La ansiedad en su pecho parecía asfixiarle, tanto le dolía respirar que sentía que se iba a desmayar, miles de avispas revoloteaban en su estómago, aguijoneándole en todas direcciones, el sudor era tan copioso que descendía por su frente como un torrente y quemaba sus ojos, corriendo el maquillaje, sus pies estaban clavados al suelo, no quería salir, no quería hacerlo, se sentía tan avergonzado de que cada vez que tenía que presentarse ante el público y actuar maldecía ese momento.
Pero no
había remedio, se escuchaba al presentador anunciar el acto, la fanfarria
ejecutada por la banda circense, los telones se abrían y el grupo de payasos
desfilaba con sus torpezas, piruetas y trucos de magia.
Gabriel
debía dejar que le arrojaran pasteles en la cara, que le mojaran con agua y por
último, que le bajaran los pantalones para dejarlo con unos cucos estampados
con graciosas figuritas multicolores y saturadas de encajes.
Debía
mantener en su rostro una expresión de sorpresa y una constante sonrisa de
oreja a oreja. Mantener cara de idiota, según su criterio.
Odiaba profundamente actuar en el circo; de hecho, odiaba por completo todo lo relacionado al circo, y ser payaso era la peor tortura, lo más humillante que debía soportar, tener que hacer reír a la gente en cada actuación, miles de rostros sin sentido y las burlas de las que era objeto solo despertaban en su interior ira y frustración.
Era parte
del equipo, hace varios años sus padres murieron en un terrible accidente;
ambos eran reporteros de una prestigiosa revista y en un largo viaje la
tragedia llegó, a sus quince años se quedó completamente solo, sus tíos lo
estaban cuidando en ese momento, ahora son su única familia, así que se
convirtieron en sus tutores legales y junto con sus hijos, eran el equipo de
payasos en un modesto circo, y a Gabriel le ha tocado incorporarse a duras
penas a esa forma de vida.
Su tía
Adelaida, hermana de su madre, es una mujer dulce y tierna; en su corazón solo
existe bondad. De baja estatura y regordeta, tiene un rostro característico de
esas mamás que siempre están pendientes de todo y de todos.
En cambio, su tío Cirilo es un hombre recio e insensible, para él hacer reír a los demás es solo una forma de ganarse la vida, su apariencia era larga y seca, como el verano, por lo que la contrastante pareja era perfecta para ese tipo de espectáculo. Fuera de escena Cirilo jamás sonreía, no hacía bromas ni aceptaba que se las hicieran. A veces Gabriel pensaba que por sus venas no corría sangre, sino hiel.
Sus seis primos eran una extraña mezcla de los dos, pero no tenía problemas con ninguno de ellos, su único dolor de cabeza era su tío. Siempre le vivía regañando y exigiéndole más que a los demás, nunca estaba conforme con el esfuerzo que él hacía y nada le parecía que estaba bien. Y aunque su tía le consolaba y le prodigaba cariño, todo se convertía en una gota de agua en el desierto ante su mal humorado tío. Y le hacía sufrir aún más cada vez que se le ocurría inventar un truco nuevo o alguna actuación tonta para variar su número, Gabriel comenzó a discutir cada vez más seguido con su tío y, como de costumbre, por ser un adolescente, llevaba las de perder.
Solo que
esta vez tanta humillación e insultos por parte de su tío lo llevaron a gritar
un “¡Basta!” Su tío alargó su seca y huesuda mano y, como un destello, le
propinó una estruendosa bofetada que le
envió al suelo, de inmediato le señaló con el índice y con rostro inquisidor le
dijo:
—¿Cómo te atreves, mal agradecido? Si no fuera por nosotros estarías en un orfelinato, ya eres un hombre, ¿quién te adoptaría? Y aquí no tienes privilegios, fuiste hijo único, pero ahora tienes que ganar lo que te comes y, te guste o no, seguirás siendo un payaso por el resto de tu vida.
Mientras yacía en el suelo se apoyaba sobre sus puños y los miraba fijamente, enterrándolos con rabia y pensando en que esa sería la última vez que su tío lo trataba de esa manera, en la primera oportunidad que se le presentara, se escaparía, no importaba el rumbo ni el lugar; a donde se dirigiera sería mucho mejor que estar un instante más con él.
Y así lo
hizo, comenzó desde ese mismo incidente a planear con cuidado su huida, sabía
que el circo debía tomar el tren que los llevaría al siguiente pueblo, le
tocaba limpiar y darle de comer a los animales, en un descuido de su familia se
lanzaría del tren en marcha, para que de esa manera no lo pudieran buscar.
Continuó con indiferencia soportando los siguientes días, se presentó con su
familia como de costumbre, realizó sus deberes sin levantar sospecha, no
llevaría equipaje, eso pondría en riesgo sus planes. Merodeaba entre los demás
empleados para darse una idea de la ruta que se seguiría y qué alternativas
tendría para tomar cualquier otra dirección con tal de no volver a toparse con
el circo. Fue así como descubrió que había otro pueblo mucho antes de su
siguiente parada, que por ser tan pequeño, no se consideró que se obtendría
suficientes ganancias presentándose allí. Sería el lugar ideal, pequeño y tranquilo, perfecto para un joven con deseos de trabajar en cualquier cosa que
no tuviera relación con el espectáculo, ahí es donde se encuentra la
oportunidad para ser libre.
