Original publicado en "El escorpión de jade con otros cuentos".
Marie Lissete Alvarado y José Alberto Villalobos. EDiNexo.
Formo
parte de un equipo de treinta y cinco ingenieros, astrónomos y técnicos, todos
astronautas, que estamos instalando el Telescopio Lunar Galileo en el Cráter
Hohmann, un cráter de impacto circular de dieciséis kilómetros de diámetro, en
el lado lejano de la Luna.
Soy un técnico medio, un especialista en el traslado
de equipo pesado y delicado, como las piezas del telescopio. Eso hace que mis
servicios sean necesarios solo en momentos específicos y por períodos cortos.
Trabajo durante las dos semanas de luz solar en este punto de la Luna. El resto
del “día lunar”, en mi tiempo libre, lo paso explorando el cráter y a veces
acompaño a Javier, un amigo que maneja un “rover lunar” parecido al mío.
Durante la larga, negra y tranquila “noche lunar”, de otras dos semanas de
duración, invierto muchas horas observando el cielo con la esperanza de
descubrir algo nuevo, un asteroide, un cometa, una supernova, ¡algo a lo que
podré poner mi nombre!
Desde luego que los períodos para dormir, reposo, alimentación,
estudio y ejercicio, están programados para todos los que estamos aquí en la
Luna, de acuerdo con el ciclo de veinticuatro horas de la Tierra, para que
nuestra fisiología no se exponga a grandes alteraciones.
El ejercicio físico lo
hacemos cada tres días, cuando entramos por dos horas a un dispositivo de
gravedad artificial para mantener tonificados nuestros músculos y huesos. Esto
debido a que los 1,62 newton/kilogramo del campo gravitatorio lunar son pocos comparados con los 9,80 que experimentamos en la Tierra.
En el 2055 la NASA y
las demás agencias espaciales, definitivamente se convencieron de que para
regresar a la Luna con suficiente carga y establecer los módulos para una
colonia ―en este caso para construir el telescopio, había que volver a usar una
tecnología similar a la del Programa Apolo de la década de 1970. Ahora se usa
una versión mejorada del poderoso cohete Saturno V.
El proyecto SLS y la Nave
Espacial Orión se terminaron de diseñar en el 2015. Tuvieron apoyo total y
cooperación de varios países, y el primer cohete SLS Block 1b se lanzó en el
2057.
Recuerdo que en el año 2099, veinticinco años después de reiniciarse los
viajes tripulados a la Luna, ya había dos colonias de terrícolas, una en el
cráter Fra Mauro, donde alunizó el módulo lunar Antares de la misión Apollo 14,
el 7 de febrero de 1971. La otra, donde yo laboro, que es la encargada del telescopio,
apenas tiene trece meses de existencia.
Mis amigos en la Tierra se refieren a
este telescopio como el nuevo telescopio espacial, pero yo prefiero llamarlo
por su nombre: “Telescopio Lunar Galileo”, pues lo estamos ensamblando
precisamente aquí en la superficie Lunar.
Posee características de diseño muy
similares a las de su hermano El Gran Telescopio de Canarias, en la isla de
La Palma, España, solo que ese está en la Tierra. La diferencia entre los dos
sitios es meramente relativa al tamaño del cuerpo del espacio donde está.
Por
otro lado, el Telescopio James Webb, que sustituyó al Hubble, al igual que este
último, sí es propiamente un telescopio espacial, en órbita alrededor de la
Tierra.
Llegué en el segundo viaje a la Luna que alunizó en el Mare Orientale,
a tres kilómetros del borde sur del cráter Hohmann, donde posiblemente dos
impactos de meteoros de regular tamaño formaron dos cráteres menores,
justamente en el borde.
Javier y su rover especializado en remoción de
materiales es parte del equipo que está modificándolos para habilitar la
entrada y la salida de vehículos lunares más livianos, y así comunicar el amplio
Mare Orientale con el pequeño Hohmann y el sitio de construcción del Galileo.
