sábado, 3 de enero de 2026

Telescopio en Mare Orientale

Original publicado en "El escorpión de jade con otros cuentos".
Marie Lissete Alvarado y José Alberto Villalobos. EDiNexo.

Formo parte de un equipo de treinta y cinco ingenieros, astrónomos y técnicos, todos astronautas, que estamos instalando el Telescopio Lunar Galileo en el Cráter Hohmann, un cráter de impacto circular de dieciséis kilómetros de diámetro, en el lado lejano de la Luna. 

Soy un técnico medio, un especialista en el traslado de equipo pesado y delicado, como las piezas del telescopio. Eso hace que mis servicios sean necesarios solo en momentos específicos y por períodos cortos. Trabajo durante las dos semanas de luz solar en este punto de la Luna. El resto del “día lunar”, en mi tiempo libre, lo paso explorando el cráter y a veces acompaño a Javier, un amigo que maneja un “rover lunar” parecido al mío. 

Durante la larga, negra y tranquila “noche lunar”, de otras dos semanas de duración, invierto muchas horas observando el cielo con la esperanza de descubrir algo nuevo, un asteroide, un cometa, una supernova, ¡algo a lo que podré poner mi nombre!
Desde luego que los períodos para dormir, reposo, alimentación, estudio y ejercicio, están programados para todos los que estamos aquí en la Luna, de acuerdo con el ciclo de veinticuatro horas de la Tierra, para que nuestra fisiología no se exponga a grandes alteraciones.
El ejercicio físico lo hacemos cada tres días, cuando entramos por dos horas a un dispositivo de gravedad artificial para mantener tonificados nuestros músculos y huesos. Esto debido a que los 1,62 newton/kilogramo del campo gravitatorio lunar son pocos comparados con los 9,80 que experimentamos en la Tierra. 

En el 2055 la NASA y las demás agencias espaciales, definitivamente se convencieron de que para regresar a la Luna con suficiente carga y establecer los módulos para una colonia ―en este caso para construir el telescopio, había que volver a usar una tecnología similar a la del Programa Apolo de la década de 1970. Ahora se usa una versión mejorada del poderoso cohete Saturno V. 

El proyecto SLS y la Nave Espacial Orión se terminaron de diseñar en el 2015. Tuvieron apoyo total y cooperación de varios países, y el primer cohete SLS Block 1b se lanzó en el 2057.
Recuerdo que en el año 2099, veinticinco años después de reiniciarse los viajes tripulados a la Luna, ya había dos colonias de terrícolas, una en el cráter Fra Mauro, donde alunizó el módulo lunar Antares de la misión Apollo 14, el 7 de febrero de 1971. La otra, donde yo  laboro, que es la encargada del telescopio, apenas tiene trece meses de existencia. 

Mis amigos en la Tierra se refieren a este telescopio como el nuevo telescopio espacial, pero yo prefiero llamarlo por su nombre: “Telescopio Lunar Galileo”, pues lo estamos ensamblando precisamente aquí en la superficie Lunar.
Posee características de diseño muy similares a las de su hermano El Gran Telescopio de Canarias, en la isla de La Palma, España, solo que ese está en la Tierra. La diferencia entre los dos sitios es meramente relativa al tamaño del cuerpo del espacio donde está.
Por otro lado, el Telescopio James Webb, que sustituyó al Hubble, al igual que este último, sí es propiamente un telescopio espacial, en órbita alrededor de la Tierra. 

