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domingo, 1 de marzo de 2026

Dolores Villalobos, mi abuelo y yo

Escrito el 16 de agosto de 2014.
Publico esto ahora, porque me parece interesante 
que la familia lo conozca 
y porque la profesora de Teatro Alternativo quiere 
que haga un trabajo similar al que hice en 
pero esta vez sobre un personaje masculino.

Allá por los años 1950, yo vivía con mi mamá María Luisa Villalobos Morales, en casa de mi abuelo José Dolores Villalobos Alfaro, en Naranjo de Alajuela.

Don Dolores, o don Lolo, como a veces le decían vecinos y amigos, supongo que había concluido la escuela primaria, o al menos estuvo lo suficiente para aprender a leer y escribir correctamente, redactar cartas y escritos con suma facilidad. La Escuela República de Colombia fue fundada el 2 de agosto de 1938, ¿iría a esa? Voy a investigar.

Por su acuciosidad, ingenio, un poco de picardía y chispa, que pude apreciar desde niño, llegó a ser secretario de la Alcaldía de Naranjo, cuando el alcalde fue Emilio Moya. Creo que entre los dos se tomaron muchos traguitos en las cantinas del cantón. En esos años se llamaba Alcaldía a lo que ahora es la dependencia de la Corte Suprema de Justicia, que llamamos Juzgado. Don Lolo siempre andaba con un sombrero negro de fieltro (Borsalino).

Trabajó en su casa como “abogado-tinterillo” por muchos años. No estoy completamente seguro y se los dejo para que lo investiguen, creo que le ayudó a Orlando Serrano (el genial “Orlando Loco”) a redactar la solicitud de la creación del Colegio de Naranjo. Tenía una máquina de escribir de cinta (negro y rojo) Smith-Corona, que yo aprendí a usar.

Una feliz oportunidad se le presentó a mi tío Pachico que, debido a la falta de trabajo en Naranjo, había viajado a Limón, a jugar fútbol y a tomar un puesto de guarda en la cárcel de ese puerto. Luego entró a la Alcaldía como misceláneo, siguió como prosecretario, secretario, alcalde y  finalmente Juez Primero de Limón. Resulta que se encontró entre los archivos viejos de la Alcaldía, una solicitud de un expediente, firmada nada menos que por mi abuelo, como secretario de la Alcaldía de Naranjo, quizás más de 20 años atrás.

Mi abuela había muerto de diabetes hacía algunos años, pero sí la recuerdo, haciendo tortillas  en una cocina de leña que estaba en la última habitación de la casa, no sabía por qué, con piso de tierra (ahora me lo aclaró William Gonzalo; "para no tener problemas con tizones y  brazas"). Recuerdo tres o cuatro carretadas de leña, estibadas en un galerón contiguo para que no se mojaran. Subirse a lomás alto - casi tocando el techo-, durante un aguacero y quedarse dormido, era algo extraordinario.

Mi abuela era un poco morena, bajita y de labios gruesos. Mi mamá me dijo  que sus padres o abuelos eran indígenas salvadoreños, su nombre era Argemira Morales Rodríguez. Tuvo cinco hijos y cuatro hijas; el orden es: Hernán (casado con Ofelia Muñoz), Helena (casada con Aníbal Gonzalo), María Luisa (casada con Eulalio Romero), Deifilia (casada con Efraín Vargas), Lidylia (soltera), Danilo (casado con Zoraida Calderón) y Francisco (casado con Mireya Arias). Si no le da la cuenta es porque dos de los niños murieron, sus nombres eran Ivo León y José Walter. Mi madre me dijo que mi bisabuelo se llamaba León Villalobos y que una vez ella se atrevió a decirle “león, cabeza de tigre zoncha pelada”, así que lo del poco pelo y muchas otras cosas agradables, seguro vienen  por los Villalobos.

Donde estaba la cocina de mi abuela, luego hubo una vieja cocina eléctrica, de resistencias dentro de una espiral de cerámica aislante, que cuando se quemaba el “resistor”, simplemente se arreglaba juntando los dos pedazos del resorte, traslapándolos. También había una máquina de moler maíz y una de moler café ya tostado.

Recuerdo que un vecino tenía una máquina “chancadora” que permitía romper la “cereza” del café maduro, para luego secarlo y eliminar el pergamino. Varias veces al año nos hacía ese favor.

La casa del abuelo Lolo estaba junto a la Unidad Sanitaria, en un solar grande de lado a lado de la calle cercado a todo el rededor con olivo, donde está ahora la Cruz Roja. Mi abuelo tenía sembrado café y había un gran palo de mango criollo, algunos cítricos, guineos, una intermitente “chayotera” y una enredadera de “tacacos” de las que nunca faltaban por ese tiempo y nos ayudaba mucho con el sustento diario. 

Había luz eléctrica para los bombillos de los dormitorios y la sala, pero nunca tuvimos una refrigeradora, ni ducha de agua caliente. La carne se traía fresca de las carnicerías del mercado, cuando se iba a usar, lo mismo sucedía con la mantequilla, el queso y la leche.
Esta última por ese motivo se hervía. Yo odiaba la nata, pero mi tía
Deifilia hacía unas deliciosas galletas con ella, recogiéndola durante varios días; no se asuste, esto último ocurrió cuando ya había refrigeradora, por los años sesenta y cinco y yo estaba en el Colegio de Naranjo.

Creo haber visto a mis tíos pintar el exterior de la casa del abuelo, con una “pintura de agua”, era un polvo -importado- que venía en una caja, quizás unas dos libras, que se revolvía con agua. Se reforzaba con un pegamento casero, hecho de la planta llamada tuna dejada en agua por algún tiempo. Se aplicaba con una brocha de encalar, hecha de hilos de cabuya, o henequén. Con el tiempo la pintura se desprendía en cascaritas como las de cereal de maíz llamado zucaritas.

Borsalino



Tacacos.

Lavadora.

Es curioso y aún no sé el motivo, pero para los viernes santos, había que preparar de antemano los alimentos, porque la compañía eléctrica de la empresa de “Juan Mercedes Matamoros” o de “Enrique Vega” suspendía la luz por toda la tarde, como para cumplir con una especie de “Sabbath”, aunque fuera viernes. Cuando Deifilia se casó y vivió un tiempo con nosotros tuvimos una lavadora “Speed Queen” de  color blanco, un solo tanque y con dos bolillos rotatorios para exprimir la ropa, que varias veces me atraparon la mano, hasta el antebrazo. Por suerte tenía un "desarmado de emergencia", con solo golpearlo.