A la
semana siguiente el circo abordó el tren como estaba previsto, el itinerario no
tenía cambios, así que sus planes seguían también su curso. Emprendieron el
viaje después de las 4 de la tarde, llegarían a su destino alrededor de las 8
de la mañana del siguiente día. Se escuchó un silbato, luego un grito: “Todos a bordo”, y
de inmediato el pito del tren anunció su demoledor avance, lento como un
perezoso gigante, pero poco a poco la locomotora marcaba su mecánico ritmo cada
vez yendo más rápido, al punto de que el paisaje ya no se podía apreciar.
A Gabriel
le tocaba, junto con otros empleados, cuidar que los animales se mantuvieran
tranquilos y abastecer todas sus necesidades para que viajaran
confortablemente, lo que le permitiría estar alejado de su tío que se
encontraba en otro vagón atendiendo sus deberes. Se ofreció a cuidar los
animales más grandes, pues estaban en los dos últimos vagones, tenía planeado
en cualquier momento saltar desde allí. Toda esa sección del tren se mantenía
con tan solo una lámpara en cada vagón, así que la visibilidad era poca. Afuera,
la intensa oscuridad de la noche se lo tragaba todo, el frío penetraba hasta
los huesos y el gélido aire que se colaba entre la madera de los vagones hacía
que cada movimiento se convirtiera en una verdadera proeza.
Decidir el momento apropiado para escapar era casi imposible, dos hombres más estaban también encargados de los animales y le hacían compañía, su angustia aumentaba y le era muy difícil mantenerse tranquilo, sabía que si el tren sobrepasaba el puente ya no podría realizar sus planes. No podía arriesgarse a lanzarse al río, pues era muy profundo y ancho, en aquella oscuridad era imposible saber qué le recibiría en las gélidas y turbulentas aguas; además, los parales de metal a los lados de los rieles serían una guillotina en aquella oscuridad, así que lanzarse en el momento en que el tren estaba en el puente no era opción. Solo sabía que antes de comenzar a cruzarlo el tren bajaría un poco la velocidad; o aprovechaba ese momento o se olvidaba de rehacer su vida en un mejor lugar.
Esto y cientos de pensamientos más revoloteaban por la mente de Gabriel. De pronto y cerca de la media noche sus compañeros le preguntaron si podían ir a comer y dejarlo solo por un rato. Fueron las mejores palabras que pudo escuchar, su corazón dio un salto de alegría, pero se mantuvo indiferente y despreocupado, simplemente
—Por
supuesto, no se preocupen, todo estará bien, buen provecho.
Ambos
compañeros se dirigieron a los vagones delanteros, el último se volteó y
preguntó:
—¿Estás
seguro de que no te molesta quedarte solo un
rato?
Podemos traerte algo si deseas.
Gabriel
les respondió:
—Vayan y
despreocúpense, yo estaré bien.
Los
hombres se retiraron, ahora solo debía esperar que no regresaran antes de que
él encontrara la oportunidad para saltar.
Pasaron
tal vez 20 minutos, para Gabriel fue una eternidad, de pronto sintió que el
tren empezaba a reducir su velocidad, se acercaba el momento, abrió la pesada
puerta corrediza del lado del vagón, era imposible saber qué había allá afuera,
el miedo le nubló los sentidos y no podía lanzarse, de pronto, escuchó a lo
lejos las voces de los hombres que estaban regresando, ya no podía posponerlo
más y un instintivo impulso le lanzó hacia afuera sin pensar
en las consecuencias.
La
oscuridad le engulló, solo acató a tratar de protegerse la cabeza, pero sus
pies no soportaron el impacto y su cuerpo se doblegó ante la fuerza que aún le
impulsaba del bucéfalo mecánico, empezó a rodar, sufrió severos golpes en todo
su cuerpo, especialmente en la cabeza y su rostro, quedando inconsciente de
inmediato.
Cuando por fin la luz del día cubrió todo a su alrededor y el calor del sol le hizo sentirse vivo, el canto de las aves le anunciaron que debía despertar. Intentó abrir sus ojos ,pero solo el derecho le respondió, el lado izquierdo de su rostro incluyendo la nariz, posiblemente fracturada, estaba muy hinchado y sangraba; todas sus extremidades se encontraban con heridas, golpes y raspones. Fue muy doloroso ponerse de pie, se sentía mareado y con un terrible dolor de cabeza, miró con escalofríos lo cerca que estuvo de caer al fondo del río y las enormes piedras que le habrían recibido de haber sido así. Trató de ubicarse según sus planes y empezó a caminar lentamente de regreso junto a la línea del tren, no le preocupaba si le vendrían a buscar, conociendo a su tío sabía muy bien que eso no ocurriría. Nunca lo aceptó, nunca lo quiso; tuvo que aceptarlo por la tía Adelaida, pero para Cirilo, Gabriel era otra boca que alimentar y por ser hijo único lo consideraba un inútil y un estorbo.
