nadie le estuviera siguiendo. Pero un pequeño ruido lo alertó de que posiblemente no estaba solo; no tendría tiempo de esconder aquel tesoro en las profundidades de la montaña, así que se apresuró a llegar hasta la naciente del río Tempisque y no tuvo otra alternativa que echar en el río todo el polvo de oro de la tinaja.

Conforme el oro iba saliendo de la tinaja y tocaba el agua del río, inmediatamente se convertía en simple arena. Asombrado por lo que veía el chamán empezó en un suave susurro a decir algunas oraciones de agradecimiento a la iguana mágica, pues era evidente que se trataba de una deidad y debía ser tratada como tal.

Apenas tuvo el tiempo suficiente para realizar esa acción cuando de pronto al voltearse para ir a esconder en otro lugar la tinaja, el soldado le sorprendió. El extranjero miró la orilla del río pero todo le resultó sin novedad alguna. Acosado por la curiosidad interrogaba al chamán sobre la tinaja, quien con mucho cuidado la depositó en

el suelo a su lado.

Fue imposible que el aborigen le entendiera y entre lo acalorado del interrogatorio y la expresión molesta del soldado el chamán intentó escapar. Aunque ambos forcejearon el soldado sacó su espada y atravesó el vientre del chamán, dejándolo mientras se desangraba sobre la tinaja que para el soldado no tenía ningún valor a pesar de su extraordinaria belleza.

Lamentablemente la mayor parte del pueblo, así como el cacique y el chamán murieron tratando de salvar y proteger su tierra y a su gente. Dicen que hay quienes vieron a una pequeña iguana blanca posada en las ramas altas de un árbol de guanacaste, que estaba llorando, pero sus lágrimas eran tan rojas como la sangre que ese día se había derramado. Esa noche de luto y dolor la luna llena se volvió roja y la figura que parece verse en su cara es la de la iguana y cada vez que la luna llena se torna de ese color se dice que la iguana en la luna está llorando la matanza de tanta gente.

Los años fueron pasando, las décadas fueron anegando la hidalguía de un valiente pueblo que, al ser mermado, no tuvo más remedio que doblegarse ante la nueva cultura impuesta y que poco a poco se fue mezclando entre ritos y tradiciones para dar paso al mestizaje.

Había una joven mujer de apenas quince años, llamada Carmela Briseño, oriunda de Guaitil, de baja estatura, delgada y con rasgos y color de piel característicos de los antiguos pobladores precolombinos de esa región.

Desde muy niña le encantaba el trabajo con arcilla y, a pesar de ser tan joven, ya era toda una experta en la materia y sus artesanías eran muy solicitadas por su belleza y calidad. Algo que le llenaba de orgullo es que su familia era descendiente de Cudeg, el reconocido artesano de toda aquella región. De generación en generación seguían manteniendo viva la tradición de las artesanías y siempre se contaba la historia de la tinaja mágica y de la iguana blanca.

Como lo hacía cada vez que necesitaba material para trabajar, Carmela se dirigía a un lugar muy específico y especial en la montaña para buscar y extraer la arcilla y continuar con su trabajo, que era la base de su sustento y el de su familia. Pero al llegar al sitio el material no le pareció lo suficientemente bueno para extraerlo, así que comenzó a “tantear” en los alrededores para tratar de conseguir algo mejor y mientras escarbaba un poco por aquí y otro por allá se encontró la tinaja que con su vida había protegido el chamán. A pesar de notarse que era un recipiente antiguo y de encontrarse oculto entre el barro y la maleza aún se conservaba en perfecto estado, no estaba quebrada ni tenía reventaduras, su hermoso diseño y color estaban intactos y ese extraño tono cristalino de la arcilla le tenía cautivada, más aún cuando a la luz del sol los ojos de la iguana parecían brillar.

“¿Será que he encontrado la tinaja de Cudeg?”, pensó por un momento, recordando la historia que desde niña le contaban sus padres reiteradamente. Conocía de sus virtudes, así que se fue de inmediato y la llenó con arena de iguana para ver si se convertiría en oro; pero no fue así, nada pasó, así que la volvió a vaciar y la limpió.