Remover materiales de la superficie lunar no es una tarea difícil o compleja,
pero sí necesita desarrollarse con mucho cuidado, porque se quiere mantener muy
bajo el grado de contaminación y producir la mínima alteración ambiental de la
Luna. Usamos unos potentes “rovers” de cuatro ruedas, alimentados por energía
solar, que no producen ningún tipo de gases de escape, pues esto provocaría
nubes de polvo lunar que durarían días en asentarse. Solo hacemos una estrecha
vía suficiente para que pasen los módulos del telescopio. No nos preocupa que
por evitar las rocas grandes resulten algunas curvas suaves en el camino, que
de por sí es corto. Nos interesa más no producir una polvareda, con el fino
regolito de poca densidad que cubre el “suelo” lunar. Por increíble que
parezca, una vez caímos en un pozo de “regolito movedizo” que casi nos traga
vivos a Javier y a mí. El regolito lunar que se encuentra en diferentes sitios
alrededor del cráter Hohmann es algo particular. Hay zonas de piedras negruzcas
del tamaño de palomitas de maíz, semejantes a muestras de lava volcánica, hasta
las más finas como la ceniza del volcán Turrialba, que, según se cuenta, cayó
en Zapote en mayo de 2016, de un color gris oscuro. Un día viajaba de copiloto
en una sencilla misión con Javier al mando, y estacionamos su rover en un sitio
para recoger una brillante roca amarillenta que destacaba notablemente. Ambos
descendimos del vehículo y, para nuestra sorpresa, casi inmediatamente este
comenzó a hundirse lenta pero inexorablemente. Era una trampa de fino regolito
que nos mostraba una boca dispuesta a tragárselo todo, justamente a metro y
medio de nuestras espaldas. Supongo que nos estacionamos sobre alguna caverna
que se había formado hace millones de años en el suelo lunar, quizás producida
por el impacto de un gran meteoro que produjo un localizado fallamiento en la
corteza y había sido cubierta (sin mala intención, la naturaleza solo actúa)
por una inestable capa de fino regolito. Nosotros solo nos volvimos para mirar
al rover desaparecer en dos minutos, y agradecer que estábamos de pie sobre un
suelo un poco más sólido. La huella de regolito escurrido llegó justamente
hasta la punta de nuestras botas de astronauta. La superficie se reorganizó un
poco y, al final, para alguien que no hubiese vivido el evento, el suelo quedó
casi tan parecido como minutos antes. Ahora, para nosotros, solo quedaba un
problema menor: regresar a pie a nuestra base, a solo dos kilómetros de
distancia. Fue una de las caminatas más extenuantes, pues dábamos pasos
lentamente, escudriñando el terreno en frente de nosotros, tratando de pisar
sobre suelo firme, para no correr con la misma suerte que “Titanic”, el nombre
que Eduard Shmit, otro compañero le había dado al rover de Javier. ¿Había
tenido una premonición, o sabía mucho de historia naval? También tendríamos que
explicarle a nuestro jefe que, de alguna manera, la Luna se había tragado
nuestro vehículo. Como testigos solo quedamos mi amigo y yo, más la curiosa
roca sulfurosa, a la que creo que le debemos la vida. Luego de nuestro
accidente se procedió a hacer una prospección más rigurosa, con análisis
sismológico del suelo del Mare Orientale en las cercanías del Hohmann, para
conocer la profundidad, granulometría y firmeza del regolito. Si alguna de nuestras
naves descendiera sobre un sitio semejante, sería atrapada por una trampa
mortal con nefastas consecuencias, por lo que se verificó una vez más la
solidez y estabilidad del suelo donde se ensamblaría el telescopio. Han pasado
dos lunaciones, y ayer, un día antes de la siguiente noche lunar que se avecina
en “el lado lejano de la Luna”, alunizo a 5 km del borde sur de Hohmann la nave
que trae mi rover para movilizar equipo pesado y delicado. Viene empacado como
piezas de lego en cinco grandes módulos: el cuerpo, el motor eléctrico, las celdas
solares, las cuatro ruedas y un brazo mecánico semejante al “Canadarm” que
usaron los Transbordadores Espaciales de la NASA a finales del siglo pasado. Mi
trabajo, por ahora, es descargarlo y ensamblarlo, lo cual no es muy difícil, ya
que un cuerpo de 100 kilogramos de masa en la Tierra, aquí solo “pesa” como la
sexta parte, unos 162 newton. Además tengo la ayuda de Javier, que por ahora no
tiene vehículo que conducir y se aburre por la cantidad de tiempo libre que no
sabe en qué invertir. No solo en la Tierra pueden ocurrir situaciones jocosas.