No había medidores de consumo eléctrico en ese entonces, no recuerdo como se cobraban los kilowatt-hora. Lo que sí recuerdo es que la instalación eléctrica de la casa (cordones colgando del cielo raso, tensados por puentes de una cerámica blanca quebradiza) se conectaba al cableado de la compañía, con algo que los electricistas llamaban “cucaracha”, que se quemaba con cierta frecuencia cuando había un cortocircuito y tenían que venir a arreglarla. Supongo que una “cucaracha” es una especie de circuito puente como el de Wheatstone.

La habitación del baño era muy amplia y fría. Había un inodoro un poco cómico de esos con el tanque en alto, como a metro y medio encima de la tasa  (¡y de su cabeza!). Se halaba una cadena que levantaba el tapón para que descendiera el agua. Además, afuera de la casa había un “escusado de hueco”, al que había que ir con papel periódico, cuando fuera necesario, no importa si era de día, de noche, con miedo o con lluvia. Tanque séptico o cloacas no pasaba por la mente de la gente.

La aspersión del baño era el modelo de la época, una "lata" de avena Quaker guindado con un alambrito de la tubería de hierro (aún no había pvc), con huequitos hechos con un clavo de una pulgada, -cualquiera podía hacerlo-.

Es interesante como cambia el sentido de seguridad y de confianza con los años. La casa de mi abuelo Lolo estaba totalmente abierta por la parte trasera (hacia el cerco) y no había un solo llavín, solo “trancas” de madera con un clavo atravesado por el centro y quizás algunos trabados picaportes. Bueno no teníamos nada más valioso que nosotros mismos.

"Fada"
 

"Grundig".

Recuerdo un radio “Fada” pequeño como del tamaño de dos tapas de dulce de aquella época, en el cual escuchábamos principalmente noticias en Radio Reloj (... "a la hora meridiana cuando el sol está..."). Después Efraín compró un “Grundig Magestic” que tenían mayor presencia, más alto, con forro de tela al frente y 5 perillas para las bandas que parecían los dientes de un gigante, -lo último de la época-.
La televisión (en blanco negro, desde luego) llegó cuando yo estaba en el colegio.

Las ventanas de la casa –cuatro vidrios en un marco de madera- eran deslizantes de subir y bajar y un clavo para sostenerla a medio camino, algunas totalmente abiertas , se cerraban en la noche con una puerta de madera y un picaporte.
Tengo el recuerdo de una frase que no se me olvida; en una ventana de la sala que daba a la calle se podía leer un letrero translúcido, que estaba pegado en el vidrio. Desde adentro se leía: idnahcE oiraM aviV, eso le dará una idea del color político de mi abuelo (y de la familia) en esa época.

Recuerdo unas cortinas hechas con largas filas de tubitos de vidrio de unas dos pulgadas de largo y un diámetro como los actuales bolígrafos, con tapones de hule en los extremos y atravesados por hilo número 10. Los tubitos venían de algún tipo de inyectable, que por ser desechables alguien de la Unidad Sanitaria nos había obsequiado. Había también cortinas hechas con envolturas de cigarros ingeniosamente acopladas -de Ticos, Irazú, León- y uno que otro  de Luky Strike, Emu o Camel.

El piso de la casa era de tabloncillos y tablas grandes. Había algunas grietas, producidas por el frecuente lavado y encerado. Recuerdo que, para una navidad, cuando tenía como unos 6 años recibí un “velocípedo” y se me ocurrió seguir manejándolo mientras me tomaba un vaso de “agua de azúcar”. Bueno una de las ruedas traseras se hundió en una grieta y me volqué, cayendo apoyado con el vaso en la mano derecha, el cual se quebró y me dejó una herida entre el pulgar y el índice, que aún se nota. No entendí por qué el chiquillo rico del barrio recibió un “triciclo de cadena”, que me parecía fabuloso.




 



No crean que no había fresco de limón o naranja, de chan, o de tamarindo, y de vez en cuando cola, zarzaparrilla, o limonada, producida por una embotelladora que había en Alajuela, cuyo logo era el domo rojo de su catedral. También había “spur cola” y  old colony soda” que yo no sabía de dónde venían, pero el fresco de avena  en agua, o simplemente  agua con una cucharada de “azúcar” era lo más fácil y barato. El azúcar Victoria llegaba a las pulperías en sacos de manta fina pero resistente y con ellos a veces nos hacían calzoncillos.

La casa de mi abuelo estaba frente a la pulpería de Nino Serrano, padre de Orlando y Carlos Manuel, quien fue compañero en el Colegio. Don Nino vendía muchas cosas, entre ellas deliciosos bananos pecosos y pequeños, (el criollo) a cinco y los grandes (como el de la United Fruit Company) a diez.  También cajetas a diez y a peseta, lo mismo que melcochas de coco “La estrella” algunas de las cuales traían una etiqueta oculta que decía “premio, una melcocha”. 
No Faltaban las bolitas de confite de limón, duras como canicas, pero rendidoras. Recuerdo varias veces haber llegado con tres amigos y decirle a don Nino, “ véndame una cajeta y 4 vasos de agua” (no se usaba el ridículo y confuso "me regala", como ahora).

De la panadería de Clemenciano Arias, que estaba al otro lado de la Unidad Sanitaria, provenían  además de bollitos de pan de a 5 y de a 10, galletas, bizcotelas, quesadillas, polvorones, rosquillas, cachos, suspiros, orejas, gatos, cuñas, ilustrados, borrachos, prusianos, etc. No faltaban, desde luego los “helados de palito”, que seguro los hacía la esposa de don Nino, la señora Signe Johansson.


Melcochas.

Confites de Limón


 

Borrachos.

Frente a la Unidad Sanitaria, estaba la otra pulpería del barrio “Pueblo Nuevo”, la de Genaro Mora, que tenía su casa al lado. Recuerdo ir  allí a “comprar con libreta”. Se usaban dos, una que se quedaba en la pulpería para control de don Genaro y otra para el cliente, curiosamente se anotaban las compras con un lápiz, pero nadie se atrevía a usar un borrador. Se pagaba por semana o por mes, según el salario del cliente. 

Por la parte trasera del solar y separada por el camino de tierra que iba hacia San Jerónimo y Cirrí, estaba la casa de “Doña Pachica Rodríguez” que tenía una guapa hija (Virginia), casada con Fernando Rojas Meza, un odontólogo empírico que tenía una mano suavecita para sacar muelas.
Le decían
  “abejorro” y tuvo tres hijos (todos “abejorros”) que en su momento se graduaron como odontólogos en la U.C.R., por lo que le dieron un reconocimiento a la familia. 
Melvin, el mayor fue compañero en los primeros años del Colegio de Naranjo. Éramos buenos amigos de juegos casi todos los días, pero cuando le pedía permiso a su padre, no sé si por broma o para no dejarlo salir, le hacía preguntas sobre matemática, por ejemplo, le pedía que dijera “la tabla del 3,75, del uno al trece".