Carmela se olvidó por ese día de su tarea y regresó a su casa con la tinaja. Sus padres y familiares estaban encantados con aquella belleza e incluso ya estaban pensando en obtener una sustanciosa ganancia con su venta.

Pero ella, aunque de buen corazón y amable, también tenía un fuerte carácter y advirtió que la tinaja era suya y que no iba a permitir que alguien la vendiera. ¡Ay de aquel que se atreviera a hacer esa tontera!

Por último, Carmela decidió llevársela para el taller donde trabajaba y conservarla a su lado. Era época de sequía y el implacable calor mantenía secos la mayoría de los pozos de la región, incluyendo el que se encontraba junto al taller; sin embargo, de la noche a la mañana el pozo del taller tenía agua y hasta la fecha nunca más se volvió a secar.

Carmela se casó, pero continuó trabajando haciendo artesanías, especialmente tinajas, y siempre tuvo en su corazón la certeza de que la antigua tinaja era un legado de su familia y que por alguna razón especial ella fue la elegida para conservarla y cuidarla. Con el tiempo se llenó de hijos; su esposo era jornalero en fincas y juntos sacaron adelante a su familia. La vida era dura pero amable, les permitía vivir, humildemente pero con dignidad.

Los años tiñeron de canas el cabello de Carmela, quien se convirtió en una respetable artesana que conocía la historia de sus antepasados y su reputación. Todos sus hijos aprendieron a trabajar en el taller, pero solo uno de ellos continuó con la tradición.

Gerardo no quiso seguir estudiando como el resto de sus hermanos, sino que decidió continuar en el taller y mantener la historia de Cudeg tan viva como en aquellos

lejanos tiempos. Siendo apenas un muchacho de veinte años se casó y tuvo tres hijos, no quería que se dedicaran a la artesanía, pues había tenido que trabajar muy duro y su labor no siempre era bien recompensada, así que fue muy estricto con la educación de sus muchachos y les exigía sacar buenas notas y concluir toda la escuela y el colegio para que buscaran una profesión más académica y de mejor oportunidad laboral.

Pero como él, su hijo menor Luis fue desde niño un chiquillo inquieto y creativo, apenas salía de la escuela se dirigía al taller, porque quería aprender a trabajar y hacer objetos de arcilla. Gerardo lo regañaba porque descuidaba sus estudios y a veces lo amenazaba con darle una leñateada si no se iba para la casa y hacía sus tareas.

Carmela tenía días viendo la misma situación entre su hijo y su nieto, pero no quería meterse a dar opiniones.

Una noche, mientras dormía, vio en sueños a la iguana blanca sobre el árbol de guanacaste que le decía: “No dejes que la tinaja caiga en otras manos que no sean

de tu familia. Debes heredar la tinaja cuanto antes, creo que ya sabes quién llevará la responsabilidad de cuidarla y mantenerla a salvo. A pesar de contrarias opiniones,

¡hazlo!

La anciana se despertó abruptamente, reinaba la total oscuridad y el silencio; trató de volver a dormir mas fue inútil. Mientras esperaba el amanecer pensaba de qué manera iba darle la tinaja a su nieto sin provocar fuertes disgustos entre ellos, sin contar que por estar actuando en contra de la voluntad de su hijo eso también traería problemas a la familia en general.

Así que una noche, mientras cenaban en familia, Carmela miró a Luis, quien no quitaba su mirada del plato y comía con todo gusto una suculenta olla de carne. Ella aprovechó el momento y le dijo con cariño:

—Ñatico, ayúdame mañana a recoger maíz morado, porque quiero hacer mazamorra.

El muchacho, con la boca llena le respondió:

—Está bien abuela, ahí me avisa pa’ llevar el saco del maíz.

Nadie más prestó mucha atención a los planes de la abuela, solo su nuera que le comentó:

—Si querés te ayudo a desgranarlo en la tarde.

Pero la anciana, sin ninguna muestra de sus verdaderas intenciones, solo meneó la cabeza y dijo:

—Entre Luisito y yo lo podemos hacer, no te preocupés mija.