Llegué en el segundo viaje a la Luna que alunizó en el Mare Orientale, a tres kilómetros del borde sur del cráter Hohmann, donde posiblemente dos impactos de meteoros de regular tamaño formaron dos cráteres menores, justamente en el borde.
Javier y su rover especializado en remoción de materiales es parte del equipo que está modificándolos para habilitar la entrada y la salida de vehículos lunares más livianos, y así comunicar el amplio Mare Orientale con el pequeño Hohmann y el sitio de construcción del Galileo. Remover materiales de la superficie lunar no es una tarea difícil o compleja, pero sí necesita desarrollarse con mucho cuidado, porque se quiere mantener muy bajo el grado de contaminación y producir la mínima alteración ambiental de la Luna. Usamos unos potentes “rovers” de cuatro ruedas, alimentados por energía solar, que no producen ningún tipo de gases de escape, pues esto provocaría nubes de polvo lunar que durarían días en asentarse. Solo hacemos una estrecha vía suficiente para que pasen los módulos del telescopio. No nos preocupa que por evitar las rocas grandes resulten algunas curvas suaves en el camino, que de por sí es corto. Nos interesa más no producir una polvareda, con el fino regolito de poca densidad que cubre el “suelo” lunar. Por increíble que parezca, una vez caímos en un pozo de “regolito movedizo” que casi nos traga vivos a Javier y a mí. El regolito lunar que se encuentra en diferentes sitios alrededor del cráter Hohmann es algo particular. Hay zonas de piedras negruzcas del tamaño de palomitas de maíz, semejantes a muestras de lava volcánica, hasta las más finas como la ceniza del volcán Turrialba, que, según se cuenta, cayó en Zapote en mayo de 2016, de un color gris oscuro. Un día viajaba de copiloto en una sencilla misión con Javier al mando, y estacionamos su rover en un sitio para recoger una brillante roca amarillenta que destacaba notablemente. Ambos descendimos del vehículo y, para nuestra sorpresa, casi inmediatamente este comenzó a hundirse lenta pero inexorablemente. Era una trampa de fino regolito que nos mostraba una boca dispuesta a tragárselo todo, justamente a metro y medio de nuestras espaldas. Supongo que nos estacionamos sobre alguna caverna que se había formado hace millones de años en el suelo lunar, quizás producida por el impacto de un gran meteoro que produjo un localizado fallamiento en la corteza y había sido cubierta (sin mala intención, la naturaleza solo actúa) por una inestable capa de fino regolito. Nosotros solo nos volvimos para mirar al rover desaparecer en dos minutos, y agradecer que estábamos de pie sobre un suelo un poco más sólido. La huella de regolito escurrido llegó justamente hasta la punta de nuestras botas de astronauta. La superficie se reorganizó un poco y, al final, para alguien que no hubiese vivido el evento, el suelo quedó casi tan parecido como minutos antes. Ahora, para nosotros, solo quedaba un problema menor: regresar a pie a nuestra base, a solo dos kilómetros de distancia. Fue una de las caminatas más extenuantes, pues dábamos pasos lentamente, escudriñando el terreno en frente de nosotros, tratando de pisar sobre suelo firme, para no correr con la misma suerte que “Titanic”, el nombre que Eduard Shmit, otro compañero le había dado al rover de Javier. ¿Había tenido una premonición, o sabía mucho de historia naval? También tendríamos que explicarle a nuestro jefe que, de alguna manera, la Luna se había tragado nuestro vehículo. Como testigos solo quedamos mi amigo y yo, más la curiosa roca sulfurosa, a la que creo que le debemos la vida. Luego de nuestro accidente se procedió a hacer una prospección más rigurosa, con análisis sismológico del suelo del Mare Orientale en las cercanías del Hohmann, para conocer la profundidad, granulometría y firmeza del regolito. Si alguna de nuestras naves descendiera sobre un sitio semejante, sería atrapada por una trampa mortal con nefastas consecuencias, por lo que se verificó una vez más la solidez y estabilidad del suelo donde se ensamblaría el telescopio. Han pasado dos lunaciones, y ayer, un día antes de la siguiente noche lunar que se avecina en “el lado lejano de la Luna”, alunizo a 5 km del borde sur de Hohmann la nave que trae mi rover para movilizar equipo pesado y delicado. Viene empacado como piezas de lego en cinco grandes módulos: el cuerpo, el motor eléctrico, las celdas solares, las cuatro ruedas y un brazo mecánico semejante al “Canadarm” que usaron los Transbordadores Espaciales de la NASA a finales del siglo pasado. Mi trabajo, por ahora, es descargarlo y ensamblarlo, lo cual no es muy difícil, ya que un cuerpo de 100 kilogramos de masa en la Tierra, aquí solo “pesa” como la sexta parte, unos 162 newton. Además tengo la ayuda de Javier, que por ahora no tiene vehículo que conducir y se aburre por la cantidad de tiempo libre que no sabe en qué invertir. No solo en la Tierra pueden ocurrir situaciones jocosas. Nos sucedió al colocarle las cuatro ruedas a “Sherathan”, el nombre que le puse a mi vehículo. Una vez que pulsamos el botón marcado “desplegar” en el módulo lunar, los cinco legos se deslizaron automáticamente por una plataforma, inició la secuencia y luego fueron colocados ordenadamente por el brazo mecánico que aún tenía cargada su batería y que actuó como un “transformer”, dejando todo en posición como si fuera uno de los “pits” en una carrera de autos. Entonces terminamos de desplegar los paneles solares, hacer los acoples eléctricos y el indicador de “cargando” comenzó a parpadear con una luz verde. Necesitábamos la energía plena de las baterías para concluir las labores de ensamblaje y poner a rodar mi rover por primera vez en la Luna. Pues bien, el módulo de las ruedas trae una versión espacial de un gato mecánico para levantar el extremo de cada eje e insertar la rueda. Resulta que el gato venía algo expandido para que trabara y quedara fijo en su compartimiento, como viene en un Toyota 2043 que tuve en la Tierra. Lo usé por última vez para viajar a Naranjo, el 9 de febrero de 2059, para visitar a mis abuelos Rossy y José, con motivo del cumpleaños cien de ella. Cualquiera pensaría que aún no hay nada de gracioso en el ensamblaje de un vehículo de este tipo, pero a pesar de nuestra experiencia y conocimiento, a nosotros nos ocurrió que, al tratar de colocar este gato bajo el eje no tamos que no cabía, pues su longitud era más grande que el espacio libre entre el eje y el suelo lunar. Y, lo