Doña Pachica tenía detrás de su casa una finca, con palos de naranja, mangos, jocotes, guabas, limones dulces y ácidos, grapefruit, caña de azúcar, café, pejibayes y terminaba en una limpia poza que visitábamos a veces, pero yo no aprendí a nadar allí.
La finca que visitábamos a escondidas, porque al dueño no le gustaban las visitas, tenía jocotes, guabas y guayabas (¡para hacer jalea!). Era la de José Corrales, quien tenía su casa a la orilla de la carretera a Sarchí, en el alto antes de llegar al cementerio.

Al otro lado de la calle, colindando con la casa y panadería de los Arias, vivía Esnider Rodríguez, el jefe del Resguardo Fiscal de aquella época, que se dedicaba principalmente a buscar “sacas de guaro de contrabando” escondidas en alguna finca del Cantón, eran los únicos autorizados a entrar a una casa. Su esposa, Leonor, era sobrina de la esposa de don Nino. Dos de sus hijos, Henry y Daysi (como la novia del pato donald) fueron compañeros de escuela.

Entre la casa de los Rodríguez y de los abejorros, había una humilde casa, donde vivían “los muflas”. Dos de los hijos menores eran “Cali” y “Pelón”, más o menos de mi edad. Creo que uno de sus hermanos mayores era cobrador de una de las “cazadoras” de Beto Pérez, que viajaban todos los días de Naranjo a San José, el pasaje era de tres colones y tardaba dos horas por el camino viejo, pasando por Sarchí, Grecia, Alajuela y Heredia.

Por entonces una de las únicas aceras que había en el barrio era la construida alrededor de la Unidad Sanitaria. En esa acera, “los muflas”, algún otro vecino del “barrio cuita blanca” que quedaba camino hacia “el rastro” (el Matadero Municipal de Naranjo), quizás Omar Arroyo (“plaga”) y yo, jugábamos de carritos casi todos los días, viajando imaginariamente con nuestras cazadoras, a Villa Quesada, Puntarenas y San José, haciendo señales, parando y recogiendo pasaje, avisándonos de la presencia de tráficos, era muy divertido.

Volviendo a mi abuelo Dolores “ratón”, supe que en sus tiempos de alcalde tenía que visitar los distritos de Naranjo, montado a caballo y a veces bajo la lluvia por los lodazales de los caminos de la época para hacer alguna notificación (no como ahora que se la envían por correo electrónico), hizo muchos amigos y algunas amiguitas, era un poco enamorado. 
Hay una anécdota interesante respecto al apodo familiar; mi hijo Javier como de unos 10 años le dibujó una tarjeta a su abuela María Luisa para el día de la madre y sorpresa, la tarjeta tenía tres pequeños ratoncitos rosados. Cuando la vimos, los mayores nos morimos de la risa, aunque Javier, en ese momento no supo por qué.

Mi abuelo tenía un personaje ficticio, un “doctor” que podía ser en medicina, leyes, letras, ingeniería, mecánica, o ciencias, usted escoja.
Eso no importaba porque el “Doctor Iturribarry Berrigorry Chinchapel Chinchurretasiempre salía airoso en cualquier situación, con la misma facilidad que podía meter la pata y equivocarse totalmente.
Era capaz de contestar cualquier pregunta, realizar la acción requerida, o fallar totalmente, era un “todo terreno” para cualquier lado.
Cuando mi abuelo quería referirse a una persona que había hecho algo muy bueno, o muy malo, decía que era el citado doctor.

A veces mi abuelo era un poco -tenaz- con el comportamiento de alguna persona. Recuerdo que había una bonita chiquilla, unos 5 años mayor que yo y que por entonces ayudaba en el taller de costura de mi madre y tía Deyfilia. Su nombre era Enilda Barrientos y éramos familia cercana.
Era delgada, morenita, de pelo hasta la cintura, negro, lacio, brillante y bien cuidado, quizás algo
pizpireta pero buena gente, sin embargo, mi abuelo solo se refería a ella como “la india bárbara del norte”.
Su familia emigró a Guadalupe y recuerdo que cuando hice el examen de admisión en la U.C.R. en 1960, ellos gentilmente me hospedaron en su casa, la noche anterior y me llevaron al Cine Río.

Por muchos años mi abuelo, ya pensionado, me llevaba a pasear donde el viajara. Fuimos varias veces a Turrialba y nos quedábamos donde Hernán, que era en ese tiempo el Inspector de Trabajo de la zona. La cazadora se tomaba en una estación que había en avenida central, al frente del Banco de Costa Rica, recuerdo haber visto a la venta allí un tarrito de “Pomada Canaria”. El pasaje costaba 3 colones, la duración del viaje dos horas y me parece que siempre llovía entre Curridabat y Tres Ríos, también por Juan Viñas. Turrialba se mantenía normalmente con una garúa entre fina y gruesa, típica del clima del atlántico.

Varias veces fuimos a Limón para visitar a Pachico.
Una vez el paseo coincidió con la visita del “
Circo Atayde”, con animales, trapecistas, payasos, magos y bailarinas, fue para mí una experiencia única.
El tren se tomaba en “La
Northern”, había dos posibilidades, tomar “el local” que paraba en cada una de las 62 estaciones, salía a las 8 de la mañana y llegaba como a las 5 de la tarde. O tomar “el pachuco”, que solo paraba en cuatro estaciones, Cartago, Turrialba, Siquirres y Batán, salía a las doce y llegaba como a las tres de la tarde. Eran trenes tirados por locomotoras de carbón, con su típicos silbatos, columnas de humo negro y a veces blanco, el sonido “cchhuu, cchhuu…” y los problemas para subir cuestas.

La primera vez que fuimos a Limón, a Pachico se le ocurrió que fuéramos a Piuta para que yo tomara un baño de mar en la arenosa playa. Cuando terminé me llevaron a un sitio cercano donde salía un gran chorro de agua, -de esos que te dejan morada la espalda-, que los lugareños usan para quitarse el agua salada.
Mientras lo hacía, mi abuelo que esperaba se subió en una piedra y en actitud entre solemne y jocosa comenzó a dar un discurso imaginario que inició con “Hijos de la gran Piuta…”

Cuando mi hermano Francisco estaba comenzando a caminar, ubique usted el año, mi abuelo inventó para nosotros y sin proponérselo un inocente juego que usamos y disfrutamos por mucho tiempo. Laura y Adolfo ya estaban un poco más grandes, también mis primos William, Alejandro, Hilda y “Nenis”, desde luego “Rafaelito”.