Gerardo, su hijo, ni siquiera mostró interés a lo que consideró una trivial conversación entre mujeres, sabía que Luis era el chineado de su mamá y no era la primera vez

que le pedía algún favor.

A la mañana siguiente abuela y nieto se fueron a recoger maíz pujagua para preparar la mazamorra. Luis caminaba despreocupado, silbando una tonada que le gustaba.

A unos cincuenta metros de la casa Carmela se salió del camino, se introdujo en el seco matorral y de un viejo y pequeño tronco ahuecado que se encontraba a un par de metros, extrajo un atado de manta amarrado con manila que se encontraba cubierto de tierra y de inmediato lo envolvió en su delantal, salió del matorral y le dijo a su

nieto:

—Sigamos.

Luis se quedó atónito ante la actitud de la abuela y curioso le preguntó:

—Diay abuela, ¿qué es eso que lleva en el delantal?

—Nada ñatico… seguí, seguí.

Continuaron caminando pero el muchacho no podía quitar los ojos del delantal tratando de descifrar entre tanto chuíca qué era lo que su abuela escondía con tanto rece

lo. No habían caminado mucho cuando la mujer se enojó y en tono inquisidor regañó a su nieto:

—¡Ah carajo! Seguí caminando muchacho de dios, dejá de estar viendo lo que no te importa, luego te explico y lo entenderás.

Luis no le respondió a su abuela, pues de seguro eso equivaldría a un coscorrón y, con suerte, conociéndola, se lo daría con esa cosa que llevaba escondida; así que se limitó a caminar y mirar hacia el suelo en total silencio.

Por fin, al cabo de unos quince minutos, llegaron al lugar donde tenían el maizal, ella caminó muy adentro del lote y Luis le siguió. De pronto, la anciana se detuvo, miró a

su nieto y le dijo:

—Ahora sí mijito, esto que tengo aquí es lo más valiosos que poseo y te lo voy a heredar a vos, pero tenés que jurarme que lo cuidarás y protegerás como yo lo he hecho hasta hoy.

En ese momento, ella se puso de cuclillas para desplegar su viejo delantal y sacar de su interior el preciado objeto, su nieto también se puso de cuclillas, mostró reverencia

y respeto ante su abuela que nunca le había hablado con tanta solemnidad.

Ella soltó los nudos de la manila y se la quitó, empezó con cuidado a abrir la terrosa manta y por fin descubrió su invaluable secreto, la tinaja de la iguana se mantenía

intacta, aunque ya sus descoloridas superficies delataban su antigüedad.

Carmela la tomó entre sus manos y mirando fijamente a su nieto le dijo:

Luis, a ti te heredo esta tinaja que cuando niña me encontré; siento que eres la persona indicada para continuar con su cuidado. Nunca la vendas, ni la prestes, ella

traerá bienestar y bendiciones a ti y a los que te rodean; no sé por qué, pero siento que es la misma tinaja que hizo Cudeg, nuestro antepasado. Si así fuera, es mágica y tantas veces te he contado la historia que ya no hay más que decir, solo que desde que la tengo mi vida cambió para bien y deseo lo mismo para ti.

La mujer extendió sus manos con la tinaja hacia su nieto, a Luis se le llenaron los ojos de lágrimas por la emoción, pues muy de pequeño la había visto pero sabía que nadie

podía tocarla siquiera, extendió sus manos y la tomó con mucho cuidado. En ese mismo momento los colores de la tinaja parecían recobrar vida, ahí Carmela se dio cuenta de que había hecho la elección correcta.

Después de un breve momento de solemnidad Luis se preocupó, porque no sabía ahora qué hacer con su papá y que esto representaría discusiones entre ellos. Pero su abuela le dijo:

—Pues mijito, lo que se hereda no se hurta. Tienes el talento y tarde o temprano tu tata lo tendrá que aceptar.

Dicho esto, guardaron la tinaja y recogieron todos los elotes que pudieron, pero curiosamente el saco estaba completamente lleno y, aunque Luis venía encorvado

por el peso del maíz, se sentía tan feliz por lo que le había ocurrido que no le importó llevar semejante carga hasta la casa.