que es la vida, a pesar de nuestros meses de entrenamiento en la escuela de astronautas, sin pensarlo mucho Javier y yo, con la inapropiada herramienta que teníamos (una pequeña pala de playa y la “llave rana”) hicimos un agujero en el regolito que, por mala o buena suerte, resultó ser un sitio muy compacto. Al cabo de cuarenta y cinco minutos de esfuerzo, el hueco alcanzó el tamaño suficiente para acomodar el gato muy holgadamente, bajo el eje delantero izquierdo. Queriendo terminar en corto tiempo iniciamos el palanqueo del gato y este comenzó a estirarse. Pero ¡oh sorpresa!, llegó tan extendido como se pudo, pero sin alcanzar el eje. Por más que manipulamos la palanca, no pudimos elevarlo ni un milímetro. Inmediatamente Javier y yo nos volvimos a ver mudos de la risa y nos dimos cuenta del error. No quedó más que volver a rellenar el agujero con regolito, encoger el gato hasta el mínimo, colocarlo como se esperaba, estirarlo y colocar la rueda. Repetimos la maniobra tres veces más (¡sin hueco!) y regresamos a la base para finalizar al día siguiente, antes del largo descanso nocturno de catorce días. Pero esta vez el reporte fue “Todo normal, jefe”. No contamos lo que realmente sucedió, para evitar ser el hazmerreír de nuestros compañeros. Ha pasado un año y ¡qué casualidad!, hoy es 17 de noviembre en la Tierra. ¡Aquí también!, pues por la pequeña diferencia en hora, solo los 1,282 segundos que tarda la luz en viajar de la Tierra a la Luna, se mantiene el mismo calendario y usamos Tiempo Universal Coordinado. Cuando ustedes, en la Tierra, están de noche y miran hacia acá, nosotros estamos un poco entre la penumbra. Pues bien, los astrónomos han predicho para hoy a las 21:30 U.T.C. (en la Tierra) y durante un cortísimo tiempo de noventa y cinco minutos ocurrirá un pico de la lluvia de meteoros “Leónidas” muy intenso. En realidad una tormenta de meteoros como la de 1833, pero con tan mala suerte que coincide con una extraordinaria luna llena en un perigeo de esos realmente cercanos. El cielo en la Tierra estará esta noche de otoño, muy iluminado y, para rematar, la Luna estará a medio camino entre las estrellas Spica, de Virgo, y Regulus, de Leo, como decía jocosamente mi profesor de estadística en la UCR, “debido a la maldad intrínseca de las probabilidades”. Pero cuando llueve en algún lado, no es cierto que llueva para todo el mundo. Nosotros estamos disfrutando una oscura noche con solo un tímido cachito de “Tierra menguante” que se ocultó hace ocho horas. Una noche perfecta para observar cielo profundo, grupos de estrellas, nebulosas, galaxias. Se especula que hasta podríamos ver el núcleo del cometa Halley, si usamos un viejo C-8 que me traje de la Tierra, y si contamos con los datos correctos de sus coordenadas ecuatoriales (¡lunares!), la ascensión recta y la declinación. Realmente la noche está espectacular, a simple vista y sin mayor esfuerzo hemos visto estrellas de magnitud 9, algo imposible desde la Tierra. “El Pesebre” (M44) en Cáncer, el cúmulo globular de Hércules (M13), “El Joyero” (NGC 47655) en Crux, y el cúmulo “Omega Centauri” (NGC 5139) se ven perfectamente, no se necesitan binoculares. Pero dejaremos eso para otro momento, pues ahora estamos emocionados con la tormenta de Leónidas. Estábamos fuera de nuestro módulo, sentados en el suelo, solo usando nuestros trajes de astronautas, con los visores de nuestros cascos totalmente desplegados, mirando hacia Virgo y con una cámara digital bien plantada en un trípode, lista para atrapar meteoros. ¡Qué raro! Pasan quince minutos alrededor de la hora del máximo esperado, ¡y nada! Entonces Ricard, aquel amigo que casi nunca usa los intercomunicadores nos dice: “Es imposible ver meteoros desde la Luna. No hay atmósfera para producir la compresión de gases requerida para que se forme la estela luminosa que sí dejan los meteoros en la alta atmósfera de la Tierra”. Pues sí pensamos todos: ¡Qué pifia no darnos cuenta de esto antes! ¡Nos preparamos para nada! Comenzamos a regresar al interior de la base, cuando sentimos algo así como una moderada granizada de las que ocurren en las altas latitudes de la Tierra al inicio del invierno. No escuchábamos nada, pero en el liso suelo del Hohmann (liso como lo ven ustedes), comenzaron a formar se algunos cráteres, desde pocos milímetros de diámetro hasta uno como de 2 centímetros, que sí podíamos ver. Algunos en una secuencia rectilínea, como si fueran producidos por cuerpos que rebotan varias veces, haciendo saltos de canguro. Pues claro, en la Luna no se pueden ver ―ni escuchar― meteoros luminosos. No hay “estrellas fugaces” como en la Tierra. Pero sí caen meteoros, como en cualquier cuerpo del Sistema Solar. Nosotros estábamos en presencia de un fenómeno natural de esos que pasan una vez en la vida, quizás cada dos generaciones. Cuando los meteoros impactan el suelo lunar se ven los “meteoritos”, es decir, el objeto propiamente dicho y, desde luego, los mini cráteres, en este caso recién nacidos. Si el meteoro es suficientemente grande y el sitio es apropiado, se pueden observar fenómenos transitorios. El suelo es brillante por unos segundos, como si produjera diminutos “Aristarcos”, en una superficie parecida a la toba volcánica que hay en los alrededores de Liberia, en Guanacaste. Recogimos algunos de los pequeños meteoritos, que no parecen estar calientes, pues como nos dijo el profe de astronomía, lo que se pone incandescente en la Tierra son principalmente los gases de la onda de choque que va delante del meteoro, pero aquí no ocurre nada de eso. El meteorito más grande que recogimos parecía un conglomerado de rocas y metal. Era del tamaño de un jocote (1,5 cm de diámetro), quizás el que produjo un cráter cien veces más grande. Pero la gran mayoría eran como de dos o tres milímetros, algunos de material ferromagnético. Los distinguimos del regolito por su efecto en una brújula estándar, que Javier había traído con la esperanza de poder contradecir al profe, sobre la no existencia de campo magnético bipolar en la Luna. Por la gran cantidad de cráteres en secuencia dedujimos que la tormenta sobre el Hohmann fue bastante rasante y localizada. Por suerte no tuvimos ningún impacto directo sobre nuestras personas y el equipo. Esta vez sí teníamos algo muy bueno que reportar, además de nuestra buena suerte de no ser blanco de esa ametralladora de meteoroides leónidos, no solo al jefe, sino a los frustrados astrónomos en la Tierra.