Resulta que don Dolores se encariñó mucho con Francisco, su nieto menor por entonces lo llevaba al centro de Naranjo y lo cuidaba con celo. Todos esos hermanos y primos nos reuníamos a veces a jugar, escondido, o de carritos, en el solar de mi abuelo y Francisco entre gateando y caminando nos seguía. Un día nos fuimos todos hasta el fondo y regresamos corriendo a la casa y al vernos mi abuelo nos regañó diciendo “dejaron al chiquito solo”.
Nosotros nos reímos y lo fuimos a buscar y en ese momento nació el juego.
En los meses que pasaron llevábamos alzado a Francisco hasta el fondo del cafetal y regresábamos corriendo a la casa, nos volvíamos a ver y todos decíamos a coro “el chiquito solo” y lo íbamos a buscar. Tanto nos gustaba este inocente juego que a veces llevábamos a Francisco a la casa de mi
tía Elena, que también tenía un “cerco” pero más pequeño y allí también jugábamos “el chiquito solo”. Francisco creo que también disfrutaba el juego y cooperaba, quedándose quieto donde lo dejábamos esperando.

Cuando yo cursé mis dos últimos años en el Colegio de Naranjo, en 1959 y 1960, mi abuelo y yo leímos juntos "El Quijote", los dos tomos completos. Le gustó bastante y me ayudó a escribir algunos resúmenes, con una pluma de fuente "Esterbrook" que apreciaba mucho. Abuelo tenía una letra algo estilizada, un poco inclinada hacia la derecha, lástima que no me quedó ninguno de sus escritos.

Mi abuelo murió de cáncer de próstata en 1960, bueno eso dijeron los médicos, pero creo que murió tranquilo, simplemente de viejo, pues no recuerdo escucharlo quejándose de algún dolor (a pesar de llamarse Dolores), ni recuerdo visitas al médico. Yo lo rasuraba de vez en cuando.
En sus últimos días yo dormía en su cama, supuestamente para vigilarlo y ayudarle por si necesitaba algo, pero siempre fui buen dormilón.
En la noche o madrugada que murió, me desperté a eso de las cuatro o cinco de la mañana y me pareció que ya había terminado su vida. Le hice varias pruebas, que se me ocurrieron, incluyendo una de respiración usando un espejo. A pesar de que estaba seguro, no avisé a mi mamá y esperé como hasta las seis que se levantaron ella y mis hermanos para prepararse para la escuela y les di la triste noticia. 
Yo estaba muy calmado.

jueves, 12 de diciembre de 2024

Helados de sorbetera en “cucurucho” llegan a Naranjo el 02/08/1925 (teatro)

Personajes:
Don Canuto, Vendedor callejero de helados.Luisa (María Luisa Villalobos; mi mamá,ea una niña de siete años. Argimira de 35 años, madre de Luisa y mi abuela.


DON CANUTO
[Con su carretilla en la que lleva una sorbetera con helados]

Helados, helados… , en “cartucho”, helados de nieve de limón. helados a “peseta”.
LUISA
[Camina con su madrefrente a la Iglesia de Naranjo]

¿Mamá que es eso, punteado como un “cucurucho” color café, como los de papel en que venden maní?


ARGUIMIRA
Son “cucuruchos” de crema de leche, como la que yo hago en casa.
Esos son como de jalea aguada de guayaba.
Pero por el color creo que son de limón.
Solo que en la casa la crema está tibia
y la que lleva Canuto está algo fría.

LUISA
¿Cómo la pone helada?

ARGUIMIRA
En esa maquinilla, que le da vuelta hay un balde de hierro con la crema.
Afuera en esa caja hay tucos de hielo con un poco de sal.
Así la tiene fresquita. Y la vende metida en los cucuruchos.

LUISA
Pero no la sirve en una tacita y con cuchara...
Pone la crema en ese “cartuchillo” color café,
parece un poco duro.
ARGUIMIRA
Si es para que usted lo agarre y se lo “chupe”.

LUISA

El papá de aquel chiquillo le compró uno.
Lo está chupando con la lengua, ya casi se lo termina.
¡Mira! ¿Mamá, Me compraría uno?
Quiero probar como es y a qué sabe esa cosa fría.

ARGUIMIRA
Sí aquí tengo esta peseta. Vaya compre uno.
Anímese… usted puede. Aquí la espero. 
Solo dígale; “Véndame uno”.
¡Vaya… Si no deme esa peseta!

LUISA
[Se acerca a la carretilla de Canuto]

Deme uno de frío de limón.

DON CANUTO

[Saca un cucurucho café, parece muy duro, 
seguro se les pasaron de horno en 
la Panadería de Clemencia Arias. 
Con una cuchara lo llena lentamente 
de “helado de sorbetera"]

Si niña aquí tiene.
Uno bien lleno para usted.

Una…, dos…, tres… cuatro…, cinco cucharadas, con feria.

LUISA
[Lo toma y empieza a chuparlo, 
mientras regresa donde su mamá]

Mamá,... ¡hay partecillas que saben a sal!

ARGUIMIRA

¡Si, ... pero es solo en la orillita!

DON CANUTO

[En voz alta como para que lo escuchen las dos]


Perdón, seguro toqué la sorbetera al servirlo.

LUISA
 [Seguía caminado hacia su mamá, se voltea hacia Canuto]

¡Señor, … Ahorita le devuelvo el cuerito!

domingo, 1 de diciembre de 2024

El pisa papel del Bellavista (pata teatro)

Borrador para una obra de teatro corta.
Basada en el cuento “Sueños entre recuerdos”,
por Marie Lissete Alvarado y José Alberto Villalobos.
Publicada en “Los demonios de Occator con otros cuentos",
página 35 a 47. EDiNexo 2017.

Personajes: MARIA LUISA. madre de PEPETO Extras: chofer del bus, maestra, estudiantes de escuela y de Colegio -con uniforme-, varios adultos.

[Son las 5 de la mañana del miércoles primero de diciembre de 1948. Pepeto duerme  tranquilo en su casa, en Naranjo de Alajuela. Sumadre le da un leve empujón y lo despierta].

MARIA LUISA
Pepeto, despierta, debes levantarte, tomar un baño, vestirte y desayunar, porque a las seis nos vamos para San José.
PEPETO
Sí mamá, ya voy
[se levanta y… sale de escena].

[En la parada de las cazadoras
de Naranjo-San José, costado Este del Mercado
].

Chofer del bus
Buenos días doña Luisa, le reservé los dos campos que me dijo; el 4 y el 5 del lado derecho. Son cuatro “pesos”, salimos en cinco; a las seis. Para llegar a “Chepe” a las siete y tres cuartos, si no llueve.