Esta vez a Luis le tocó hacerse cargo de esconder la tinaja y ayudarle a la abuela en todo el procedimiento de la mazamorra. Les quedó deliciosa y todos disfrutaron opíparamente.

A la hora de irse a la cama el muchacho no dejaba de pensar la manera en que le diría a su papá que continuaría con el negocio familiar, que él estaba dispuesto a seguir con la tradición. Cavilando en el asunto se durmió. De pronto, vio en sus sueños cuando la iguana había sido atacada por un cocodrilo en las orillas del Tempisque y que había sido mal herida, pero que a duras penas pudo escapar.

 


III Parte

Luis

A Luis nadie le habló en el sueño, pero sintió que debía hacer una tinaja tipo incensario con un diseño especial para demostrarle a su papá que era capaz de ser el mejor en su trabajo. No iba a utilizar la imagen de un cocodrilo y una iguana, pues sería muy evidente su relación con la legendaria historia que su abuela contaba una y otra vez para mantener viva la tradición artesanal.

Utilizaría la imagen del jaguar, pues era una criatura que él admiraba y con el que se identificaba. Usaría los colores negro y terracota para pintarla. Representaría al guardián en que él se había convertido, sería una figura mítica. En vez de hacer el cuerpo de un solo animal pondría las dos mitades frontales de dos jaguares unidos por su espalda, de esa manera, sus cabezas en actitud agresiva, con fauces rugientes, se mantienen con los ojos bien abiertos, vigilando constantemente, apoyados sobre sus patas delanteras.

El interior del cuerpo de los míticos jaguares sería hueco pero no cerrado herméticamente, con el fin de introducirles unos cascabeles de uso ceremonial. En el exterior las paredes laterales tendrían diseños elegantes con orificios realizados cuidadosamente para permitir escuchar el sonido de los cascabeles al sacudir suavemente el incensario.

Sobre la espalda de los jaguares pondría en el centro un pequeño jarrón con tapa y discretos agujeros por donde se filtraría el humo del incienso al ser quemado en su

interior. Siempre conservando la armonía del color negro y terracota haría en el jarrón los dibujos del cocodrilo y la iguana, algo simples pero conservando la sobriedad y elegancia de la pieza. El trabajo más elaborado lo tendría la parte de los jaguares, pues simbolizan a las nuevas generaciones que llevan sobre sus espaldas la responsabilidad no solo de mantener vivas sus tradiciones, sino también el legado precolombino.

Pasaban los días y Luis cumplía con la rutina diaria en la escuela y luego en la casa, pero también se dedicó a crear su incensario. Su abuela le había enseñado desde muy pequeño todas las técnicas que utilizaban sus antepasados, incluso a trabajar sentado en la tierra, como lo hacía Cudeg.

Buscó en el corazón de la montaña un tipo de arcilla muy especial que le brindara los colores negro y terracota. Obtenido el material lo limpió de impurezas y lo empezó a preparar hasta que quedará en su punto óptimo para empezar su obra. Lo primero que hizo fue una especie de jarrón pequeño con tapa, a todo su alrededor de la parte más ancha e hizo una serie de agujeros pequeños para no estropear los dibujos de la iguana y el cocodrilo.

Teniendo ya terminado el jarrón, se dispuso a diseñar y crear la base. Tuvo que hacer un molde para que los dos jaguares quedaran tan parecidos como le fuera posible, tanto en los dibujos ornamentales como los rostros y patas.

Esperó varios días para que secaran por completo y comenzar a pulirlos individualmente hasta quedar satisfecho con la suavidad y brillo de la cerámica. Eran perfectas, sin irregularidades o defectos, posteriormente continuó con la unión del jarrón a la espalda de los jaguares, utilizando un poco de la misma arcilla a modo de pegamento; otro par de días para el secado, pues su mayor preocupación era que a la hora de meter la pieza

al horno se reventará la unión y el trabajo se echará a perder.

Comenzó a darle varias manos de base blanca, pues por lo general a la mayoría de las piezas de cerámica se les hace eso. Luego aplicó la pintura terracota y negra, tal y como lo había soñado. Con sus herramientas para hacer diseños en la arcilla fue resaltando las diversas figuras; volvió a pulir su trabajó con sumo cuidado.