Después de
varias horas de caminata se desvió en un punto, dirigiéndose al pequeño pueblo,
caminó todo el día entre maleza, lodo y piedras, y ya casi rendido y con el
insoportable dolor que le atormentaba divisó lo que le pareció un granero, fue
acercándose con cautela, se introdujo y
en el primer rinconcito seco que encontró se acurrucó, tenía hambre, sed, frío.
Realmente se sentía muy mal, pero el cansancio pudo más que todo lo demás y se
quedó profundamente dormido.
A la mañana siguiente sintió cómo entre varios le levantaban con cuidado, escuchaba voces, especialmente la de un hombre que daba órdenes e indicaba su pronto traslado y pedía su maletín. Su cabeza ardía en fiebre, pero sentía mucho frío en el resto de su cuerpo, fue prontamente atendido, se le aseó, curaron sus heridas y se le aplicaron tratamientos médicos. Luego de tres días inconsciente, por fin despertó, estaba débil y muy adolorido, pero la fiebre había desaparecido. Se encontraba en una modesta habitación, en una cama limpia y bien abrigado, junto a esta una mesita donde había diversos frascos con medicamentos y una bandeja con utensilios médicos. Una gruesa mujer de color estaba limpiando la habitación y cuando lo miró despierto lo recibió con una dulce sonrisa y le dijo:
—Por fin
mi niño despertó, voy a llamar al doctor.
Salió de prisa y la escuchó llamar al patrón, casi de inmediato un hombre muy alto, delgado, con cabello gris y bien vestido entró, se acercó a la cama, le examinó y le preguntó si podía decirle cómo se sentía. Gabriel sintió que su nariz estaba fracturada y que tenía puntadas en su ceja y pómulo izquierdo, el resto del cuerpo no sufrió fracturas pero sí tenía heridas que ameritaron atención inmediata. Solo respondió:
—Todo me
duele y tengo sed.
El doctor
le dio de beber agua que tenía servida en un vaso, utilizando una pajilla, posó
suavemente su mano sobre el hombro del chico y le dijo:
—Deberás
de estar en reposo por algunos días, cualquier cosa que necesites Ramona te
atenderá, ella estará por aquí de vez en cuando para cuidarte, yo regresaré en
la tarde para
revisarte, por ahora, vuelve a dormir.
Y así lo
hizo, durmió todo el día y en los siguientes días gran parte del tiempo se la
pasó durmiendo.
Después de
una semana de atenciones, por fin se incorporó, el doctor revisó las heridas,
eliminó los hilos y le siguió administrando medicamentos, comenzó por sí mismo
a alimentarse y, luego de un par de días, se volvió a poner de pie y a vestirse
con ropa que le dejaron en la habitación. Ramona fue su bastión, le cuidó como
si fuera su hijo y a veces le cantaba canciones de su lejana tierra natal.
También le explicó que se encontraba en la clínica del doctor, la única del
pueblo, que quien le encontró fue un empleado suyo que se encarga de los animales
del establo. Don Felipe Arguráz era uno de los hombres más importantes del
lugar, su familia había sido fundadora del pueblo, habían llegado en barco
desde el otro lado del mar, habían traído a la familia de Ramona como esclavos,
pero cuando don Felipe nació, siempre fue un
niño muy especial y cuando creció y se convirtió en doctor, asumió la
administración de los bienes familiares y cambió muchas cosas por completo.
Estableció que la familia de Ramona ya no sería tratada como esclavos, serían
considerados como empleados. Por supuesto, por el enorme cariño que siempre le
han tenido, casi todos ellos se quedaron a su servicio, y a pesar de ser dueño
de algunos comercios y terrenos, era una persona humilde, amable y generosa, le
gustaba ayudar a los demás, por eso se convirtió en doctor. Estaba casado, pero
su mayor sufrimiento era que su único hijo tenía una extraña enfermedad que le
estaba matando. Don Felipe sabía que no había cura y que no llegaría a etapa
adulta; esto conmovió a Gabriel, pues recordó la muerte de sus padres y lo solo
e indefenso que aún se sentía.
Ramona era
buena para extraer información con preguntas sencillas e inocentes. Pero cuando
trataba de saber la procedencia del chico y de cómo había llegado hasta ese
lugar, Gabriel solo bajaba la mirada y guardaba silencio.
Solo
cuando el doctor llegó como de rutina a examinarlo y a conversar con él, le
dijo que le pagaría con trabajo todas las atenciones que le brindaron, el
sereno rostro de don Felipe mostró admiración, sonrió y le dijo que estaba
bien. Por fin Gabriel era capaz de desempeñarse por sí mismo, así que una
mañana muy temprano Ramona le indicó que le acompañara, le llevó a la cocina
para que desayunara como todos los demás y le preguntó qué sabía hacer para que
empezara bajo la tutela de alguno de los empleados. El chico introdujo sus
manos en los bolsillos, levantó sus hombros escondiendo su cabeza y respondió
casi que en el oído de la mujer:
—Soy
payaso de circo, no conozco otra cosa.