MARIA LUISA
Muchas gracias, que amable.
[Paga, entra con Pepeto y se sientan, primera fila de dos asientos a la derecha].
[06:00 a 06:30]

MARIA LUISA
[Hablando con Pepeto].
Bueno, nos vamos, que Dios nos lleve con bien.
Mira la casa y “La Unidad Sanitaria”.
El cementerio.
La entrada a “San Miguel”, y la del “Hoyo”. Dicen que lo van a cambiar por “El Rosario”. Esas casitas son “El Villano”, o “Dulce Nombre”, ¡Que raro es eso!
Allá al frente, del otro lado viven tus abuelos.
Aahh, ya repararon este lado del puente del “Río Colorado”.
Aquí es “Sarchí”; Sarchí Sur, ¿O es Norte?
Bueno los dos son Sarchí, donde hacen y pintan carretas.
PEPETO
Mamá, ¿Qué pasa si tengo ganas de orinar?
Ahora no, pero más tarde.
MARIA LUISA
Tendrás que aguantar un poco hasta la parada en San José, como a las ocho.
[06:20 a 07:30]

PEPETO
¿Por qué huele a “cachazas”, o como “espumas”, “perico”, “sobado, con maní”,
¿qué rico y “tamuga de dulce”?
MARIA LUISA
Bueno, hace un ratillo pasamos Grecia.
Creo que estamos en Tacares, donde hacen azúcar.
Ves esos “chapulines” cargados de caña, la llevan al “ingenio”.
Es diferente de un “trapiche”, como el de Naranjo, en el bajo del río, antes de cruce a San Gerónimo y Cirrí.
¿Vez eso allá abajo en el río, cerca del puente? es la hidroeléctrica de "Carrillos de Alajuela".
Estamos en la parada de Alajuela.
Aquí podrías orinar si tienes ganas.
PEPETO
No, no tengo. Te digo cuando.
¿Don Beto parará la “
cazadora” si tengo de hacer del uno?
¿Y si es del d…?
MARIA LUISA 
[un poco más tarde]
¿Sentiste esos brincos?
Es que acabamos de cruzar la línea del tren.
Estamos en San Joaquín, ¿O es Río Segundo?
Ya no me acuerdo. Hace mucho que no paso por aquí.

Bueno al fin Heredia, Ya falta poco.
Aquí la cazadora no para. Si tienes ganas, mejor te aguantas.


[07:50 a 08:30,
Pepeto y su mamá se bajan de la cazadora en San José.
María Luisa lo lleva a los orinales de la parada.
Luego caminan tranquilamente, deteniéndose en cada ventana,
para ver todo lo que hay.
Están llenas de regalos del niño
].
-----agregar---

[08:55
Pepeto y su mamá que van a visitar a la familia Gámez,
en “Cuesta de Moras”,
están pasando enfrente de la entrada
 del Cuartel Bellavista.
Una señora con aspecto de directora de escuela
(o de futura ministra de educación)
sale por la puerta,
toda preocupada, mira para todo lado ].

MAESTRA
¡Aahh…, que dicha que al fin llegaron!
Creíamos que no iban a poder.
Bueno pasen, solo quedan los dos campos de ustedes.
¡Apúrenle, ya va a empezar!
MARIA LUISA

[Para sí misma y viendo que en las últimas filas hay un adulto, un niño con camisa blanca y pantalón azul,
igual como está vestido Pepeto
]
¡Nos está confundiendo con una delegación escolar de algún lado!

Vamos hijo, entremos, descansamos un poquito
y veremos qué pasa.

PEPETO
Si mamá ya estoy cansado de caminar. Estos zapatos nuevos, que me hizo tío Anibal, me están “chimando” el dedo gordo. Tengo un poco de hambre y sed y ahora si me dieron ganas del uno.

[Varios personajes alternativamente
dan cortos discursos en medio de aplausos.
Tres jóvenes de edad de colegio llevan un mazo
al señor que parece principal,
este lo toma y golpea una pared del cuartel,
que se rompe en unos 20 pedazos pequeños.
Aplausos, un último discurso de 2 minutos
y los señores principales se retiran
].

PEPETO
[Que se había acercado a donde cayeron
los pedazos del muro
]
Mamá voy a coger ese pedacito pequeño,
el de tres colores y parece un cuarto de naranja.
Se lo voy a llevar a mi abuelo para que maje papeles. ¡Hummm...¡Pesa como “
media libra”!

[los otros chiquillos y muchachos
hacen lo mismo y en el piso
solo quedó un poco de polvo
].

MAESTRA
Vengan tomen un refresco y “tosteles”, ustedes y sus maestros.
Hay “cuñas”, “borrachos”, “ilustrados”, “arrollados”, “gatos”, “quesadillas”, “polvorones”, “suspiros”, “bizcotelas”, “cachos con jalea de guayaba”.
Lo que quieran, eso sí solo uno para cada uno.
Están contados.
MARIA LUISA

[Luego de haber comido y bebido, dos veces, lo mismo que pepeto]
Vámonos ya Pepeto, antes de que pasen lista
y se den cuenta de que no somos los que somos.

PEPETO
Bueno mamá. Aquí llevo la piedra de recuerdo apara abuelo “Lolo”.
Así maja sus papeles para que salgan volando.
MARIA LUISA
[Ya afuera del cuartel]
Bueno, no sé lo que pasó aquí, ni por qué.
Pero te digo, Pepeto, estuvimos en ese lugar,
en el buen momento y no éramos invitados.

Estuvo bueno, ¿No…? Y lo vamos a recordar siempre.
Ahora vamos a almorzar donde don Lalo.
Ese montón de cosillas, me dieron más hambre.
Me gustaría “¡un gallo de pollo!

Y a las tres en la estación del “Paso de la Vaca” para coger la cazadora de Naranjo.


Sueños entre Recuerdos. Lo que pasó el 01/12/1948.

Sueños entre recuerdos. Lo que me pasó el 01/12/1948.

Publicado en el libro de cuentos “Los demonios de Occator”
MLA y JAV, ediNEXO, agosto 2017. Páginas 35 a 47.

Nací el día ocho de abril de 1943, mi madre María Luisa y mi padre Lisandro.
Mis primeros años los viví en mi pueblo Naranjo de Alajuela, en casa de mis abuelos (Dolores y Argimida), en la barriada conocida como Pueblo Nuevo, no sé el porqué del nombre, porque recuerdo que todas las casas eran viejas. Esta queda a la entrada de Naranjo, donde justamente llega la carretera que viene de Sarchí. Por allí pasaban todos los carros que iban y venían a San Carlos, Puntarenas, Guanacaste y era parte obligatoria de la única vía de frontera a frontera del país.

A finales de 1947, mis seis tíos (Hernán, Elena, Deifilia, Lydilia, Danilo y Francisco) aún solteros, también vivían en esa casa, junto conmigo, mamá, abuelo y abuela, contigua a La Unidad Sanitaria, el único centro de salud del pueblo y frente a la pulpería de don Nino Serrano, quien tenía atrás su casa.