Al final, los rostros de los jaguares eran tan feroces que parecían reales, le tomó casi un mes para terminarla; a veces recordaba los cuentos de su abuela sobre cómo Cudeg había tardado solo tres días en la creación de la tinaja y entregarla al chamán, posiblemente era un poco exagerado ya que pertenecían a la tradición oral de su pueblo, lo cierto es que él había terminado su trabajo y era hora de llevarlo al horno.

Temía pedirle exclusividad del horno a su padre para, al igual que Cudeg, poder meter solamente su pieza a hornear; consideraba un sacrilegio mezclarla con las demás piezas fabricadas para la venta a los turistas.

Gerardo sospechaba que su hijo algo estaba haciendo a hurtadillas, porque durante todo ese mes se había comportado diferente, así que cualquier cosa inusual confirmaría sus sospechas y era algo que estaba esperando, solo era cuestión de tiempo, y tiempo era lo que su padre tenía.

Por fin el muchacho se armó de valor y mirando hacia el suelo, medio atragantado con su saliva le pidió prestado el horno. Gerardo fingió estar extrañado con la petición de Luis y aunque le hizo algunas preguntas para saber la verdad, el muchacho solo le dijo que confiara en él, era una sorpresa que le quería regalar. Su padre dejó escapar una tenue sonrisa entre sus labios y asintió con su cabeza.

—Te lo presto el domingo después de misa.

El rostro de Luis se iluminó de alegría, dio las gracias y se retiró a continuar con sus labores.

El domingo por la tarde el joven limpió muy bien el interior del viejo horno, lo cargó con buena leña seca y lo dejó arder por un par de horas, cuando la madera se

consumió e hizo brasas, colocó la pieza de cerámica y la estuvo vigilando por otras tres horas.

Al día siguiente, muy tempranito, Luis se atrevió a sacar la cerámica del horno y la dejó en un lugar apropiado para que no se dañara, colocó la tapa al jarrón y consideró que su trabajo estaba completamente terminado.

Tomó su incensario y se lo entregó a su padre. Gerardo, al principio, pensó que su madre le había ayudado al muchacho, pues después de revisar el incensario era mejor que los trabajos que él hacía; su hijo le juró que lo había soñado y creado él solo y que era una forma de pedirle permiso para que lo dejara trabajar a su lado. Después de un rato de guardar silencio y estar pensativo por fin Gerardo accedió.

Luis lo abrazó, agradeció y juró no defraudarle, pero lo más importante era que su papá comprendió que era algo que su hijo amaba hacer y que al final de cuentas: “Lo que se hereda no se hurta”.

Hecho por "Copilot".

Ya han pasado varios años desde que padre e hijo empezaron a trabajar juntos, el taller se llama CUDEG, y cuando los visitantes se acercan para observar los trabajos de cerámica que están a la venta, Luis les comienza a explicar todo el proceso de la elaboración de artesanías en arcilla; desde la materia prima traída desde muy lejos en lugares casi inaccesibles, cargando la arcilla de la misma forma que lo hacían nuestros aborígenes, incluso un pequeño depósito en el suelo donde tienen la “arenade iguana” que le da mejor textura a la cerámica y optimiza su calidad a la hora de llevarla al horno. Les da un pequeño recorrido por el lugar para que conozcan en viejo horno de barro, les enseña el pozo que nunca se ha secado.

En la parte exterior de sus artesanías escriben en la base sus nombres para que las personas sepan que las elaboran juntos y, al final, enseñan un folleto con la imagen de la tinaja precolombina para luego mostrar personalmente la tinaja.

Las personas salen muy contentas y siempre compran algunos recuerdos del lugar; piensan que las historias fueron contadas simplemente para vender, pero lo que menos se imaginan es que más que leyenda La Tinaja de Guaitil realmente existe y es mágica.

Gerardo, Luis y todos los que trabajan en el taller, satisfechos con su labor realizada, guardan celosamente la tinaja de la iguana y el incensario de los jaguares juntos, como símbolos de una cultura precolombina que entrelaza el pasado y el presente.