La mujer se quedó unos segundos como
petrificada ante esa inesperada respuesta, Gabriel pensó que sería motivo de
burla no solo por el resto del día, sino por el resto de su estancia en aquel
lugar; pero no fue así, nadie mostró ni la más tenue mueca o soslayó una débil
sonrisa a modo de burla. En su lugar y con ese instinto materno que
caracterizaba a Ramona puso sus manos sobre sus hombros y le dijo con dulzura:
—Descuida, sé con quién vas a trabajar.
Entonces llamó al más veterano de los
empleados y se lo encomendó. Era un hombre de piel tan oscura como aquella
fatídica noche de su fuga, cuerpo robusto y curtido por los años, con su
ensortijado cabello tan negro como su piel. Solo las profundas marcas del
tiempo delataban su avanzada edad. Era alguien de pocas palabras, pero lo poco
que hablaba, era amable y educado; se lo llevó al establo y le enseñó cómo
debía cuidar a los animales, algo relativamente fácil para Gabriel, por sus
labores es el circo. Debía limpiar el lugar, alimentar y cepillar la piel de
unos caballos. Luego se le enseñó a trabajar en el granero, se le dio una
pequeña pero acogedora habitación en una tranquila casa destinada para los
empleados al lado de la casa principal. Poco a poco fue aprendiendo a ser independiente.
Se llevaba bien con el resto de los empleados y trataba de dar lo mejor de sí
en su
trabajo. Mientras hacía esto, vio como el doctor salía apresuradamente hacia la
ciudad y regresaría en una semana. Traía consigo un pesado equipaje con cajas
llenas de medicamentos y equipo sofisticado, tal vez para su clínica, tal vez
para su hijo.
Conoció a la señora, que también era muy amable y educada. Todos le tenían mucho respeto y cariño, pero casi nunca salía de la casa y Ramona era su brazo derecho. A veces, aún a altas horas de la noche, empleadas entraban y empleadas salían de la casa, en algunas ocasiones escuchaba que el señorito había pasado una crisis de salud y que ambos padres no se habían apartado de él ni por un instante, posiblemente se había agotado el tratamiento y don Felipe salía a conseguir más.
Gabriel
nunca se atrevió a preguntar cómo era el señorito, ni su nombre, lo consideraba
una falta de respeto y los señores habían sido muy buenos con él, no quería
parecer indiscreto.
Una tibia mañana de verano, mientras Gabriel estaba en la entrada del granero, observó que había un jovencito sentado en una silla frente a una de las ventanas del segundo piso de la casa principal; miraba fijamente un viejo y frondoso roble al lado de la casa cuyas ramas casi podía tocar desde la ventana, parecía que lo que miraba, era un pequeño juguete que estaba atorado. Se fue acercando al árbol hasta que quedó debajo de la ventana, el muchacho le miró pero no le habló. Gabriel le dijo:
—Trataré
de alcanzarlo.
Y en un
abrir y cerrar de ojos, comenzó hábilmente a trepar y alcanzó el juguete,
observó si era seguro acercarse a la ventana utilizando las ramas y, como un
gato, logró desplazarse hasta el marco y se introdujo a la habitación, entregó
victorioso el juguete y se presentó:
—Hola, soy
Gabriel Guiviangi, trabajo para ustedes.
El
muchacho lo miraba muy asustado no solo por la proeza que había presenciado,
sino porque tenía a un extraño a su lado. Se quedó por un instante pensativo y
con dificultad para respirar respondió:
—Yo soy
Carlos Felipe Arguráz.
Gabriel lo
miró con asombro, pues cuando escuchaba que se referían al hijo del doctor
siempre decían el señorito, se imaginaba a un pequeño de escasos años no a un
muchacho como de su edad.
—No debes
estar aquí, dijo Carlos Felipe, a papá le preocupa que mi salud desmejore aún
más.
Ahora
comprendía el por qué se le mantenía tan aislado, su condición de salud era tan
precaria que sus padres temían que se complicara.
Así que de
inmediato se trepó al marco de la ventana y se pasó al árbol, entonces Carlos
débilmente le dijo.
—Pero creo
que de vez en cuando me gustaría que vinieras y que hablemos, no creo que eso
me haga daño.
¿No crees?
La avidez
por tener con quien conversar y aún más siendo otro chico de su edad era muy
evidente, Gabriel gentilmente sonrió y le respondió que estaba de acuerdo y que
cada vez que lo viera por la ventana y tuviera tiempo con mucho gusto le
visitaría. El rostro de Carlos se iluminó y se despidieron.
De ahí en adelante nació una fuerte amistad, Gabriel encontró a un chico de menor edad solo por unos meses, pero con una amplia educación, aún para su corta edad, conversaban de la tragedia que cada uno vivía, de lo que tuvo que aprender en el circo, de cómo llegó hasta su casa y de lo agradecido que estaba con su familia por haberle salvado, brindado un empleo y un lugar donde vivir.