Mi abuelo de nombre José Dolores, aunque nunca supe que le doliera algo, tenía un lote de menos de “un solar”, el resto de la cuadra, o más bien del triángulo rectángulo, donde está el edificio de “La Unidad”. Estaba cercado con árboles de jocote y guayaba intercalados, con un seto de olivo, pero no del que produce el aceite. En ese lote había unas 20 matas de café, un palo de mango, dos de naranja y uno de limón criollo, más las infaltables macollas de banano, plátano y guineo junto con la chayotera y ocasionalmente una mata de tacacos de los que casi no tienen estopa. Por esa época esas plantas aportaban gran parte de la alimentación de nosotrso; los pobres.


Hacia Sarchí y al otro lado de mi casa, estaba la de
Genaro Mora y a continuación su pulpería, donde recuerdo haber ido a comprar “con libreta”, posiblemente lo básico: pan, arroz, frijoles, tapa de dulce, café y manteca de chancho. Espero que no le hayamos dejado “amarrado algún perrito”.
Siguiendo unos quinientos metros hacia Sarchí, poco antes del cementerio y del lado izquierdo, estaba la casa y finca de José Corrales, que se extendía hasta el río Colorado. Tenía café, bananos, palos de guaba, “pozas” para aprender a nadar y, desde luego “barbudos” que pescábamos con lombriz en un azuelo.  

Donde Nino comprábamos lo de diario, yo recuerdo bananos pecositos grandes y pequeños, de a cinco y a de diez, que él maduraba en su casa. También melcochas de coco “la estrella”, algunas con una etiquetita de “premio una melcocha”, confites duros y redondos de limón, las “manzanitas” amarillas y redondas de color amarillo, del tamaño de bolas de vidrio y otras golosinas.

El pan venía a esas dos pulperías de la panadería de Ernesto Ugalde, en el centro de Naranjo, pero los tosteles de la pastelería de Clemenciano Arias, que estaba a 100 m de mi casa. Hacían cachos rellenos con jalea de guayaba, gatos, cuñas, borrachos, ilustrados, bizcotelas, budín y una gran variedad de panes dulces. A veces nos regalaban algún tostel a los chiquillos del barrio.

Detrás de mi casa y hacia el norte, comenzaba el camino de tierra hacia San Jerónimo y Cirrí. Como a un kilómetro estaba el trapiche, donde llevábamos maní y ¨queso bagaces"  molido para que nos hiciera ¨sobado" y nos dieran ¨espumas¨ y ¨cahazas¨. todo esto creo de gratis.
También por ahí estaba la planta hidroeléctrica de Enrique Vega, que proporcionaba “la luz”, para una parte del pueblo, también la poza que llamábamos “el remolino”. 
La empresa hidroeléctrica de Juan Mercedes Matamoros proveía la corriente eléctrica al otro 50 % del pueblo. No habían “medidores” y no tengo idea de cómo calculaban el recibo.

Del otro lado de mi casa, hacia el Este, seguía un camino lastreado que conducía al “rastro” o matadero municipal de Naranjo. Pero antes, a la izquierda se extendía una bonita vecindad, con calles y casas de piso de tierra, pero con gente muy amable, limpia y trabajadora, que llamábamos “cuita blanca”, ¿sería por lo que dejaban los zopilotes del rastro? Allí vivían algunos chiquillos compañeros de escuela y de juegos.

Quizás por conversaciones con mi abuelo, años después, tengo un pequeñísimo recuerdo de la elección de don Otilio y la anulación de esta, en los meses de febrero y marzo de 1948. Desde luego para mí, fueron simples eventos que me contaron. ¿Qué va a tener idea un niño de cinco años, que aún no sabe nada de política, ni sobre el significado y trascendencia de tales cosas?
Pero si recuerdo que en los meses siguientes mis tres tíos varones, de unos veinticinco años, tuvieron que irse de la casa. Alguien dijo (quizás no sea cierto) que, “porque la familia era simpatizante del grupo al que le anularon la elección y que la policía y el ejército buscaban hombres, para que colaboraran, o simplemente para tenerlos vigilados”. Luego me contaron que habían estado trabajando en la zona alta de Naranjo, en “El Chayote”, una región de bosques de roble y de pequeños agricultores al noreste de mi pueblo, donde vivían unos amigos.

Luego sobrevino la revolución o la guerra. A mi corta edad, cuando se está empezando a manejar el idioma, una buena cantidad de las palabras significaban lo mismo.
Los hechos leves o graves, las batallas importantes, los triunfos y las derrotas, que ocurrieron durante la revolución del cuarenta y ocho, no fueron de mucha importancia en Naranjo, ni afectaron grandemente la vida normal de mi familia, al menos eso creo ahora. Las noticias sobre esos eventos se escuchaban en un pequeño radio “Fada”, que había en la casa y también por lo que contaban los vecinos.
Pero sí recuerdo que, durante unas dos semanas, seguro en la fase crítica o al final, abandonamos nuestra casa y nos fuimos unos 500 m en dirección del matadero. Mis abuelos algo mayores lo hicieron de manera permanente, mientras que mi mamá, mis tías y yo durante una buena parte del día, pero especialmente en la noche, quizás por temor y para sentirnos más seguros.

Teníamos temor que el ejército oficial viniera a registrar la casa, buscando responsables por lo sucedido en el puente sobre el río Colorado, que comunica Naranjo con Sarchí.  El extremo naranjeño del puente, había sido dinamitado, por simpatizantes de la revolución, para impedir la fácil movilización del ejército del gobierno y por ahí se decía que mi papá estaba entre los involucrados en ese hecho.
Lisandro Corrales, 1949.

Un niño de cinco años no distingue bien entre una policía bien armada y los militantes de un ejército semiprofesional, como el que decían que teníamos en Costa Rica en esa época. Por eso pasamos esas diez noches de 1948, cuando la oscuridad puede ser cómplice de una fatalidad, bien abajo, más allá del rastro. 
Bueno, del centro de Naranjo, excepto hacia San Juanillo, hacia cualquier otro lado es “para abajo”. Algunos amigos que vivían por allí, las familias de Pepe Arroyo y de Hugo Chacón, que eran muy conocidas de mi abuelo y a las cuales mamá y mis tías les hacían costuras, nos dieron comida y nos dejaron dormir en sus casas. 

Allí también había chiquillos de mi edad y pasábamos el día jugando bola, con carritos de latas de sardinas, brincando la suiza, jugando ¨quedó¨ y “escondido”.
En las noches, mientras llegaba la hora de dormir y alumbrados con candela, o con la luz de una “canfinera”, los mayores de las dos familias relataban cosas, sobre lo que estaba sucediendo, más los infaltables cuentos de sustos o espantos, como la segua, el cadejo, la carreta sin bueyes, etc. Supongo que como en toda reunión de ese tipo, algunos cuentos fueron inventados y otros exagerados.