El telescopio, su edificio y otras instalaciones necesarias son modulares, para ensamblarse como un gigantesco “lego”, que finalmente se completará con las conexiones de fibra óptica y electrónicas, más las computadoras y la antena parabólica de la estación de radio para comunicaros con la Tierra. El “hotel” para los astrónomos, técnicos e ingenieros no estarán dentro del Hohmann. Los “cimientos” para todo el complejo los construimos Javier, Ricard y yo, usando ciertas características de diseño de los “rovers”. Preparamos una especie de “concreto” para construir una plataforma, con sólidas columnas de anclaje al suelo lunar, algo parecido a las torres de soporte de las plataformas petroleras fijas, que se construyeron a finales del siglo XX en el Golfo de México. La diferencia es que aquí no son de acero, sino de “concreto preparado con regolito lunar, reforzado con nanotubos de carbono, aglomerados por medio de una resina epóxica especialmente diseñada para este proyecto. Hicimos pruebas in situ de la receta diseñada en la Tierra, pues hay sus diferencias entre lo que hicieron ellos en el laboratorio y lo que se hará en la Luna, debido a las condiciones locales de presión, temperatura, humedad relativa, atmósfera y gravedad, que afectarán de manera diferente el tiempo de secado y el endurecimiento de la mezcla. Ya nos pasó un problema y el secado rápido nos jugó una mala pasada, dejando atrapadas algunas herramientas en un bloque cúbico de 25 cm de lado, que quedará a la entrada del complejo, como recuerdo para los futuros astrónomos. Parece una de esas esculturas de abolición del ejército, hechas en la Tierra a finales del siglo XIX.