Carlos le explicó que su mal era muy extraño y lo heredó de alguno de sus parientes, que sabía que no llegaría más allá de los quince años y que como solo le faltaban unos meses para cumplirlos su padre luchaba desesperadamente por encontrar una cura o un tratamiento más efectivo que le permitiera vivir más y llevar una vida más normal. Que desde que nació solo ha conocido su casa, hospitales, medicinas y doctores; que sentía envidia por todo lo que Gabriel a sus quince años ya había vivido, de las habilidades que tenía y de los muchos lugares que conocía. En cambio él nunca podrá visitar un circo, y a pesar de que lo podría tener todo, es esclavo y prisionero de su cuerpo, no sabe lo que es reír o sentirse feliz, no sabe lo que es compartir con los demás, correr o jugar como cualquier persona de su edad.
Entre más
conversaban y compartían con confianza sus puntos de vista y experiencias,
Gabriel comenzó a compadecerse de Carlos Felipe, de lo irónica y cruel que es
la vida. Con unos más que con otros, que no importa tu condición económica,
física o nivel social, si la desgracia llega a tu vida a veces es para quedarse
y marcarte hasta el final de tus días.
Mientras
más compartían el tiempo se pasaba volando, Gabriel le contaba acerca de los
espectáculos en el circo, de cómo las bestias eran entrenadas y tenían que
realizar de manera repetitiva un acto hasta que salga perfecto y aun así se
debe seguir entrenándolos. De cómo los acróbatas se ejercitan arduamente para
mantenerse flexibles, fuertes y hábiles pues su vida depende de ello y la
confianza entre los del equipo les convierte en una máquina que funciona con
sincronía perfecta. Y los que practican malabares, son increíblemente rápidos y
versátiles, pues logran desarrollar una profunda concentración en lo que hacen,
aunque hagan varias cosas a la vez. Su familia tenía que sentarse con papel y
lápiz para crear nuevos números que fueran originales y graciosos, luego
comenzar con los ensayos hasta perfeccionarlos, trabajar en el vestuario y el
maquillaje, aprender tus entradas y salidas del escenario para que todo fluya
con naturalidad. No importa el tipo de número que se realice, todos deben dar
la impresión de que realizarlos es muy fácil, aunque en realidad se vive bajo
mucha tensión.
Mientras él contaba acerca del trabajo circense y de los cientos de lugares que se conocen y los miles de personas que llegan a verlos, Carlos Felipe estaba como absorto, su mirada permanecía fija en su nuevo amigo, sus pupilas brillaban con cada historia, era como si viviera en su mente todas aquellas experiencias. Entonces le interrumpió con nostalgia.
—Cómo
desearía tener una vida como la tuya, compartir con animales exóticos, personas
con increíbles habilidades conocer tantos lugares y viajar sin cesar.
Gabriel no
daba crédito a lo que escuchaba. ¿Cómo alguien que lo tiene todo desearía una
vida tan simple y restringida de muchos placeres, o de una vida normal y
familiar?
Pero
Carlos con voz apagada le respondía.
—Es
probable que yo tenga acceso a muchas cosas y que mis padres estén pendientes
de mí, pero es porque no tengo una vida, dependo de ellos y de otras personas,
estoy confinado la mayor parte del tiempo a estas cuatro paredes, no puedo
compartir con chicos de mi edad, no puedo
salir a jugar, ni tengo amigos con quien conversar.
Solo estoy
vivo por los dolorosos y molestos tratamientos y los cientos de medicamentos
que debo consumir, si mis padres no me los suministran moriría en poco tiempo;
y aun así, sé que no tengo mucho tiempo de vida, que pronto moriré.
Su voz se
fue apagando aún más, su mirada volvió a quedar vacía, su cabeza perdió fuerza
y al igual que sus ojos se enfocaron hacia el suelo para ocultar sus deseos de
llorar se fue consumiendo entre sus endebles hombros y se perdió en su soledad.
Gabriel se incomodó con la situación y no supo que decir. Así que, después de
algunos segundos de silencio total, retomó la palabra y se despidió tratando de
aparentar que nada había pasado, alegando que tenía que volver a trabajar antes
de recibir una buena reprimenda.
Para Gabriel eso fue demasiado; le había tomado cariño a su benefactor y familia, no podía soportar que se le considerara un mal agradecido y un desconsiderado irresponsable, solo pudo dar media vuelta y empezar a correr más allá de las afueras del pueblo. Se refugió en una colina cercana y avergonzado comenzó a llorar. No se sentía con el valor para volver y pedir disculpas, el doctor estaba tan alterado con lo ocurrido, que creyó que jamás le perdonaría y con el dolor en su alma tendría que alejarse y volver a empezar de nuevo.
El débil muchacho observó y escuchó desde su ventana toda la desagradable escena que su padre había protagonizado y de cómo Gabriel había quedado indefenso ante tales acusaciones.