Nos sucedió al colocarle las cuatro ruedas a “Sherathan”, el nombre que le puse
a mi vehículo. Una vez que pulsamos el botón marcado “desplegar” en el módulo
lunar, los cinco legos se deslizaron automáticamente por una plataforma, inició
la secuencia y luego fueron colocados ordenadamente por el brazo mecánico que
aún tenía cargada su batería y que actuó como un “transformer”, dejando todo en
posición como si fuera uno de los “pits” en una carrera de autos. Entonces
terminamos de desplegar los paneles solares, hacer los acoples eléctricos y el
indicador de “cargando” comenzó a parpadear con una luz verde. Necesitábamos la
energía plena de las baterías para concluir las labores de ensamblaje y poner a
rodar mi rover por primera vez en la Luna. Pues bien, el módulo de las ruedas
trae una versión espacial de un gato mecánico para levantar el extremo de cada
eje e insertar la rueda. Resulta que el gato venía algo expandido para que
trabara y quedara fijo en su compartimiento, como viene en un Toyota 2043 que
tuve en la Tierra. Lo usé por última vez para viajar a Naranjo, el 9 de febrero
de 2059, para visitar a mis abuelos Rossy y José, con motivo del cumpleaños
cien de ella. Cualquiera pensaría que aún no hay nada de gracioso en el
ensamblaje de un vehículo de este tipo, pero a pesar de nuestra experiencia y
conocimiento, a nosotros nos ocurrió que, al tratar de colocar este gato bajo
el eje no tamos que no cabía, pues su longitud era más grande que el espacio
libre entre el eje y el suelo lunar. Y, lo que es la vida, a pesar de nuestros
meses de entrenamiento en la escuela de astronautas, sin pensarlo mucho Javier
y yo, con la inapropiada herramienta que teníamos (una pequeña pala de playa y
la “llave rana”) hicimos un agujero en el regolito que, por mala o buena
suerte, resultó ser un sitio muy compacto. Al cabo de cuarenta y cinco minutos
de esfuerzo, el hueco alcanzó el tamaño suficiente para acomodar el gato muy
holgadamente, bajo el eje delantero izquierdo. Queriendo terminar en corto
tiempo iniciamos el palanqueo del gato y este comenzó a estirarse. Pero ¡oh
sorpresa!, llegó tan extendido como se pudo, pero sin alcanzar el eje. Por más
que manipulamos la palanca, no pudimos elevarlo ni un milímetro. Inmediatamente
Javier y yo nos volvimos a ver mudos de la risa y nos dimos cuenta del error.
No quedó más que volver a rellenar el agujero con regolito, encoger el gato
hasta el mínimo, colocarlo como se esperaba, estirarlo y colocar la rueda.
Repetimos la maniobra tres veces más (¡sin hueco!) y regresamos a la base para
finalizar al día siguiente, antes del largo descanso nocturno de catorce días.
Pero esta vez el reporte fue “Todo normal, jefe”. No contamos lo que realmente
sucedió, para evitar ser el hazmerreír de nuestros compañeros. Ha pasado un año
y ¡qué casualidad!, hoy es 17 de noviembre en la Tierra. ¡Aquí también!, pues
por la pequeña diferencia en hora, solo los 1,282 segundos que tarda la luz en
viajar de la Tierra a la Luna, se mantiene el mismo calendario y usamos Tiempo
Universal Coordinado. Cuando ustedes, en la Tierra, están de noche y miran
hacia acá, nosotros estamos un poco entre la penumbra. Pues bien, los
astrónomos han predicho para hoy a las 21:30 U.T.C. (en la Tierra) y durante un
cortísimo tiempo de noventa y cinco minutos ocurrirá un pico de la lluvia de
meteoros “Leónidas” muy intenso. En realidad una tormenta de meteoros como la
de 1833, pero con tan mala suerte que coincide con una extraordinaria luna
llena en un perigeo de esos realmente cercanos. El cielo en la Tierra estará
esta noche de otoño, muy iluminado y, para rematar, la Luna estará a medio
camino entre las estrellas Spica, de Virgo, y Regulus, de Leo, como decía
jocosamente mi profesor de estadística en la UCR, “debido a la maldad
intrínseca de las probabilidades”. Pero cuando llueve en algún lado, no es
cierto que llueva para todo el mundo. Nosotros estamos disfrutando una oscura
noche con solo un tímido cachito de “Tierra menguante” que se ocultó hace ocho