Dos años después, el Telescopio Lunar Galileo está ter minado y operando de manera extraordinaria. Es un telescopio óptico segmentado de 10,4 m de apertura, casi idéntico al Gran Telescopio de Canarias, pero con la ventaja de estar en el lado lejano de la Luna. Ha sido el instrumento clave en varios descubrimientos y en el reconocimiento de algunas teorías por la comunidad científica. A mí me pasó algo parecido a lo de Milton Humason en 1919, en el Observatorio Monte Wilson. Como él, llegué como chofer de rover y terminé como astrónomo. Yo me gradué como ingeniero en mecatrónica en el Instituto Tecnológico de Costa Rica y luego viajé a Austin Texas para un posgrado. Cuando terminé se había funda do un consorcio privado con aportes de capital y dirección de varios países, quizás como un CERN Astronómico . Sacaron a concurso cuatro becas de entrenamiento y posterior trabajo, como especialistas de misión (¡chofe res de rover de última generación!) en la Luna. Yo apliqué y obtuve la plaza, junto a Javier, Ricard y Eduard, ingenieros de Francia, Japón y Brasil, respectivamente. Siempre quise ser un astrónomo de los que observan el cielo, con sus ojos o con instrumentos. No un astrofísico de computadora, que no sabe dónde está “la cucharita”, en Sagitario. Por eso, cada vez que pude fui invirtiendo una buena parte de mi tiempo libre en estudiar, conocer el cielo y ofrecerme como asistente para los astrónomos que operaban el telescopio. Memoricé una sector del cielo en Coma Berenices, no solo la posición de los objetos visibles, sino las fuentes de radio y de ultravioleta, las galaxias y sus cúmulos. Podría decirse que me lo sabía mil veces mejor que la palma de mi mano. Desde luego regresé varias veces a la Tierra, por “vacaciones terapéuticas” de seis meses, pero hace un año se presentó una vacante definitiva por motivos de salud, apliqué y me dieron el puesto de “coordinador optomecánico” del Galileo. La integración al equipo fue casi automática. Esto ocurrió en una etapa como de inflación en los hallazgos que producía nuestro equipo de astrónomos. Con ese telescopio logramos descubrir el equivalente a la Nube de Oort en Alfa Centauri A, el cometa P/20885F “Rossy-Villa” con período de 1963 años, y ocho posibles “enanos” del Sistema Solar que están esperando más observaciones para ser reconocidos.

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