Consideró
que su padre había juzgado y actuado injustificadamente, Gabriel era su único
amigo, solo le había traído buenas intenciones, compartía sus experiencias con
él y con ademanes le explicaba cómo eran los actos que se realizaban en cada
presentación, menos las actuaciones de los payasos. Gabriel nunca le quiso
confesar que él era uno de esos, pues su vergüenza y orgullo eran más grandes
que su amistad, consideró que no era necesario hacerlo reír con sus payasadas.
Carlos Felipe quiso entonces desde su enclaustro abogar por Gabriel, pero no
fue escuchado, eso lo agitó y alteró tanto que se desvaneció en su silla de
ruedas, afortunadamente Ramona llegó en ese preciso momento, como ángel
guardián, y al darse cuenta de lo que ocurría comenzó a viva voz a pedir ayuda
y a clamar por su patrón.
Por
supuesto, la primera persona que acudió ante sus gritos de angustia y terror
fue la madre de Carlos, quien entre suplicas y llanto trataba de que su hijo
reaccionara y recuperara la conciencia, pero nada de lo que hacía surtía efecto.
Se le avisó al enardecido padre de que su presencia en la habitación de su hijo
era urgente, entró como loco a la casa, tomó su maletín con los medicamentos y subió
por las escalinatas tan veloz como pudo, sudaba frío y respiraba agitadamente,
especialmente cuando al pararse en el marco de la puerta vio el rosto de su
hijo, pálido y sin vida; los brazos de su madre lo rodeaban y se aferraban a él
en un desesperante intento por no dejarle morir. De inmediato el doctor tomó la
situación en sus manos y después de un rato, logró estabilizar a su hijo y con
sumo cuidado le llevó a la cama para continuar atendiéndole asistido en todo
momento por las dos mujeres.
Para
entonces Gabriel ya se había retirado y se había dirigido a la colina, fue lo
único que se le ocurrió en ese momento, huir. Nunca escuchó el clamor de
Ramona, ni se enteró de la crítica situación en que cayó su amigo.
Él solo
quería ayudar, quería brindarle a tan desdichado chico su sincera amistad,
alguien con quien hablar que fuera de su edad, que comprendiera sus deseos e inquietudes,
con gustos similares. Esa noche la pasó a la intemperie, miraba desde lejos las
luces de la casa, luego elevaba su
mirada al cielo y acompañado por las estrellas, solo se preguntaba por qué le
ocurría a él todas esas desgracias. Su padres siempre le decían lo mucho que le
amaban, que era una persona muy especial pues había nacido en el primer mes que
iniciaba el siglo XX, que tanto él
como su nacimiento, eran parte de una nueva historia, del inicio de un momento
histórico para toda la humanidad, la entrada a un nuevo siglo.
Consideraba
que antes de aquel fatídico momento se le había dado una buena educación,
alguien que se le podía considerar de buena crianza y capaz de trabajar duro
para superarse. Pero tal parece que no importaba todo eso, ni la educación ni
la crianza valen cuando la vida se
empecina a darte golpe tras golpe sin misericordia como si tratara de
destruirte; y tanto él como Carlos Felipe eran víctimas de las malas jugadas
del destino.
Así pasó
cavilando hasta que el sueño le venció. Mientras tanto, en la casa, las cosas
no mejoraban, todos estaban en vigilia preocupados por el señorito, hora tras
hora, el frágil cuerpo del muchacho se debilitaba cada vez más, esta vez
parecía que no respondía favorablemente a los medicamentos ni a los
tratamientos.
De pronto, antes del amanecer, Carlos Felipe abrió los ojos, su cuerpo estaba bañado en sudor y su lánguida voz apenas era perceptible, sus palabras salían forzadamente por su garganta, tan suave como un susurro. Solo pedía con insistencia una cosa, ver a su amigo Gabriel. Sus padres trataron de explicarle que había huido y que no sabían dónde estaba, pero tan desgarradora fue su súplica que de inmediato se movilizó toda una cuadrilla en subúsqueda.
Rayaban los primeros rayos del Sol, lo que facilitaría buscar a Gabriel; se recorrió todo el sector por donde se le vio correr, gritaban su nombre y a la vez le decían que el señorito le necesita urgentemente. Afortunadamente no había trascurrido mucho tiempo cuando el joven escuchó que pronunciaban su nombre, eso lo despertó de forma abrupta, tuvo intenciones de continuar con su huida, pero al saber que su amigo lo necesitaba con urgencia, decidió correr el riesgo, regresaría a la casa pues presentía que algo no estaba bien. Se puso de pie para que los trabajadores lo encontraran y le llevaran tan pronto como fuera posible.
Al llegar a la casa miró a todos, que se quedaron en silencio, subió por las gradas velozmente y al llegar a la habitación se quedó unos instantes en la puerta. La madre de Carlos estaba sentada en la cama, del lado de la cabecera, su espalda se apoyaba contra el respaldar y en sus regazos estaba la cabeza de su moribundo amigo, una mujer cuyo coraje e instinto le enseñó a pelear contra la enfermedad desde que su retoño vio la luz hace quince años, y ahora estaba perdiendo la batalla contra la muerte, su cansado rostro reflejaba el amor y la ternura de una madre acompañada por el dolor y la resignación de perder lo que más ha amado en este mundo; a los pies de la cama don Felipe estaba sentado, con su mirada clavada en el piso, su cabeza permanecía hundida entre sus manos, agobiado por no poder hacer nada para mejorar la salud de su pequeño.