De esa época de mi vida, tengo quizás los primeros sueños que recuerdo, algunos como auténticas pesadillas, pues se repitieron por varios meses, aún después de que regresamos a nuestra casa y un poco más, hasta que los hechos de la revolución comenzaron a olvidárseme. Les contaré tres de ellos, que con algún esfuerzo he tratado de recordar.

- El más recurrente era aquel en que yo me imaginaba de unos diecisiete años, viviendo en un país que no logro precisar, pero que no era Costa Rica. Allí, los gobernantes, usando el ejército como su brazo fuerte nos obligaba a unirnos a éste, dándonos instrucción militar y obligándonos a participar con los militares, para realizar arrestos de personas inocentes, que simplemente pensaban diferente, también a vigilarlos, denunciarlos, detenerlos, interrogarlos, juzgarlos y servir como guardianes en colmadas cárceles con trato inhumano. Al final del sueño siempre me despertaba sobresaltado, empapado en sudor y sin poder aclararme por algunos minutos si había vivido una realidad o una horrible pesadilla.

-Otro que también me atemorizaba estaba relacionado con el anterior, porque con mi tía Elena, casi todos los días venía a nuestra casa como a las seis de la mañana, para revisar si había cambiado algo, para darle agua y maíz a las gallinas y seguro para recoger algunas cosas. Entrábamos arrastrándonos por la parte trasera del cerco y nos metíamos a la casa quitando unas tablas sueltas de la pared del corredor donde se guardaba la leña para la cocina, que tenía piso de tierra.
En mi sueño, que más o menos siempre era el mismo, estaba con mi tía dentro de la casa, cuando unos diez soldados del ejército rompían la puerta, nos amenazaban y tiraban al suelo, mientras registraban todo como buscando a alguien. Buscaban en las gavetas de los muebles, nos preguntaban dónde estaban las armas y las municiones y al final se llevaban la ropa y los zapatos, casi lo único de valor que teníamos y que precisamente nosotros veníamos a recoger.

- El último sueño que aún recuerdo, aunque quizás posteriormente modificado durante mis años de escuela tiene que ver con asuntos menos personales, más bien con lo que pasaba en todo ese país. Me imaginaba de más edad, digamos unos veinte años, sin trabajo y sin haber podido estudiar, más allá de la primaria. El país empobrecido, o eso decían los gobernantes, la manutención del ejército y la compra de armamento se llevaban la mayor porción del presupuesto.
La agricultura no recibía ningún estímulo, ni siquiera asesoría sobre la manera de sembrar, mucho menos sobre cómo almacenar, transportar y comercializar los productos, para lograr precios justos para el agricultor y el comprador.

No se volvieron a construir centros de salud y el número de médicos, enfermeras y técnicos seguía el mismo, a pesar del crecimiento de la población. Los medicamentos seguían siendo simples pastillitas para aliviarnos un rato. Operaciones y cirugías solo se hacían en casos muy particulares y cuando el paciente conseguía alguna recomendación. La salud bucodental y los problemas relacionados con la visión teníamos que resolverlos a como pudiésemos, sin ayuda de las instituciones.
Pero lo que más me afligía es que no existían suficientes colegios para seguir estudiando después de terminar el sexto grado. Había que ir a la capital, o a alguna de las cabeceras de provincia y un pobre como yo, ¿cómo podría solucionar eso?
La educación superior era solo para los hijos de familias pudientes y uno que otro empleado público de alta categoría, por eso los médicos ingenieros y abogados eran solo de las familias de alcurnia.
En ese país de mis sueños, los gobernantes, casi siempre eran del mismo partido, generales o coroneles del ejército, no resolvían nada con diálogo, sino por medio del uso de la fuerza militar.
Teníamos tres fronteras siempre en disputa, porque en uno de los límites había mucha riqueza marina, en el otro un extenso bosque de maderas finas y en el tercero minas de carbón casi infinitas. Como es sabido, la naturaleza no reconoce fronteras políticas y desde luego, en los cuatro países, sus habitantes tenían perfectamente claro que estos recursos alcanzaban para todos, solo había que compartir la tecnología, el trabajo y el uso de ellos. Pero los cuatro gobiernos, casi formados con el mismo molde, los querían para sí mismos. Las guerras o escaramuzas fronterizas eran frecuentes y en ellas quienes enfrentaban las balas en primera fila, eran los cadetes recién reclutados, aún con muy poca formación militar para saber cuidarse, éramos nosotros, los que no teníamos ni estudio ni trabajo digno.

Los meses pasaron, la revolución terminó, la tranquilidad volvió a mi casa y a mi pueblo y mis sueños se fueron olvidando poco a poco, hasta ahora que estoy tratando de recordar algunos.
Como yo; la mayoría de la gente pensamos que un ejército no es nada bueno para un pueblo, más bien un problema. Además del poder que puede tener el ejército por poseer armas, también algunas veces, puede provocar problemas simplemente por descuido, como esto que no fue un sueño, porque realmente lo presencié en Naranjo.

Pasaron los años y el miércoles primero de diciembre de 1948, como para compensar el hecho de que nunca me habían celebrado un cumpleaños y yo con cinco años cumplidos, no conocía San José, mi madre me trajo por primera vez a la capital.
Recuerdo que, en ese tibio amanecer de mi pueblo, la claridad del nuevo día y el empujoncito cariñoso de mamá, me sacaron de la cama como a las cinco de la mañana. Planeábamos tomar la primera cazadora de los Pérez, que salía de la parada, al costado Oeste del mercado, muy puntual, justamente a las seis. El viaje por la única carretera en ese tiempo, pasando por Sarchí, Grecia, Tacares, Alajuela, Río Segundo, San Joaquín de Flores y Heredia, llegaba a San José en dos horas y costaba dos colones.

Pues bien, como a las nueve de la mañana, mamá y yo nos encontramos caminando a lo largo de la avenida tercera del centro de San José, porque allí estaba la parada de Naranjo y visitaríamos a un conocido que vivía en las vecindades de Cuesta de Moras.
Yo vestía un pantalón corto de gabardina azul y una camisa blanca, que mi mamá había confeccionado, con su máquina “Singer” de pedal. Parecía que estaba vestido con el uniforme que se usaba en las escuelas.
Lucía unos zapatos tipo Turrialba, que Aníbal Gonzalo, al que le decían griego, el esposo de mi tía Elena, había hecho en su zapatería. Como los andaba estrenando, me lastimaban un poco los pies y tenía que caminar despacito, me quedaba atrás, lo cual preocupaba a mi mamá, porque según ella íbamos a llegar tarde.