horas. Una noche perfecta para observar cielo profundo, grupos de estrellas,
nebulosas, galaxias. Se especula que hasta podríamos ver el núcleo del cometa
Halley, si usamos un viejo C-8 que me traje de la Tierra, y si contamos con los
datos correctos de sus coordenadas ecuatoriales (¡lunares!), la ascensión recta
y la declinación. Realmente la noche está espectacular, a simple vista y sin
mayor esfuerzo hemos visto estrellas de magnitud 9, algo imposible desde la
Tierra. “El Pesebre” (M44) en Cáncer, el cúmulo globular de Hércules (M13), “El
Joyero” (NGC 47655) en Crux, y el cúmulo “Omega Centauri” (NGC 5139) se ven
perfectamente, no se necesitan binoculares. Pero dejaremos eso para otro momento,
pues ahora estamos emocionados con la tormenta de Leónidas. Estábamos fuera de
nuestro módulo, sentados en el suelo, solo usando nuestros trajes de
astronautas, con los visores de nuestros cascos totalmente desplegados, mirando
hacia Virgo y con una cámara digital bien plantada en un trípode, lista para
atrapar meteoros. ¡Qué raro! Pasan quince minutos alrededor de la hora del
máximo esperado, ¡y nada! Entonces Ricard, aquel amigo que casi nunca usa los
intercomunicadores nos dice: “Es imposible ver meteoros desde la Luna. No hay
atmósfera para producir la compresión de gases requerida para que se forme la
estela luminosa que sí dejan los meteoros en la alta atmósfera de la Tierra”.
Pues sí pensamos todos: ¡Qué pifia no darnos cuenta de esto antes! ¡Nos
preparamos para nada! Comenzamos a regresar al interior de la base, cuando
sentimos algo así como una moderada granizada de las que ocurren en las altas
latitudes de la Tierra al inicio del invierno. No escuchábamos nada, pero en el
liso suelo del Hohmann (liso como lo ven ustedes), comenzaron a formar se
algunos cráteres, desde pocos milímetros de diámetro hasta uno como de 2 centímetros,
que sí podíamos ver. Algunos en una secuencia rectilínea, como si fueran producidos
por cuerpos que rebotan varias veces, haciendo saltos de canguro. Pues claro,
en la Luna no se pueden ver ―ni escuchar― meteoros luminosos. No hay “estrellas
fugaces” como en la Tierra. Pero sí caen meteoros, como en cualquier cuerpo del
Sistema Solar. Nosotros estábamos en presencia de un fenómeno natural de esos
que pasan una vez en la vida, quizás cada dos generaciones. Cuando los meteoros
impactan el suelo lunar se ven los “meteoritos”, es decir, el objeto
propiamente dicho y, desde luego, los mini cráteres, en este caso recién nacidos.
Si el meteoro es suficientemente grande y el sitio es apropiado, se pueden
observar fenómenos transitorios. El suelo es brillante por unos segundos, como
si produjera diminutos “Aristarcos”, en una superficie parecida a la toba
volcánica que hay en los alrededores de Liberia, en Guanacaste. Recogimos
algunos de los pequeños meteoritos, que no parecen estar calientes, pues como
nos dijo el profe de astronomía, lo que se pone incandescente en la Tierra son
principalmente los gases de la onda de choque que va delante del meteoro, pero
aquí no ocurre nada de eso. El meteorito más grande que recogimos parecía un
conglomerado de rocas y metal. Era del tamaño de un jocote (1,5 cm de
diámetro), quizás el que produjo un cráter cien veces más grande. Pero la gran
mayoría eran como de dos o tres milímetros, algunos de material ferromagnético.
Los distinguimos del regolito por su efecto en una brújula estándar, que Javier
había traído con la esperanza de poder contradecir al profe, sobre la no
existencia de campo magnético bipolar en la Luna. Por la gran cantidad de
cráteres en secuencia dedujimos que la tormenta sobre el Hohmann fue bastante
rasante y localizada. Por suerte no tuvimos ningún impacto directo sobre
nuestras personas y el equipo. Esta vez sí teníamos algo muy bueno que
reportar, además de nuestra buena suerte de no ser blanco de esa ametralladora
de meteoroides leónidos, no solo al jefe, sino a los frustrados astrónomos en
la Tierra.