Carlos
logró ver a Gabriel, su mirada se llenó de luz y con dificultad extendió su
blanquecina mano pidiéndole que se acercara, que le volviera a contar acerca
del Circo y de los actos que realizaba junto con su familia. La mente de
Gabriel trabajó rápido, solo le dijo a su amigo:
—No te
muevas, que ya regreso.Hecha por Copilot.
Salió como un relámpago de la habitación, encontró a Ramona y le pidió un montón de cosas que para nadie tenían sentido, incluso maquillaje y lo más importante, ella tendría que ayudarlo y seguirle la corriente. Al principio la rústica e iletrada mujer solo repetía una y otra vez frases religiosas acompañadas de “muchacho loco, atarantao, ya estoy vieja pa’ ponerme a hacer tonteras”, y otras más. Pero en ningún momento dejó de ayudar a Gabriel, tanto a maquillarse como a disfrazarse con todos los chuicas raros que le pidió. Los demás empleados le consiguieron pequeñas pelotas de colores, juguetes, una bicicleta vieja con solo la llanta trasera, aros y todo lo que se les ocurría.
En un abrir y cerrar de ojos Gabriel montó todo un espectáculo circense dentro de la habitación de Carlos Felipe, realizó todo tipo de actos acrobáticos, realizó malabarismo con los juguetes, logró utilizar el pedazo de bicicleta como si fuera un monociclo, Ramona le lanzó cosas como en los actos cómicos que realizaba junto con su familia. Trajeron el fonógrafo de la sala principal y lo pusieron a funcionar para que le brindara música de fondo y el espectáculo fuera aún más real. Nadie lo podía creer, Carlos Felipe estaba inyectado de vida y energía, nunca había visto tanto despliegue de habilidad y destreza, y la gracia con que actuó Gabriel hacía reír a todo el que lo miraba. El enfermo tenía el rostro más feliz del mundo, su sonrisa iluminaba el rostro de sus padres y sus aplausos eran música para sus oídos. Cuando todo terminó, el señorito volvió a apoyarse en los regazos de su madre y le dijo:
—Mamá,
estoy feliz, realmente me siento muy feliz, es la primera vez que me siento
vivo.
Su madre
lo abrazó y besó su frente, notó que estaba muy frío, Gabriel se acercó y se
arrodilló junto a la cama alentando a su amigo a recuperarse pues él le
prepararía muchos trucos más, que no sería necesario que anhelara ir a un
circo, él le brindaría toda la diversión y hasta sería capaz de
convencer a su familia para que trajeran parte del espectáculo hasta su casa.
Carlos,
luego de escucharlo con entusiasmo, aceptó y, luego de darle las gracias por
tan especiales momentos solo dijo:
—Estoy
cansado, quiero dormir.
—Por
supuesto, mañana vendré a visitarte —dijo Gabriel.
Lo que nadie imaginó fue que en el momento en que Carlos Felipe cerró los ojos, nunca más los volvería a abrir, su corazón no soportó más. Gabriel no había terminado de salir de la casa, cuando la noticia invadió el aire. Los gritos y llantos llenaron la casa, de inmediato se devolvió hacia la habitación, aterrado; no lo podía creer, acababa de hablar con él, se veía tan feliz. Casi en la entrada de la puerta Ramona lo atajó, le abrazó con descomunal fuerza, no le dejó entrar para corroborar lo sucedido a pesar de las súplicas del muchacho. Gabriel empezó a llorar como un niño, hizo berrinche y gritó con desesperación el nombre de Carlos Felipe, pero todo era en vano, solo pudo ver a los padres abrazados y llorando uno sobre el hombro del otro y el cuerpo de Carlos Felipe cubierto por completo con una sábana que yacía sobre la cama.
Se llevaron a Gabriel para la cocina pues no paraba de llorar, decía que de seguro por haberlo hecho reír sin querer lo mató. Le prepararon un té para calmarlo, cuando la señora se dio cuenta de lo que ocurría, llegó a la cocina donde estaba el chico, se acercó y le abrazó, ambos lloraron largamente, Gabriel no dejaba de pedirle perdón, pero la señora le explicó que no tenía que sentirse culpable de algo que ellos sabían que iba a pasar y que si le mandaron a traer fue porque su tiempo se terminaba y ya fuera que estuviera él en ese momento o no, Carlos Felipe no viviría un día más. Desde que nació ya estaba marcado el fin de su vida. La intromisión de Gabriel trajo vida y alegría, eso fue el mayor tesoro que le pudo dar a su hijo.
Después de
desahogarse y de que el té comenzó a surtir efecto, Gabriel se quedó profundamente
dormido en una de las habitaciones de la casa. Al día siguiente, Ramona le
despertó y le consiguió ropa para que acompañara a la familia al funeral. Sin
responder, solo se levantó e hizo lo que se le pidió. El funeral estuvo muy
concurrido, don Felipe le pidió que estuviera junto a ellos en todo momento,
Gabriel seguía sin pronunciar palabra, solo obedecía. Se le tuvo en la casa,
como unas dos semanas.
