viernes, 5 de junio de 2026

Dos lunas

por Ilse Ma. Blanco González.

En octubre de 1955, los periódicos ya hablaban del Proyecto Vanguard y de los futuros satélites que algún día orbitarían la Tierra.

La Luna seguía siendo un mundo inalcanzable, y solo los curiosos y los enamorados podían viajar hasta ella con su imaginación.

Fue en ese mes de octubre, cuando tuvieron la dicha de cruzarse en el camino Rodrigo, un hombre galán, contador y con alma de poeta, y una mujer hermosa, inteligente, y bohemia llamada Iris.  Solo una sola mirada de complicidad en ese instante fue suficiente para iniciar un sentimiento que no habían experimentado hasta ese momento.


Me gusta pensar que aquel nuevo sentimiento en sus vidas fue influenciado por algunos acontecimientos astronómicos que se dieron en ese mes. Aunque en ese momento no hubo un eclipse total visible ni un gran cometa surcando el firmamento, lo que sí ocurrió  fue una rareza celeste:  se vieron dos lunas llenas en un mismo mes. La primera apareció el día primero y la segunda el día treinta y uno, fenómeno que hoy conocemos como una Luna Azul, aunque no por su color.

El universo fue especialmente generoso con los nuevos enamorados, no solo regalándoles esas dos lunas llenas, sino también otros acontecimientos estelares que serían testigos de aquellos momentos de pasión, como si fueran señales enviadas desde el cielo para unirlos cada vez más.

La Luna se lució aún más cuando estuvo especialmente cerca de la Tierra y pasó por el perigeo, el punto más cercano de su órbita. Por eso se veía ligeramente más grande, hermosa y brillante de lo habitual.

Y si eso no hubiera sido suficiente para Rodrigo e Iris, sobre ellos cruzaron las lluvias de meteoros Dracónidas y Oriónidas. Las primeras provenían de los restos del cometa 21P/Giacobini-Zinner; y las segundas, del antiguo polvo dejado por el cometa Halley, ambos testigos silenciosos del nacimiento de un nuevo amor.

Una de aquellas noches de octubre, el cielo se engalanó con una hermosa conjunción entre la Luna y Júpiter, que aparecieron muy próximos en el firmamento, fue un hermoso espectáculo, ambos se veían a simple vista extremadamente brillantes, tal cual se veía el brillo en los ojos de los nuevos amantes cuando cruzaban sus miradas.

Para mí no hay duda de que aquella era una señal de que Rodrigo e Iris estaban destinados a continuar juntos por el camino en el que habían coincidido. Algo importante que cambiaría sus vidas, los esperaba en un futuro no muy lejano.

En aquella época, la humanidad se encontraba a las puertas de la Era Espacial. Todavía faltaban dos años para el lanzamiento del primer satélite artificial Ruso el Sputnik 1, y un poco más de una década para que un ser humano caminara por primera vez sobre la Luna.

Mientras tanto Rodrigo e Iris seguían viajando en sueños, elevando sus miradas hacia el firmamento mientras caminaban tomados de la mano, cómo esperando algo más, no solo las noticias de los nuevos avances astronómicos, sino de algo que los sorprendiera aún más.

Gracias a aquellos acontecimientos astronómicos, a los viajes imaginarios y a los poemas que Rodrigo escribió y dedicó a Iris, ella terminó rindiéndose a su encanto y le dio el sí definitivo a su petición de compromiso.

Con el paso del tiempo unieron formalmente sus vidas y, cuatro años más tarde, un martes de abril de mil novecientos cincuenta y nueve, y como fiel testigo de aquel momento, en el firmamento brillaba con todo su esplendor Sirius, la estrella más luminosa de la noche, no sin antes saber que  la Luna en su fase de cuarto creciente se dejaba ver como un delicado cachito de luz colgando del horizonte, tan frágil y brillante como una sonrisa, ambos  eventos listos para ser testigos del acontecimiento tan importante y fruto de su amor que esa noche vivirían Rodrigo  e Iris :  ESA  NOCHE NACI YO.


Dedicado a mis padres por traerme al mundo y dejarme de herencia ser una romántica soñadora.

Agradecimiento al profesor y físico José Alberto Villalobos por enseñar sus conocimientos con tanta pasión, entrega, y alegría y dejarme ver con otros ojos nuestro universo, el sistema solar del cual soy una minúscula parte.