El
telescopio, su edificio y otras instalaciones necesarias son modulares, para
ensamblarse como un gigantesco “lego”, que finalmente se completará con las
conexiones de fibra óptica y electrónicas, más las computadoras y la antena
parabólica de la estación de radio para comunicaros con la Tierra. El “hotel”
para los astrónomos, técnicos e ingenieros no estarán dentro del Hohmann. Los
“cimientos” para todo el complejo los construimos Javier, Ricard y yo, usando
ciertas características de diseño de los “rovers”. Preparamos una especie de
“concreto” para construir una plataforma, con sólidas columnas de anclaje al
suelo lunar, algo parecido a las torres de soporte de las plataformas
petroleras fijas, que se construyeron a finales del siglo XX en el Golfo de
México. La diferencia es que aquí no son de acero, sino de “concreto preparado
con regolito lunar, reforzado con nanotubos de carbono, aglomerados por medio
de una resina epóxica especialmente diseñada para este proyecto. Hicimos
pruebas in situ de la receta diseñada en la Tierra, pues hay sus diferencias
entre lo que hicieron ellos en el laboratorio y lo que se hará en la Luna,
debido a las condiciones locales de presión, temperatura, humedad relativa,
atmósfera y gravedad, que afectarán de manera diferente el tiempo de secado y
el endurecimiento de la mezcla. Ya nos pasó un problema y el secado rápido nos
jugó una mala pasada, dejando atrapadas algunas herramientas en un bloque
cúbico de 25 cm de lado, que quedará a la entrada del complejo, como recuerdo
para los futuros astrónomos. Parece una de esas esculturas de abolición del
ejército, hechas en la Tierra a finales del siglo XIX.
Dos
años después, el Telescopio Lunar Galileo está ter minado y operando de manera
extraordinaria. Es un telescopio óptico segmentado de 10,4 m de apertura, casi
idéntico al Gran Telescopio de Canarias, pero con la ventaja de estar en el
lado lejano de la Luna. Ha sido el instrumento clave en varios descubrimientos
y en el reconocimiento de algunas teorías por la comunidad científica. A mí me
pasó algo parecido a lo de Milton Humason en 1919, en el Observatorio Monte
Wilson. Como él, llegué como chofer de rover y terminé como astrónomo. Yo me
gradué como ingeniero en mecatrónica en el Instituto Tecnológico de Costa Rica
y luego viajé a Austin Texas para un posgrado. Cuando terminé se había funda do
un consorcio privado con aportes de capital y dirección de varios países,
quizás como un CERN Astronómico . Sacaron a concurso cuatro becas de
entrenamiento y posterior trabajo, como especialistas de misión (¡chofe res de
rover de última generación!) en la Luna. Yo apliqué y obtuve la plaza, junto a
Javier, Ricard y Eduard, ingenieros de Francia, Japón y Brasil,
respectivamente. Siempre quise ser un astrónomo de los que observan el cielo,
con sus ojos o con instrumentos. No un astrofísico de computadora, que no sabe
dónde está “la cucharita”, en Sagitario. Por eso, cada vez que pude fui
invirtiendo una buena parte de mi tiempo libre en estudiar, conocer el cielo y
ofrecerme como asistente para los astrónomos que operaban el telescopio.
Memoricé una sector del cielo en Coma Berenices, no solo la posición de los
objetos visibles, sino las fuentes de radio y de ultravioleta, las galaxias y
sus cúmulos. Podría decirse que me lo sabía mil veces mejor que la palma de mi
mano. Desde luego regresé varias veces a la Tierra, por “vacaciones
terapéuticas” de seis meses, pero hace un año se presentó una vacante
definitiva por motivos de salud, apliqué y me dieron el puesto de “coordinador
optomecánico” del Galileo. La integración al equipo fue casi automática. Esto
ocurrió en una etapa como de inflación en los hallazgos que producía nuestro
equipo de astrónomos. Con ese telescopio logramos descubrir el equivalente a la
Nube de Oort en Alfa Centauri A, el cometa P/20885F “Rossy-Villa” con período
de 1963 años, y ocho posibles “enanos” del Sistema Solar que están esperando
más observaciones para ser reconocidos.