Como a las nueve y treinta estábamos pasando frente a la entrada del Cuartel Bellavista, de pronto una señora con aspecto de maestra sale por la puerta y nos dice a boca de jarro:
-Apúrenle, ¿de dónde vienen? ¿sólo ustedes dos? -. 

Sin saber del todo de qué se trataba la pregunta, mi mamá contesta:
-de Naranjo-  y la señora sigue diciendo:
-pasen, pasen, los estamos esperando, ya casi empieza el acto-.
Al mismo tiempo nos da una pequeña bandera de Costa Rica a cada uno y nos ofrece un par de sillas, los únicos dos campos que quedaban en la última fila, donde estaban sentados varios grupos de niños vestidos igual que yo, acompañados de un adulto.

Imagino que nos confundieron con una delegación escolar, pero el cansancio por la caminada y los dos irresistibles asientos, hicieron que aceptáramos la oferta de buena gana, sin pensarlo mucho.
Yo en ese momento no entendí mucho lo que pasaba, pero al pasar de los años si llegué a comprender su importancia para Costa Rica y el ejemplo para el mundo que allí se plasmó.

En ese lugar, poco después de muestra llegada, hubo como una media hora de palabras de un señor importante, interrumpidas varias veces por aplausos y al final, dos jóvenes como de colegio le pasaron a este señor algo que me pareció un mazo.
El señor lo asió con firmeza y con un solo y certero golpe al borde de la pared del cuartel, envió al suelo una buena parte de ella. 
Siguieron más aplausos, unas pocas palabras más, felicitaciones, saludos, apretones de mano y abrazos, música típica, mientras las personas que estaban delante de nosotros se fueron retirando poco a poco.

Casi como si estuviésemos de acuerdo, los chiquillos nos acercamos a donde habían caído los restos del muro, piezas de ladrillo viejo y oscuro, amalgamadas con calicanto, buscando recoger un recuerdo. 
Yo recogí una pieza muy interesante, como de un cuarto de libra, que tenía la forma de un pedazo de naranja partida por el centro, de arriba abajo y luego de izquierda a derecha; uno de los vértices de un ladrillo. Cualquiera de sus tres caras planas, como “los tres poderes” que hay ahora en mi país, podía colocarse de manera estable e independiente sobre una mesa y pensé que servirían bien como para mantener papeles en su lugar.
La tuve en mis manos todo el resto del viaje y cuando regresamos a Naranjo se la regalé a don Lolo, mi abuelo.

Para mamá y yo esa confusión espontánea en la que participamos de pura casualidad, si valió la pena, estábamos a punto de retirarnos para seguir nuestro camino, cuando vimos que estaban repartiendo una “cola” de esas dulcitas y de rico sabor, casi sin gas, que hacían en Alajuela y un tostel cubierto de un rico dulce llamado “cuña”, que me gustaba mucho. Entonces nos quedamos un poco más y hasta repetimos ese inesperado y bien recibido refrigerio. Mi mamá pudo enterarse que lo que se había realizado allí, fue la ceremonia pública para celebrar el decreto del señor presidente, que abolía el ejército de Costa Rica.

Con Eduardo Rojas (pata de yuca) y mi
maestra de primer grado, Ligia Montero.
22/06/2019
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Como a las once de la mañana continuamos nuestra caminata, estábamos muy cerca de la casa de nuestro amigo, a solo cinco minutos. Allí nos aclararon más sobre lo que había sucedido en el último cuartel de mi país y que sería convertido en poco tiempo, en el primer museo de Costa Rica.

Luego de almorzar en la casa de nuestros amigos y como a las dos de la tarde regresamos a la parada de las cazadoras de Naranjo. Tomamos la de tres y a las cinco estábamos en nuestra casa, contándole a la familia sobre el importante acto del que habíamos sido testigos, simplemente por estar en el lugar correcto, en el momento indicado, aunque no fuéramos parte de los invitados.
Curiosamente mis sueños cambiaron radicalmente desde esa noche y nunca más fueron repetitivos, ni angustiosos, más bien se convirtieron en experiencias agradables.

En el primero nuevo sueño que recuerdo, vi a mis tíos y tías, ya mayores para seguir en primaria y secundaria, que recibieron formación profesional especial de algunas oficinas del gobierno. Consiguieron trabajo en escuelas rurales, en el Ministerio de Trabajo y hasta en el Poder Judicial. También vi en ese sueño a sus hijos, aún no nacidos, que tuvieron educación completa desde la primaria hasta la universidad.

Vino la navidad, terminó el año 48 y en marzo de 1949 comenzaron de nuevo las clases para algunos de mis amigos, pero yo tuve que esperar dos años más, pues solo se ingresaba con siete años cumplidos, eran muy estrictos.

En 1953, mi maestra de tercer grado, en la Escuela República de Colombia, fue la niña Chavela Rojas. De ella aprendimos una buena parte de la historia de mi país y especialmente sobre los acontecimientos del año 48, los motivos por los que se dio la revolución, sobre los dos ejércitos que participaron en la contienda y otros líderes militares y políticos. Desde luego, sobre el decreto de nuestro presidente de quitar el ejército, lo que convirtió a Costa Rica en la primera nación desarmada del mundo.
La niña Chavela nos contó que en 1949 se decretó una nueva constitución en Costa Rica y en ella la educación de niños y jóvenes ocupó un lugar preponderante. La disolución del ejército hizo que los gastos en ese ministerio descendieran radicalmente, mientras que el presupuesto para la educación creció enormemente.

El otro sueño si tenía que ver conmigo. Pero creo que no era un sueño, pues no ocurría durante la noche mientras dormía, me ocurría en ciertos momentos, cuando hacía una pausa en el juego, o en el estudio, más bien eran ratitos de reflexión agradable con los ojos cerrados.
Visualizaba mejoras en la agricultura, la salud y la educación de mi país y durante la parte más profunda de esa reflexión me vía en la escuela primaria con aquel uniforme del primero de diciembre de 1948, con la bandera de Costa Rica y aquel trocito de ladrillo, que debió quedar en algún lado. También asistiendo a algún colegio, entrando a la universidad y finalmente realizando algún trabajo que ayudaría al progreso de Costa Rica.

Pasaron los años, el Colegio de Naranjo se fundó en 1952, algunos dicen que, por iniciativa de Orlando Serrano y otros y de mi papá, que después de la revolución fue diputado en el Congreso. 

Finalmente yo, al igual que muchos jóvenes de bajos recursos económicos de mi pueblo y de pueblos vecinos, como Zarcero y Sarchí y en general de todo el país, tuvimos la oportunidad de concluir la enseñanza media y hasta la universitaria.