El rostro
del chico se mantenía meditabundo, hasta que resolvió pedir permiso para
conversar con don Felipe. Éste le respondió que con mucho gusto le atendería,
pero que quería que salieran a caminar mientras conversaban, que a ambos les
caería bien el aire fresco.
En efecto,
el día estaba claro y fresco, el cielo se mantenía con un hermoso tono celeste
y la brisa era suave.
Gabriel
trató de la forma más respetuosa y educada posible no solo de agradecerles al
doctor y a su familia todo lo que habían hecho por él, pero que consideraba,
después de mucho pensarlo, que era el momento de regresar al circo y
reincorporarse a este y a su familia. El doctor le miró en silencio y luego de
unos instantes le dijo que esperara un poco y lo volviera a pensar; porque él y
su esposa querían que se quedara con ellos, querían darle todo lo que a Carlos
Felipe le habría gustado que disfrutara, querían tratarlo como a un hijo y que
si le parecía, lo querían adoptar, enviarlo a una buena universidad y convertirlo
en su heredero.
La oferta era muy tentadora; es más, cualquiera habría aceptado sin pensarlo siquiera, pero no Gabriel. Llegó a la conclusión de que al lado de su familia es donde debía estar. Que al circo llegan muchas personas con el alma sedienta de vida como lo estaba Carlos, buscando un rato de alegría y diversión jamás pensó que él tenía habilidad para hacer eso, y a la vez encontrar sentido en su vida. Había logrado algo bueno y positivo en la vida de alguien que a la vez marcó la suya.
El doctor
insistió en que se quedara, pero Gabriel, le miró a los ojos, movió su cabeza
en señal de negación y le dijo que estaba muy agradecido por su oferta, pero que
ya estaba decidido y que quería ir a buscar a los suyos. No insistió más y
dijo:
—Hay decisiones en la vida que son trascendentales, ya sean para bien o para mal, pueden afectarte solo a ti, como pueden afectar también a los que te rodean, marcarán lo que serás y lo que tendrás a futuro, marcarán tu destino. Si así lo quieres, así será, porque nadie más que tú conoce tus razones.
Puso su
mano sobre el hombro de Gabriel y le propuso entonces ayudarle a encontrar a su
familia. El chico sonrió y aceptó.
El circo
estaba bastante lejos, se había presentado en varios pueblos y estaban por
concluir su travesía y llegar a su punto de origen para preparar la gira de la
próxima temporada, abastecerse de materiales y brindar una adecuada atención a
todos los animales. Gabriel sabía llegar a ese lugar, así que el doctor se
dirigió en su vehículo hacia allá, en ningún momento tocaron el tema, tuvieron que
viajar por casi una semana y, a pesar de las comodidades, el viaje fue
agotador. Cuando por fin lo encontraron estaban precisamente descargando todo
el equipo, así que había mucha actividad.
Gabriel preguntó a sus viejos amigos dónde estaba su familia y luego de los cordiales saludos le dieron las indicaciones. Los vio ocupados con las cosas del trabajo, lentamente empezó a acercarse, la primera que lo vio fue su querida tía Adelaida y ante la expresión de asombro y de inmensa alegría el resto del clan se dio cuenta de su llegada. Su tía lo abrazaba y se lo comía a besos, contándole lo preocupada que se había mantenido por él; sus primos le recibieron con cariño. Pero de pronto, su tío Cirilo hizo acto de presencia, se acercó silencioso y mirándole fijamente le preguntó:
—¿Vienes
de visita, o has decidido quedarte?
A lo que
Gabriel respondió:
—He
decidido quedarme tío, quiero continuar con la familia, necesitaba comprender
algunas cosas, ahora me siento más seguro.
Su tío por
primera vez sonrió, le abrazó y le dijo:
—Me
alegro.
La misión
del doctor había concluido y, aunque fue invitado a comer con ellos, prefirió
ponerse de regreso de inmediato, no sin antes recordarle a Gabriel que no importa
lo que decidiera ser en la vida, se debe alcanzar dos metas: una es hacer el
bien y la otra es que, hagas lo que hagas, debes tratar de ser el mejor. Esas
palabras acompañaron a Gabriel por el resto de su vida.
Nuevamente está actuando en el circo, pero ya no está como payaso, tiene habilidad y flexibilidad para ser acróbata, su traje y maquillaje es diferente, su presentación también. Y aunque su familia sigue siendo del grupo de los payasos y ya no trabajan juntos, al finalizar la actuación de cada día, se sientan alrededor de la mesa y conversan.
El doctor y su esposa se dedicaron a ampliar su clínica y crearon un hospital al que le pusieron el nombre de su hijo, en él se atiende a muchas personas de los pueblos vecinos. Ese era ahora el propósito en sus vidas.
Después de todo,
todos tomamos decisiones.
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